Alina, una joven de diecinueve años que vive en Valdemorral, un pueblo ancestral envuelto en niebla perpetua y olvidado por el mundo. Criada por su abuela Elvira tras la misteriosa desaparición de sus padres, Alina pertenece a una familia marcada por un secreto ancestral: son las guardianas del equilibrio entre el mundo de los vivos y lo que habita en la oscuridad. Desde pequeña, Alina ha sentido que es diferente, y una noche ve desde su ventana una figura oscura que la observa. En lugar de miedo, siente una llamada profunda y un extraño reconocimiento.
Entonces, Elvira le revela la verdad que durante años le fue oculta: su linaje desciende de quienes sellaron un pacto ancestral para proteger al pueblo, un vínculo que une su sangre eternamente con las sombras. La madre de Alina también sintió esa misma llamada y eligió cruzar al otro lado, abandonando el mundo de los vivos. Ahora Alina debe enfrentar su propio destino: decidir si se queda como guardiana cumpliendo su deber.
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Capitulo 2: El legado de las sombras
La niebla de la noche anterior no se había disipado por completo; aún flotaba en el aire como un velo delgado y húmedo que se aferraba a los árboles y cubría los caminos de Valdemorral con una capa de misterio. Me desperté con la sensación de que algo había cambiado, como si el aire mismo fuera diferente, más denso, más cargado de significados que no alcanzaba a comprender del todo. El recuerdo de aquella figura alta y oscura, recortada contra la luz pálida de la luna, seguía grabado en mi mente con una claridad inquietante. No había sentido miedo, eso era lo que más me perturbaba. Había sentido reconocimiento, una llamada profunda que venía de lo más hondo de mi ser, como si esa sombra fuera parte de mí, o yo parte de ella.
Me levanté despacio, sin hacer ruido, y me acerqué de nuevo a la ventana. Fuera, la luz del amanecer luchaba por abrirse paso entre la bruma, tiñendo todo de tonos grisáceos y azulados. Los árboles del bosque cercano seguían erguidos, silenciosos y vigilantes, como guardianes de secretos antiguos que nadie más que nosotros parecía conocer. Pensé en lo que había visto, en lo que había sentido, y una pregunta volvió a aparecer en mi pensamiento, insistente y persistente: ¿Quiénes éramos realmente? ¿Qué era lo que nos hacía tan diferentes, tan apartados del resto de las gentes del pueblo?
Desde pequeña, había notado esa distancia. Cuando caminaba por las calles, las madres apartaban a sus hijos de mi paso, como si yo pudiera traerles alguna desgracia. Los hombres bajaban la voz al verme pasar, y las mujeres me miraban con una mezcla de respeto y temor que siempre me había resultado extraña. En la escuela, nunca había logrado encajar del todo. Mis compañeros me trataban con cortesía, sí, pero siempre manteniendo una distancia, como si hubiera una barrera invisible entre ellos y yo. A veces intentaban acercarse, hacer preguntas sobre mi abuela, sobre las cosas que hacíamos en casa, sobre las hierbas que ella recogía o los libros que yo leía. Pero cuando yo respondía, cuando hablaba de lo que veía o sentía, sus expresiones cambiaban, se volvían inquietas, y poco a poco se alejaban, dejándome de nuevo sola.
Mi abuela Elvira siempre me decía que no me preocupara, que esa diferencia era parte de nuestro ser, algo que llevábamos en la sangre, algo que nos hacía especiales. Pero nunca me había explicado qué significaba realmente, ni de dónde venía. Hasta ayer. Hasta que me mostró aquel libro antiguo, con sus páginas amarillentas, sus dibujos de criaturas extrañas y símbolos que parecían cobrar vida al mirarlos demasiado tiempo. Aún podía oler el olor a papel viejo y polvo que salía de sus hojas, y ver la mano de mi abuela, arrugada y manchada por el tiempo y el trabajo, señalando aquellas figuras con una mezcla de reverencia y tristeza.
Salí de mi habitación y bajé las escaleras con paso lento. La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio lleno de presencias, de historias, de voces que solo yo parecía capaz de percibir. Las muebles de madera oscura y pesada, las cortinas gruesas que dejaban pasar apenas la luz del día, las estanterías llenas de libros desgastados y objetos extraños: frascos con hierbas secas, piedras de formas inusuales, velas de cera negra... Todo me parecía ahora diferente, más cargado de sentido, como si cada cosa contuviera una parte de la verdad que había estado buscando toda mi vida.
Mi abuela estaba en la cocina, como siempre, preparando una infusión. El olor a plantas amargas y aromáticas llenaba el aire, un olor que me era tan familiar como mi propio nombre. Al oír mis pasos, se volvió lentamente. Su rostro, surcado por las arrugas de los años y el saber, me miró con esa profundidad que siempre me había hecho sentir que ella conocía cada uno de mis pensamientos. Sus ojos, oscuros y brillantes como dos piedras antiguas, reflejaban algo más esta vez: determinación, pero también una cierta tristeza, como si estuviera a punto de revelarme algo que cambiaría mi vida para siempre.
