Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 14. FUEGO EN LA PENUMBRA Y PLOMO EN EL SOTANO.
El beso en el ventanal del ático no fue un impulso pasajero; fue la liberación de semanas de tensión contenida, de miradas robadas y de un magnetismo que ninguno de los dos podía seguir calculando. Luke profundizó el contacto, rodeando la cintura de Katerina con una firmeza que la hizo olvidarse del mundo, de Vanguard Atelier y del peligro que acechaba en las sombras.
Katerina se dejó llevar, respondiendo con una intensidad que sorprendió al propio Luke. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro del abogado, mientras el aroma amaderado de su colonia la envolvía por completo. Por primera vez en diez años, Katerina no se sentía atrapada en un compromiso frío y planificado; se sentía deseada, viva y protegida por un hombre que la miraba como si fuera el tesoro más valioso del planeta.
Luke la separó apenas unos milímetros, con la respiración agitada y los ojos oscuros encendidos en un deseo puro y limpio.
—Katerina... si no nos detenemos ahora, no voy a dejarte salir de este ático esta noche —susurró Luke, con su voz barítona temblando sutilmente por la pasión.
—No quiero salir de aquí, Luke —respondió ella, con una seguridad que desarmó por completo al implacable tiburón de los tribunales.
Luke la tomó en vilo con una facilidad asombrosa, haciendo que ella rodeara su cintura con las piernas mientras caminaba con paso firme hacia la habitación principal. La cama de matrimonio, iluminada únicamente por los destellos de los rascacielos de la ciudad, se convirtió en su refugio.
Con una delicadeza que contrastaba con su imponente físico, Luke fue despojándola de la chaqueta sastre y la blusa de seda, venerando cada centímetro de su piel con besos lentos y profundos que hicieron que Katerina soltara pequeños gemidos contra su cuello. Cuando llegó el momento de la entrega total, no hubo prisa, solo una pasión salvaje y sincronizada. Luke la poseyó con una devoción absoluta, asegurándose de borrar con sus manos y sus labios cada cicatriz psicológica que el desprecio de Leo le había dejado. Esa noche, la brillante matemática descubrió que el amor no era una ecuación perfecta, sino un incendio incontrolable del que no quería ser rescatada.
A la mañana siguiente, la luz del amanecer tiñó la habitación de tonos rosados. Katerina se despertó con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Luke, escuchando el latido rítmico de su corazón. Él ya estaba despierto, acariciándole el cabello con ternura.
—Buenos días, mi preciosa administradora —susurró Luke, plantándole un beso en la frente—. Es hora de ponernos la armadura. El juez de familia nos espera en dos horas.
El regreso a la realidad profesional fue rápido. Una hora después, ambos lucían impecables en sus trajes ejecutivos, listos para la batalla legal. El sedán blindado de Luke los dejó en el aparcamiento subterráneo de los Juzgados Centrales. La atmósfera en el sótano era fría y el eco de los motores resonaba de forma extraña.
—Quédate cerca de mí, Katerina —pidió Luke, con su instinto de protección alerta mientras caminaban hacia el hueco del ascensor público.
De repente, los pasos rápidos de dos hombres rompieron el silencio del aparcamiento. Desde detrás de una imponente columna de hormigón, Gómez, el sicario de la cicatriz en el cuello, avanzó a zancadas. Traía una mano metida en la cazadora y, antes de que Luke pudiera reaccionar, sacó una pistola negra con un silenciador acoplado.
—¡Katerina, cuidado! —rugió Luke.
El instinto de depredador de Luke se activó en una fracción de segundo. En lugar de retroceder, se interpuso por completo entre Katerina y el cañón del arma, empujándola detrás de su imponente cuerpo.
¡Pfft!
El sonido ahogado del disparo resonó en el sótano. Katerina ahogó un grito de terror cuando vio a Luke tambalearse levemente; la bala le había rozado el hombro izquierdo, rasgando la tela de su traje gris y haciendo que un hilo de sangre comenzara a brotar de inmediato.
—¡Luke! —gritó Katerina, con el corazón saliéndosele del pecho.
Pero Luke, ignorando por completo el dolor y con los ojos inyectados en una furia asesina, no se detuvo. Aprovechando el segundo que el sicario tardó en volver a apuntar, Luke se lanzó hacia adelante como un resorte. Con un movimiento rápido y preciso de artes marciales, golpeó la muñeca de Gómez con el canto de la mano, haciendo que el arma saliera volando y tintineara contra el suelo de cemento.
Luke le conectó un brutal puñetazo directo en la mandíbula que hizo que el mercenario rebotara contra el capó de un coche cercano, aturdido. Antes de que el segundo atacante pudiera intervenir, el chirrido de unos neumáticos rompió el aire.
Dos patrullas de la policía nacional entraron a toda velocidad en el aparcamiento, bloqueando las salidas. Detrás de ellos, el coche del detective García frenó en seco. Cuatro agentes armados bajaron con los chalecos antibalas puestos.
—¡Policía! ¡Tiren las armas y al suelo! —ordenó el inspector al mando.
Gómez y su cómplice, superados en número y con el jefe de la banda sangrando en el suelo, levantaron las manos de inmediato, dejándose esposar contra el pavimento.
Katerina corrió hacia Luke, con lágrimas de pura angustia en los ojos. Tomó su rostro entre sus manos, revisando la herida de su hombro.
—Estás sangrando, Luke... Dios mío, arriesgaste tu vida por mí... —sollozó ella, con la voz temblando por el shock.
Luke esbozó una sonrisa gélida pero llena de ternura, cubriendo las manos de ella con las suyas. La adrenalina aún corría por sus venas.
—Te dije que no iba a dejar que te tocaran, Katerina. Un rasguño no va a detenerme —Luke se giró hacia el detective García, que se acercaba corriendo—. ¿Tienes lo que te pedí, García?
—Tengo más que eso, abogado —respondió el detective, mostrando una tableta digital—. Teníamos el teléfono del sicario intervenido por orden del juez de guardia tras el sabotaje del taller. La llamada de Laya ordenando este atentado quedó grabada hace doce horas. La policía ya tiene una orden de detención inmediata por intento de homicidio y conspiración criminal contra Laya y Leo. Los están buscando en su apartamento en este mismo instante.
Katerina apretó los puños, limpiándose la última lágrima. El miedo se evaporó por completo de su sistema, reemplazado por una frialdad matemática implacable. Miró a Luke, cuya mirada oscura reflejaba el mismo deseo de justicia.
—Se acabó el juego en los tribunales, Luke —sentenció Katerina, con una sonrisa afilada—. Es hora de verlos tras las rejas.