Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capitulo 14: Tu siempre has estado ahí.
Alexandro asintió lentamente, y una sonrisa triste pero dulce apareció en sus labios. —No soy un simple compañero de escuela, ni un vecino amable, ni solo el hijo de los amigos de tus padres —reconoció él—. Tengo mis propios poderes, Mariam. No son como los tuyos. Tú eres la llama que ilumina, la fuerza que crea y transforma. Yo soy… el guardián. El que conoce el orden de las cosas, el que entiende los equilibrios, el que recuerda cómo funciona el mundo antes de que nadie intentara cambiarlo. Mi magia no brilla, no hace espectáculos, no cambia el color de las flores ni levita objetos. Mi magia es saber, es proteger, es estar conectado con todo lo que ha sido y todo lo que será.
Se inclinó un poco hacia mí, apoyando los codos en las rodillas y mirando al frente, hacia la oscuridad del bosque que ahora, para nosotros dos, ya no era un lugar desconocido, sino un viejo amigo lleno de memorias. —He caminado mucho tiempo solo, igual que tú —dijo él con suavidad—. Viendo cómo la gente nacía y moría, viendo cómo el mundo cambiaba una y otra vez, guardando secretos que pesan demasiado para un solo ser. Y hace mucho, mucho tiempo… aprendí que mi camino siempre se cruzaba con el tuyo. En cada vida, en cada época, en cada lugar donde tú estabas, yo aparecía. A veces como un amigo, a veces como un consejero, a veces como un extraño que pasaba por ahí… pero siempre cerca. Siempre vigilando. Siempre asegurándome de que tu luz no se apagara, ni te consumiera a ti misma.
Me llevé una mano a la boca, asombrada, entendiendo de repente todo: por qué siempre me sentía tan cómoda con él, por qué entendía mis poderes sin miedo, por qué sabía cuándo intervenir y cuándo dejarme ser, por qué me regañaba con tanto cariño y me admiraba con tanta profundidad. —Entonces… —empecé a decir, con la voz temblando un poco—. Entonces tú siempre has estado ahí. Desde el principio. Desde mi primera vida.
Alexandro se giró hacia mí y me miró directamente a los ojos, con una intensidad que me hizo sentir desnuda por dentro, pero segura, muy segura. —Siempre —confirmó él—. Porque tú eres el fuego, Mariam, y yo soy el que cuida que ese fuego no queme todo lo que te rodea, pero que nunca, nunca se apague. Somos distintos, sí. Tú eres la magia que crea, yo soy la magia que recuerda. Tú eres la fuerza, yo soy el equilibrio. Y aunque tú pases la vida peleando conmigo, diciendo que soy un estorbo o que soy aburrido… en el fondo, desde hace siglos, sabes que soy el único que puede caminar a tu lado. El único que te entiende de verdad. El único que no te ve como una diosa ni como un monstruo, sino simplemente como lo que eres: una alma antigua, poderosa, brillante… y terriblemente sola.
Las lágrimas me llenaron los ojos, pero no de tristeza, sino de una emoción tan grande que dolía. Por primera vez en mil años, en todas mis vidas, en todas mis épocas, no era la única. No estaba sola. Tenía enfrente a alguien que llevaba el mismo peso, que tenía la misma memoria, que conocía el mismo mundo oculto que yo. Y no era cualquiera. Era él. El chico que me molestaba, que me hacía reír, que me sacaba de quicio y que me hacía sentir cosas que no entendía.
Me acerqué un poco más a él, hasta que nuestros hombros se tocaron, y miré hacia el cielo lleno de estrellas, que ahora me parecían mucho más viejas y más sabias. —Todo este tiempo… —murmuré—. Yo pensando que era la reina de todo, la única maravilla del mundo… y resulta que tú eres igual de especial, igual de antiguo, igual de mágico. Y te has pasado todo este tiempo aquí, conmigo, viéndome hacer tonterías, regañándome, cuidándome… sin decirme nada.
Alexandro soltó una risa bajita, esa risa suya que siempre me calmaba los nervios. —Y tú te lo has pasado todo este tiempo creyendo que eras la dueña de la verdad, que lo sabías todo, y que yo era un simple mortal con suerte —respondió él, con ese tono cariñoso y burlón a la vez—. Creo que estamos empatados, ¿no? Tú tienes tus secretos, yo tenía los míos. Pero ahora… ahora ya no más. Ahora ya lo sabes. Somos los dos. Juntos. Como siempre ha sido, y como siempre será.
Me quedé en silencio un rato más, sintiendo el viento, escuchando los sonidos de la noche, sabiendo que, en la oscuridad, había magia antigua, había recuerdos y había historia. Y, sobre todo, sabiendo que a mi lado estaba la única persona en todo el universo que podía entenderme completamente.
—Alexandro —dije suavemente, sin dejar de mirar las estrellas—. Si hemos estado juntos en todas mis vidas… ¿me has querido en todas ellas también?
Él guardó silencio unos segundos, y luego sentí cómo su mano buscaba la mía entre las mantas, entrelazando sus dedos con los míos con una suavidad infinita. —En todas —respondió él, con una voz que parecía venir de muy lejos y de muy cerca a la vez—. En todas, Mariam. Y en todas, tú has sido la más brillante, la más terca, la más maravillosa… y la única a la que he querido.
Esa noche, bajo la luna llena y rodeados de naturaleza que ahora nos parecía vieja amiga, dejé caer mi orgullo, mi máscara de superioridad y mi soledad. Por fin, la hechicera más poderosa tenía con quién compartir su poder, su historia y su vida. Y el guardián de los secretos antiguos, por fin, podía dejar de ocultar quién era, porque sabía que ella, la luz que cuidaba, ahora lo veía a él con la misma claridad.