Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El destino que acecha
El silencio se rompió de golpe cuando las puertas se cerraron tras los mensajeros imperiales. La sala no estalló en júbilo como Elara esperaba. Al contrario: muchos bajaron la mirada, se miraron entre sí con inquietud, con miedo. La palabra traición empezó a flotar en el aire, susurrada en voces bajas.
Lady Mira se acercó a su esposo, con el rostro pálido.
—Kael… —murmuró—. Los hemos desafiado abiertamente. En el libro… quiero decir, en los cuentos antiguos, eso era el inicio de la guerra.
Lord Kael asintió lentamente, recorriendo con la mirada a todos los presentes.
—Lo que hizo Elara fue valiente —dijo, con voz grave—. Pero también peligroso. El Imperio no perdona las afrentas. Ahora no nos darán tiempo. Avanzarán más rápido de lo que esperábamos.
Elara sintió un nudo en el estómago. Exacto. Eso era lo que más temía. Al romper el destino original, no habían eliminado el peligro… solo lo habían acelerado y vuelto más cruel.
—Padre —dijo ella, dando un paso al frente—. Sé que esto es peligroso. Pero si hubiéramos aceptado, estaríamos muertos de todos modos. Solo que más lento, con cadenas puestas por nosotros mismos. El destino que nos esperaba era claro: nos dividirían, nos quitarían a Rian, nos dejarían sin comida cuando el frío llegara, y luego nos destruirían. Ese camino ya está escrito y termina en muerte.
—¿Y este camino? —preguntó uno de los ancianos del clan, con voz temblorosa—. ¿A dónde nos lleva, niña?
—A la vida —respondió ella sin dudar—. Pero solo si nos movemos rápido. Lo que estaba por pasar en los próximos días no ha desaparecido… solo cambió de forma. El enemigo no esperará diez días para atacar a Rian. Lo hará antes. Y el invierno… el invierno vendrá antes de lo que nadie imagina.
Se giró hacia su hermano mayor, que permanecía de pie, con la mandíbula tensa y la mirada encendida.
—Rian —le dijo, con urgencia—. Tu patrulla de mañana… no vayas solo. Lleva contigo a diez de nuestros mejores hombres. Y bajo ningún concepto te acerques al Valle Oscuro. Es ahí donde te esperan. Ahí donde el destino original te habría tendido una trampa de la que no saldrías vivo.
Rian abrió los ojos, sorprendido por la intensidad de sus palabras.
—¿Cómo sabes que me buscan a mí? ¿Cómo sabes del valle?
—Porque lo vi —respondió Elara, sin titubear—. Lo vi en sueños, como una verdad que se graba en la sangre. Y te lo ruego: confía en mí. Si caes, el clan se divide. Si el clan se divide, caemos todos. No dejes que el destino cumpla su primera parte.
Rian la miró largo rato, y en sus ojos se mezclaron la duda y algo más: la certeza de que ella no hablaba al azar. Asintió lentamente, con firmeza.
—Bien. Iré con escolta. Evitaré el valle. Confiaré en ti, hermana.
Elara sintió que el aire volvía a sus pulmones. Una victoria pequeña, pero vital. En el libro, Rian había ido solo. Había caído sin lucha, sin advertencia. Ahora, al menos, iba preparado.
—Padre —continuó ella, girándose hacia Lord Kael—. Debemos cerrar las puertas de la fortaleza al atardecer. Nadie entra ni sale sin tu permiso escrito. Hay un espía entre nosotros. Alguien que le cuenta cada paso nuestro al Imperio. Y ahora que saben que yo conozco sus planes… intentarán callarme, o culparnos de algo, antes de que la luna cambie.
Un murmullo de alarma recorrió la sala. Lord Kael se puso de pie de golpe.
—¿Un espía? ¿Estás segura?
—Lo estoy —respondió ella—. Y mientras esté aquí dentro, somos nosotros los que estamos en jaque. No sabemos quién es, pero sabemos que actúa. Así que vigilad a todos. Incluso a los que creemos más leales. El destino nos enseñó que la traición siempre golpea por la espalda.
Lady Mira puso una mano sobre el hombro de su hija.
—Entonces empezaremos por asegurar el grano —dijo con voz firme—. Si el invierno viene antes, el hambre será nuestra primera muerte. Bram ya recibió tus órdenes, Kael. Podemos acumular lo necesario.
—Entonces hagamoslo —concluyó el padre, con la mirada endurecida pero con un brillo de esperanza que antes no tenía—. Reunid a los capitanes. Doblad las guardias. Que nadie duerma con las puertas abiertas. El Clan Licano no será tomado por sorpresa.
Cuando todos se retiraron para cumplir las nuevas órdenes, Elara se quedó sola un instante ante el escudo del lobo. El destino original seguía ahí, acechando como una sombra: la emboscada, la acusación, el frío, la traición… todo seguía existiendo, pero ahora ellos sabían que venía.
—No vamos por el camino que estaba escrito —susurró al escudo—. Pero la cuesta es más empinada que nunca. Y el enemigo corre más rápido ahora que sabe que lo vemos.
Zora se acercó a ella, silenciosa como siempre, y le puso una mano en el brazo.
—Cambiaste el inicio —le dijo en voz baja—. Pero no el peligro. ¿Verdad?
Elara levantó la vista, con los ojos brillantes de determinación.
—No. Pero ahora nosotros también cambiamos. Ya no somos los mismos que iban a la muerte sin saberlo. Ahora luchamos con los ojos abiertos. Y eso, hermana, ya es la mitad de la victoria.
Fuera, el viento empezó a aullar entre las torres, más frío de lo normal para esa época del año. El invierno eterno no esperaba. Y el Imperio, humillado, ya estaría moviendo sus piezas. El tiempo se les escapaba de las manos… pero por primera vez, ellos sostenían las riendas.