Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 5 – La mujer del pañuelo rojo
El silencio invadió el despacho.
Valeria fue la primera en reaccionar.
—¿Una mujer quiere verme?
Ernesto asintió con gesto preocupado.
—Sí, señora. Insiste en que debe hablar con usted a solas.
—¿Dijo su nombre?
—No.
Adrián se puso de pie de inmediato.
—¿La revisaron antes de dejarla entrar?
—Sí, señor. No lleva ningún arma.
—Eso no significa que no sea peligrosa.
Valeria observó a su esposo.
—Voy a recibirla.
—No.
—¿Perdón?
—No vas a verla.
Valeria cruzó los brazos.
—No podés decidir eso por mí.
—Sí puedo cuando se trata de tu seguridad.
Ella dio un paso al frente.
—No soy una niña, Adrián.
—Y yo no estoy dispuesto a correr riesgos innecesarios.
Durante unos segundos se miraron fijamente.
Ninguno parecía dispuesto a ceder.
Ernesto permanecía inmóvil, incómodo por la discusión.
Finalmente, Valeria habló con una tranquilidad que sorprendió a ambos.
—La voy a recibir... pero no estaré sola.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué proponés?
—Vos podés estar presente. Si esa mujer representa un peligro, vas a verlo con tus propios ojos.
Adrián la observó unos instantes.
No era una mala idea.
—Está bien.
Valeria sonrió apenas.
—¿Ves? Podemos llegar a un acuerdo sin discutir durante una hora.
Él respondió con una expresión seria.
—No te acostumbres.
El salón principal estaba completamente en silencio.
La misteriosa visitante permanecía de pie junto a uno de los ventanales.
Llevaba un vestido oscuro y un elegante pañuelo rojo cubría parte de su cabello.
Su rostro transmitía serenidad, aunque sus ojos reflejaban una profunda tristeza.
Cuando escuchó los pasos, levantó lentamente la cabeza.
Su mirada se encontró con la de Valeria.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
La mujer sonrió con emoción.
—Qué grande estás...
Valeria sintió un extraño escalofrío.
Aquellas palabras sonaban demasiado personales para venir de una desconocida.
—¿Nos conocemos?
La mujer negó lentamente.
—No... al menos no como debería haber sido.
Adrián dio un paso al frente.
—Tiene cinco minutos.
La visitante lo miró con firmeza.
—No vine a hablar con usted.
—Pero tendrá que hacerlo si quiere permanecer en esta casa.
La mujer respiró hondo antes de volver su atención hacia Valeria.
—Solo quería decirte una cosa.
Valeria esperó.
—Tené mucho cuidado en quién confiás.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué me dice eso?
La mujer bajó la mirada.
—Porque las personas que más sonríen... a veces esconden las peores intenciones.
Adrián intervino.
—¿Terminó?
La visitante ignoró por completo la pregunta.
Sacó un pequeño sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa.
—No lo abras ahora.
Valeria observó el sobre.
No tenía remitente.
Solo estaba escrito su nombre con una elegante caligrafía.
—¿Qué contiene?
—Respuestas.
—¿Sobre qué?
La mujer sonrió con melancolía.
—Todavía no es el momento de que lo sepas.
Adrián dio un paso decidido.
—Ernesto, acompáñela a la salida.
La mujer no opuso resistencia.
Antes de marcharse, volvió a mirar a Valeria.
—Hay personas que llevan toda una vida buscándote...
Y otras que harán cualquier cosa para que jamás descubras la verdad.
Sin agregar una palabra más, se dio la vuelta y abandonó el salón.
Valeria permaneció inmóvil.
No entendía nada.
Pero sentía que aquella mujer no había ido hasta la mansión para mentir.
—Dame el sobre.
La voz de Adrián la hizo volver a la realidad.
Ella lo sujetó con fuerza.
—No.
—Necesito revisarlo.
—Es para mí.
—Puede ser peligroso.
—O puede contener algo importante.
Adrián respiró profundamente.
—Valeria...
Ella levantó la vista.
—No pienso entregártelo.
Por primera vez desde que se conocían, Adrián dejó de insistir.
—Está bien.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Así de fácil?
—No.
Se acercó unos pasos.
—Pero prometeme que no lo vas a abrir sola.
Ella dudó unos segundos.
No entendía por qué, pero aquella petición sonó sincera.
—Lo prometo.
Adrián asintió.
—Entonces esperaremos hasta esta noche.
Valeria guardó el sobre entre sus manos.
Sin saberlo, aquel pequeño objeto estaba a punto de convertirse en la primera pieza de un rompecabezas que cambiaría para siempre la vida de ambos.
El resto del día transcurrió con una extraña calma.
