Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 5 La apuesta de Darío
La música seguía inundando la plaza mientras el sol desaparecía lentamente detrás de las colinas. El aire olía a mosto fresco, pan recién horneado y vino joven. Las risas se mezclaban con el sonido de los violines y las panderetas, creando una atmósfera de alegría que parecía envolver a todo el pueblo.
Isabella descendió del tonel con las piernas teñidas de un suave color violáceo por el jugo de las uvas.
—¡Mira cómo has quedado! —rió Chiara.
Isabella bajó la vista hacia su vestido blanco, completamente salpicado de manchas moradas.
—Mi madre va a decir que he echado a perder otro vestido.
—No creo que se enfade. Hoy todas terminamos igual.
Las dos comenzaron a reír mientras una anciana les ofrecía unas jarras con agua para lavarse los pies.
—Gracias, señora Bianca.
—Disfruten mientras son jóvenes —respondió la mujer con una sonrisa maternal—. La vida pasa más rápido de lo que una imagina.
Aquellas palabras hicieron que Isabella levantara la vista por un instante.
Siempre le ocurría lo mismo.
Las frases sencillas terminaban haciéndola pensar.
—¿En qué te has quedado ahora? —preguntó Chiara.
—En nada... Solo pensaba que quizá tenga razón.
—No empieces con tus filosofías.
Isabella soltó una carcajada.
—Prometo dejar de pensar... por cinco minutos.
—Con eso me conformo.
Las amigas se alejaron entre los puestos de comida mientras los músicos comenzaban otra melodía.
A unos metros de allí, Marco permanecía junto a Lorenzo sosteniendo una copa de vino que apenas había probado.
Su mirada volvía una y otra vez hacia Isabella sin que él pudiera evitarlo.
—¿Piensas beber ese vino o solo admirarlo? —preguntó Lorenzo.
Marco reaccionó como si despertara de un sueño.
—¿Qué?
—Llevas cinco minutos mirando en la misma dirección.
—Estoy observando la fiesta.
—Claro.
Lorenzo siguió la dirección de sus ojos hasta descubrir nuevamente a Isabella.
Sonrió con picardía.
—Qué casualidad que la fiesta tenga exactamente la forma de esa muchacha.
Marco dejó escapar un suspiro.
—No empieces.
—Hace años que intento que te fijes en alguna mujer y nunca me haces caso. Ahora aparece una joven que consigue que olvides hasta el vino que tienes en la mano...
—No estoy interesado en ella.
—¿Seguro?
Marco respondió con firmeza.
—Completamente.
Sin embargo, ni él mismo creyó sus propias palabras.
Porque cada vez que Isabella sonreía, algo extraño sucedía en su interior.
Algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
La noche terminó de caer.
Las luces colgadas entre los árboles iluminaron la plaza con un resplandor cálido y acogedor.
La música se hizo más animada.
Las parejas comenzaron a bailar.
Los niños corrían con faroles de papel.
Y el vino empezaba a desatar conversaciones cada vez más ruidosas.
Marco ya estaba dispuesto a marcharse.
—Creo que ya cumplí contigo —dijo a Lorenzo.
—¿Tan pronto?
—Tengo trabajo mañana.
Lorenzo negó con la cabeza.
—Siempre tienes trabajo.
Marco sonrió apenas.
—Precisamente por eso mi empresa sigue creciendo.
Le dio una palmada amistosa en el hombro y comenzó a caminar hacia la salida de la plaza.
Pero apenas había avanzado unos pasos cuando unas voces captaron su atención.
Venían de un callejón lateral, oculto por unos viejos cipreses.
No era su intención escuchar.
Simplemente sucedió.
—Te digo que esta noche no falla.
Marco reconoció aquella voz.
Era el joven que había visto junto a Isabella en varias ocasiones durante la fiesta.
Se detuvo instintivamente.
Otra voz respondió entre risas.
—¿Tan seguro estás?
—Más que nunca.
Marco permaneció inmóvil.
No sabía por qué seguía escuchando.
Quizá simple curiosidad.
Quizá algo más.
Se acercó apenas lo suficiente para distinguir tres siluetas.
Darío sostenía una copa de vino mientras sonreía con arrogancia.
Sus dos amigos lo observaban divertidos.
—¿Y si al final se echa para atrás? —preguntó uno de ellos.
Darío soltó una carcajada.
—¿Isabella?
Negó con la cabeza.
—Ella está completamente enamorada de mí.
Las palabras hicieron que Marco frunciera el ceño.
Darío continuó hablando con una seguridad que comenzaba a resultarle desagradable.
—Lleva semanas soñando con este momento.
—Entonces ya ganaste la apuesta.
—Todavía no.
Esta noche pienso llevarla al viejo molino.
Allí estaremos solos.
Uno de sus amigos levantó las cejas.
—¿Y después?
Darío dio un largo trago a su copa antes de responder.
—Después ocurrirá lo que tiene que ocurrir.
Marco sintió una extraña incomodidad.
No le gustaba el tono de aquella conversación.
El tercer muchacho sonrió con malicia.
—¿Y luego te marchas a la universidad?
—Exactamente.
—¿Y ella?
Darío se encogió de hombros.
—Ya encontrará a otro.
Los tres rompieron a reír.
Marco apretó lentamente la mandíbula.
Una parte de él le decía que se marchara.
Que aquello no era asunto suyo.
Pero otra comenzaba a enfurecerse.
—No puedo creer que hayas apostado algo así.
Darío respondió con total tranquilidad.
—¿Qué tiene?
Solo es una apuesta entre amigos.
—¿Y cuánto apostaste?
—Mil euros.
Y una botella del mejor vino Vivaldi.
Las carcajadas volvieron a llenar el callejón.
Marco sintió que los nudillos se le ponían blancos.
La siguiente frase terminó por helarle la sangre.
—Lo mejor de todo es que ella cree que voy a declararle mi amor.
Uno de los muchachos preguntó:
—¿Y si quiere esperar?
Darío sonrió con suficiencia.
—No va a esperar.
Sé exactamente qué decirle.
Confía en mí.
Y cuando una mujer confía...
...ya tiene medio corazón entregado.
Marco cerró los ojos durante un instante.
Recordó la expresión de Isabella aquella tarde en los viñedos.
La ilusión con la que esperaba a alguien que nunca apareció.
La forma en que había defendido a ese hombre sin siquiera saber que era él.
Y comprendió, con una certeza que le revolvió el estómago, que estaba escuchando cómo alguien planeaba romper la inocencia de una joven que solo quería enamorarse.
Abrió los ojos lentamente.
Ya no quedaba rastro de la tranquilidad con la que había llegado a la fiesta.
Sus ojos grises se endurecieron.
Por primera vez en muchos años, no sintió indiferencia.
Sintió rabia.
Y mientras los tres jóvenes seguían riendo sin imaginar que alguien los había escuchado, Marco tomó una decisión.
No pensaba permitir que Isabella Rossi se convirtiera en el premio de una apuesta.