Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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"Paso a paso"
El lunes llegó con una prisa que me pareció insultante. Ver a Sophia cruzar la puerta por la mañana, radiante con un traje formal que acentuaba su seguridad y con esa sonrisa de quien se va a comer el mundo, fue como ver un tren de alta velocidad alejarse de la estación. Me dio un beso rápido, impregnado de la prisa del debutante, y se marchó. El eco del portazo dejó tras de sí un silencio denso, un vacío que se instaló en cada rincón del apartamento y que empezó a asfixiarme antes de que pudiera siquiera terminarme el café.
A lo largo del día, la ausencia de sus habituales mensajes sin importancia —esos memes aleatorios o quejas sobre el clima que solían llenar mi pantalla— fue la confirmación silenciosa de mi mayor temor: Sophia estaba construyendo un mundo nuevo. Un mundo con oficinas modernas, caras desconocidas y conversaciones en las que yo ya no tenía espacio.
Pasé mi propia jornada laboral como un autómata, atrapado en un laberinto de pensamientos. El nudo en mi garganta ya no era solo melancolía; era pura desesperación. Sabía que no podía seguir ocultando lo que sentía. El rol del amigo incondicional, del puerto seguro donde ella encallaba tras sus tormentas, se estaba desgastando. Si me quedaba callado, terminaría siendo un fantasma en su nueva vida, un espectador de primera fila viendo cómo otra persona ocupaba el lugar que yo tanto anhelaba.
Pero, ¿cómo decírselo? Ese era el verdadero dilema que me arañaba el pecho.
La idea de una declaración torpe y directa me aterraba. Si le soltaba de golpe que la amaba desde hacía años, que cada abrazo me quemaba y que me estaba rompiendo por dentro, la asustaría. Destruiría la confianza ciega que nos unía desde la infancia, ese juramento de meñiques que ella aún consideraba sagrado. Si la presionaba, su primer instinto sería huir para no hacerme daño, y la distancia física sería definitiva. Tenía que buscar otra manera. Una estrategia sutil, casi invisible, que sembrara la duda en ella sin romper el cristal.
«Tengo que cambiar las reglas del juego de forma gradual», pensé, mientras regresaba a casa bajo la luz moribunda del atardecer.
Descarté las cartas dramáticas o los discursos ensayados frente al espejo. No. Tenía que empezar por los pequeños detalles. Modificar la forma en que la miraba cuando creía que no me observaba, dejar que mis ojos sostuvieran los suyos un par de segundos más de lo habitual tras una risa compartida. Reducir la frecuencia de mis bromas de "hermano mayor" y empezar a tratarla, sutilmente, como la mujer que era. Un roce en la cintura al pasar a su lado en la cocina, un cumplido más profundo sobre su inteligencia o su fuerza en lugar de los comentarios casuales de siempre. Tenía que hacerle notar que el refugio que yo le ofrecía no era el de un hermano, sino el de un hombre que estaba dispuesto a ser su todo.
Era un juego peligroso, el arte de avanzar un milímetro a la vez sobre un campo minado. Pero mientras metía la llave en la cerradura, escuchando sus pasos apresurados acercándose al otro lado para abrirme y contarme su primer día, me tragué el miedo. No tenía opción. Iba a demostrarle, despacio y sin prisa, que el suelo firme sobre el que caminaba también podía ser el lugar donde decidiera echar raíces.