Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 2
Capítulo 2
La jaula del heredero
Tres días después, Valenntina subió a un auto negro rumbo a Buenos Aires.
Sin boda. Sin vestido. Sin invitados. Solo una libreta civil que alguien ya había preparado y una bolsa con la ropa barata que Graciela había comprado para sacársela de encima.
Marta Peralta, administradora de la mansión Alcorta, la miró una vez y decidió no gastar simpatía.
Marta tendría unos cuarenta y pico. Cara correcta, uniforme impecable y esa habilidad tan común en las casas ricas: adivinar a quién había que sonreírle y a quién no. A Valenntina, con esa ropa barata y el pelo armado para verse torpe, ni siquiera le dedicó una mirada completa.
—El señor Dante no está bien —dijo durante el viaje—. Si grita, no se acerque. Si rompe algo, avise. Si la lastima, se informa después.
Valenntina apoyó la cabeza contra el vidrio.
—Qué práctico.
Marta no entendió la ironía.
El trayecto desde Rosario hasta Buenos Aires duró algo más de dos horas. Valenntina cerró los ojos y repasó el expediente de Dante.
Dante Alcorta.
El hijo más brillante de la familia.
A los quince años ya había terminado una carrera en una universidad de élite del exterior. Poco después, su abuelo lo puso al frente del Grupo Alcorta, saltándose a Ricardo sin demasiada delicadeza. En diez años convirtió el negocio familiar en un monstruo internacional: energía, salud, tecnología, finanzas, acuerdos con gobiernos y casas reales. El hombre había llegado a ser el empresario argentino más joven en entrar al ranking de los más ricos del mundo.
Después, tres años atrás, el accidente.
Trauma severo. Coma. Despertar violento. Diagnóstico de inestabilidad mental. Retiro absoluto de la vida pública.
Eso era lo visible.
Lo real, Valenntina lo iba a comprobar adentro.
La mansión Alcorta apareció detrás de portones enormes, con cámaras, guardias y jardines demasiado prolijos. Todo olía a plata vieja y a secreto mal ventilado.
Patricia Montalvo la esperaba en el living. Elegante, fría, aburrida.
—Nombre.
—Valenntina Rojas.
—Edad.
—Veinte.
Patricia le tiró la libreta civil sobre la mesa.
—Legalmente ya sos esposa de Dante. Ceremonia no va a haber. Mi hijo no está para fiestas.
Mi hijo.
Curiosa forma de llamar a alguien que, según el expediente, llevaba tres años encerrado en un piso entero.
—Mientras no armes problemas, vas a estar cómoda —siguió Patricia—. No preguntes de más. No te metas donde no corresponde.
—Sí, señora.
A Patricia le gustó esa respuesta.
A Valenntina le gustó que le gustara.
Marta la llevó al quinto piso. Apenas se abrió el ascensor, se oyó el ruido de cadenas golpeando contra madera.
La habitación era enorme, lujosa y triste. Muebles volcados. Olor agrio. Dos empleados paralizados. Y en el medio, Dante Alcorta.
Muñecas y tobillos marcados por hierro. Ojos rojos. El cuerpo tirando contra las cadenas como un animal acorralado.
Hermoso incluso así.
Qué injusto.
—Hay que darle la medicina —dijo Marta.
Nadie se movió.
Valenntina tomó el cuenco. El olor llegó antes que el vapor: hierbas, sí, pero también una nota ácida, escondida.
—Salgan —dijo.
Marta se tensó.
—Señora, no conviene que se quede sola.
—Es mi marido, ¿no?
—Sí, pero...
—Entonces cierre la puerta al salir.
Cuando quedaron solos, Dante volvió a tirar de las cadenas.
Valenntina apoyó el cuenco en una mesa, sacó una tira reactiva del broche y la hundió en el líquido. El color cambió.
—Claro —murmuró—. Te estaban apagando despacito.
Dante gruñó.
—Sí. A mí también me cae mal.
Tiró la medicina al baño.
Después esperó a que el cuerpo de Dante dejara de pelear contra sí mismo. Cuando por fin se desplomó, le tomó el pulso, revisó pupilas y palpó la nuca.
Encontró la aguja.
Fina. Profunda. Vieja.
La sacó de un tirón seco. Dante soltó un quejido ronco, pero no despertó. La punta estaba oscura.
Valenntina la guardó en una bolsita sellada.
Prueba uno.
Le dio una pastilla, le soltó las cadenas y le limpió las muñecas. Había marcas recientes y marcas viejas. Tres años de eso.
—Si sos tan terrible como dicen —le dijo, acomodándole la almohada—, volvé rápido. Esta casa necesita a alguien que muerda.
Al atardecer, Valenntina se bañó.
Se fue por la rejilla el maquillaje opaco, el flequillo torpe, la piel apagada. Cuando salió con un vestido blanco sencillo, Marta casi no la reconoció.
—La señorita Milena quiere verla —dijo, todavía confundida.
—Que suba.
—Pidió que usted baje.
Valenntina tomó un libro.
—Entonces no tiene tantas ganas.
Marta se ofendió.
—Milena es la hija de la casa.
—Y yo soy la esposa del segundo señor. ¿Jugamos a los títulos o me deja leer?
Marta se fue hecha una piedra.
Dante abrió los ojos poco después.
No gritó.
Miró el techo. Sus muñecas libres. A Valenntina.
—No hables —dijo ella, acercándose—. Si te duele, parpadeá dos veces.
Él no parpadeó.
—Bien. Orgulloso hasta medio muerto. Eso sirve.
La puerta se abrió de golpe.
Milena Alcorta entró como tormenta.
—¿Vos sos la nueva? Mirá, no sé qué te creíste, pero en esta casa nadie te toma en serio.
Valenntina no cerró el libro.
—Qué lástima. Yo recién empezaba a divertirme.
Milena vio a Dante sentado en la cama, callado, todavía confuso.
—Ni te hagas la importante. Mi hermano ni sabe dónde está.
Dante movió apenas los dedos.
Valenntina lo vio.
Y sonrió.