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Solo Nosotros Dos

Solo Nosotros Dos

Status: En proceso
Genre:Yaoi
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: luana figueroa

Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.

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Solo nosotros dos Capítulo 8: El día que todo cambió

Era una tarde tranquila, con el cielo teñido de rosado y naranja sobre el río. Mateo estaba sentado en el sofá, dibujando en su cuaderno las formas que imaginaba de Luca, cuando sintió una sensación nueva, distinta a todas las anteriores: no era una patada, ni un movimiento, sino una presión suave y rítmica que le recorrió todo el cuerpo. Se quedó quieto un instante, esperando a ver si volvía, y así fue: unos minutos después, volvió a aparecer.

—Lucas —llamó con voz serena, sin gritar—, ven un momento.

Lucas salió corriendo de la cocina, con el delantal todavía puesto.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?

—Creo que llegó la hora —dijo Mateo, y aunque tenía un poco de miedo, sonreía—. Se me rompió la fuente.

De inmediato se movieron con calma, como habían practicado tantas veces. Lucas tomó la mochila que tenían lista desde hacía semanas, ayudó a Mateo a ponerse la campera y le dio la mano todo el camino hasta el auto. Sus padres ya estaban avisados y llegarían después; por ahora, querían vivir este momento primero ellos dos.

El camino a la clínica se sintió eterno y a la vez muy corto. Mateo respiraba despacio cada vez que venía una contracción, y Lucas le hablaba bajito todo el tiempo:

—Estoy aquí, mi amor. No te suelto. Vamos juntos, paso a paso.

Al llegar, el personal los recibió con mucha calma y respeto. Nadie los miró raro, nadie hizo preguntas innecesarias: solo los guiaron a la habitación, acomodaron a Mateo y le explicaron cada cosa que iba pasando. Lucas no se separó ni un segundo: le limpiaba la frente con paños tibios, le daba agua, le apretaba la mano cuando el dolor era más fuerte y le recordaba lo valiente que era.

Pasaron las horas. La noche cayó por completo fuera de la ventana, y dentro de la habitación solo se escuchaba su respiración, la voz de Lucas y los latidos del corazón de Luca que marcaba el monitor. Hubo momentos en que Mateo sintió que no podía más, que el dolor le ganaba, y se le escaparon lágrimas de esfuerzo.

—No puedo —susurró—, es demasiado…

Lucas se inclinó hasta quedar cara a cara con él, le apartó el pelo de la cara y le dijo con toda la fuerza y todo el amor del mundo:

—Sí puedes. Eres el hombre más fuerte que conozco. Lo estás haciendo increíble. Yo estoy aquí, contigo, siempre. Vamos a conocer a nuestro hijo, ya falta muy poquito. Solo nosotros dos, ¿te acuerdas? Solo nosotros dos.

Esas palabras le devolvieron las fuerzas. Respiró hondo, apretó la mano de Lucas hasta que le dolió, y siguió adelante.

Y entonces, después de lo que pareció una eternidad, escuchó ese sonido: un llanto fuerte, claro, que llenó toda la habitación.

—¡Es él! —gritó Lucas, con la voz rota por la emoción.

Se lo llevaron unos instantes para limpiarlo y revisarlo, pero enseguida lo pusieron sobre el pecho de Mateo, piel con piel. Era tan pequeño, tan caliente, y se movía suavemente mientras lloraba bajito. Mateo no podía hablar: las lágrimas le corrían por las mejillas y solo alcanzaba a abrazarlo con todo el cuidado del mundo. Lucas se arrodilló al lado de la cama, puso una mano sobre la espalda de los dos, y lloró en silencio, sin poder creer lo que tenían delante.

—Hola, Luca —susurró Mateo al fin, besando su cabeza llena de pelito fino—. Somos tus papás. Te estábamos esperando tanto tiempo…

Luca pareció entender: dejó de llorar, buscó con la cabecita y se quedó quieto, escuchando los latidos del corazón que lo había cuidado durante meses. Lucas se acercó y le dio un beso muy suave en la mano diminuta que se cerraba alrededor de su dedo.

—Lo hicimos —dijo Lucas, mirando a Mateo con los ojos brillantes—. Lo hicimos juntos.

En ese momento, no importaba nada más: ni las miradas, ni los prejuicios, ni el camino difícil que habían recorrido. Solo importaba esa pequeña vida entre los dos, el amor que los había llevado hasta ahí, y la certeza absoluta de que por fin eran la familia que siempre habían soñado: solo nosotros dos.

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Brisa Romero
/Grin/
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