—Buenos días, Alina —dijo con su voz suave y grave, una voz que parecía venir de muy lejos—. Te estaba esperando. Sabía que no podrías dormir bien después de lo que viste, después de lo que sentiste.
Me acerqué a la mesa de madera rústica y me senté frente a ella. La luz que entraba por la pequeña ventana de la cocina iluminaba su cabello blanco, recogido en una trenza apretada que le caía sobre el hombro.
—Abuela —empecé, y mi voz salió más temblorosa de lo que hubiera querido—. ¿Quién era esa figura? ¿Por qué no sentí miedo? ¿Por qué sentí que... que me llamaba?
Ella suspiró, y durante unos instantes guardó silencio, como si estuviera buscando las palabras adecuadas, o quizás reuniendo el valor necesario para decírmelo todo. Luego, extendió su mano y tomó la mía. Sus dedos eran ásperos, fuertes, pero su toque era suave, lleno de un cariño profundo y antiguo.
—Siéntate, niña mía —dijo finalmente—. Es hora de que sepas todo. De que conozcas lo que somos, lo que hemos sido siempre, y lo que está escrito que serás. Lo que viste anoche, lo que sentiste... no es nada nuevo. Es algo que ha estado contigo desde que naciste, algo que corre por tus venas, igual que corrió por las de tu madre, las de tu abuelo, y todos los que vinieron antes que nosotros.
Se levantó y caminó hacia un rincón de la cocina, donde había un armario bajo de madera oscura, cerrado con una cerradura de hierro vieja que yo nunca había visto abrir. Sacó una llave pequeña, desgastada por el uso, de un bolsillo de su vestido, y la introdujo en la cerradura. El sonido metálico del mecanismo al abrirse resonó en el silencio de la habitación, como un presagio de lo que estaba por venir.
Del interior sacó un objeto envuelto en una tela de lino grueso y oscuro. Lo colocó sobre la mesa entre nosotros, y con mucho cuidado, fue deshaciendo los pliegues de la tela. Cuando lo descubrió por completo, sentí que el aire se me quedaba parado en los pulmones.
Era un medallón, grande y pesado, hecho de un metal oscuro que no reconocía, frío al tacto incluso a través de la tela que aún lo cubría parcialmente. En su superficie estaba grabado el mismo símbolo complejo que había visto en el libro ayer: dos líneas que se entrelazaban, un círculo que unía dos mundos, el luminoso y el oscuro, y en el centro, una forma que parecía ser una mano extendida, o quizás una sombra que toma forma.
—Este es nuestro legado —dijo ella, con voz solemne—. Ha pasado de generación en generación, desde tiempos inmemoriales. Nosotros no somos como los demás habitantes de Valdemorral, Alina. Ni como los de ningún otro pueblo de estas tierras. Descendemos de quienes hicieron un pacto, hace siglos, cuando el mundo era joven y la luz y la oscuridad aún no estaban tan separadas como ahora.
Se sentó de nuevo, y comenzó a contar, con palabras lentas y claras, una historia que parecía sacada de los mitos y leyendas que a veces se escuchaban junto al fuego, pero que yo sabía, con una certeza absoluta, que era la verdad.
—Hace mucho tiempo, mucho antes de que existiera este pueblo, mucho antes de que se trazaran los caminos que ahora conocemos, hubo quienes entendieron que el universo no se divide solo en lo que se ve y lo que no, en lo bueno y lo malo, en la luz y la oscuridad. Comprendieron que ambas partes son necesarias, que una no puede existir sin la otra, que todo está conectado en un equilibrio perfecto y eterno. Esos hombres y mujeres tenían dones especiales: podían hablar con las sombras, escuchar lo que dicen el viento y las estrellas, ver lo que está oculto a los ojos comunes. Eran respetados, pero también temidos, porque su poder era grande, y muchos no entendían que lo usaban para mantener el equilibrio, para proteger a quienes no podían protegerse a sí mismos.
»Pero con el paso del tiempo, los demás hombres empezaron a tener miedo. Temían lo que no comprendían, temían lo que era diferente. Empezaron a decir que nuestros antepasados hacían tratos con fuerzas malignas, que eran servidores de lo oscuro, que traían desgracia y muerte. Fue entonces cuando decidieron apartarse, vivir lejos, en los límites del bosque, en lugares donde la niebla espesa y los árboles antiguos protegen y ocultan. Y aquí hemos estado desde entonces, viviendo en silencio, guardando nuestros conocimientos, cumpliendo con nuestro deber, aunque pocos lo sepan o lo agradezcan.
Siempre vemos la oscuridad como algo malo, pero realmente es como ver la vida de otra manera