Pero para Valeria, aquella tranquilidad era solo una ilusión.
Cada vez que miraba el sobre que descansaba sobre la mesa de su habitación, sentía que escondía algo importante. No podía dejar de pensar en la misteriosa mujer, en la forma en que la había mirado y, sobre todo, en aquella frase que seguía resonando en su cabeza:
"Hay personas que llevan toda una vida buscándote..."
¿Por qué alguien diría algo así?
¿Qué significaba realmente?
Valeria caminó de un lado a otro de la habitación, intentando distraerse.
Miró por el balcón.
Los jardineros trabajaban con normalidad.
Los empleados iban y venían por los pasillos.
Los guardaespaldas continuaban vigilando cada rincón de la propiedad.
Todo parecía igual que unas horas antes.
Sin embargo, ella sentía que algo había cambiado.
Y ese cambio estaba dentro de ella.
Al caer la noche, alguien llamó suavemente a la puerta.
—¿Puedo pasar?
Era Adrián.
—Adelante.
Entró con la misma elegancia de siempre, aunque esta vez no llevaba saco. Solo una camisa blanca con las mangas ligeramente arremangadas.
—¿Seguís teniendo el sobre?
Valeria lo levantó.
—No lo solté ni un segundo.
Él tomó asiento frente a ella.
—Abrilo.
Ella respiró hondo.
Con mucho cuidado rompió el sello.
Dentro solo había dos cosas.
Una fotografía antigua.
Y una pequeña tarjeta.
Valeria tomó primero la fotografía.
Mostraba a una niña de unos cuatro años jugando en un jardín. La imagen estaba algo desgastada por el paso del tiempo.
—¿Quién es? —preguntó Adrián.
Valeria negó lentamente.
—No lo sé...
Giró la fotografía.
En el reverso solo había una frase escrita a mano.
"La verdad siempre encuentra el camino."
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Después tomó la pequeña tarjeta.
Era blanca, elegante y tenía una única línea escrita.
"Buscá donde el reloj se detuvo."
Nada más.
No había firma.
No había fecha.
No había ninguna explicación.
Valeria volvió a leer la frase varias veces.
—¿Qué significa eso?
Adrián también observó la tarjeta.
—No tengo idea.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Pensé que encontraríamos respuestas.
—Tal vez esto sea una pista.
—O tal vez alguien está jugando conmigo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Adrián volvió a mirar la fotografía.
—¿No reconocés ese jardín?
Valeria prestó atención al fondo de la imagen.
Había un gran árbol.
Una fuente de piedra.
Y un viejo reloj de pie junto a una galería.
Algo en esa escena le resultaba familiar.
Muy familiar.
Pero no lograba recordar por qué.
—Siento que ya lo vi...
—¿Dónde?
Ella cerró los ojos unos instantes.
Intentó hacer memoria.
Solo consiguió una vaga sensación de nostalgia.
—No puedo recordarlo.
En ese momento llamaron a la puerta.
—Señor.
Era Ernesto.
—Pase.
El mayordomo entró con expresión seria.
—Disculpen la interrupción.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Adrián.
—La mujer que vino esta mañana...
Valeria se puso de pie inmediatamente.
—¿Qué pasó con ella?
Ernesto bajó la mirada.
—Desapareció.
—¿Cómo que desapareció?
—Los hombres que la seguían perdieron su rastro apenas salió de la propiedad.
Adrián frunció el ceño.
—¿La estaban vigilando?
—Por precaución, señor.
—¿Y no encontraron nada?
—Solo esto.
Ernesto colocó un pequeño pañuelo rojo sobre la mesa.
Era idéntico al que llevaba la mujer en la cabeza.
Valeria lo tomó con cuidado.
Tenía un delicado perfume a jazmín.
Al acercarlo, notó algo bordado en una de las esquinas.
No era un nombre.
Era el mismo símbolo que había visto aquella mañana en el botón metálico encontrado en el jardín.
Un lobo rodeado por una corona.
Valeria levantó la vista lentamente.
—Adrián...
Él ya había visto el bordado.
Su expresión volvió a endurecerse.
—Ernesto.
—¿Sí, señor?
—A partir de esta noche duplicá la seguridad de la mansión.
—Enseguida.
Cuando el mayordomo salió, Valeria dejó el pañuelo sobre la mesa.
—Ya conocías ese símbolo.
Adrián guardó silencio.
—¿Verdad?
Él no respondió.
Pero esta vez, el silencio fue suficiente.
Valeria comprendió que su esposo no solo sabía qué significaba aquel emblema...
También entendía el peligro que representaba.
Y por primera vez desde que había llegado a la mansión Moretti, sintió que la verdadera historia apenas estaba comenzando.