Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 2
Llegué a la pensión pasadas las ocho, con el cuerpo pesado y la cabeza hecha un nudo. La luz amarilla del pasillo ya estaba encendida y, apenas abrí la puerta, el olor a guiso me golpeó en la cara. Abuela Elena estaba de pie junto a la hornalla, removiendo la olla con la cuchara de madera que usaba desde siempre. Al oírme entrar, se dio vuelta y me sonrió con esa sonrisa que todavía conseguía calentarme un poco el pecho.
---Cami\, por fin llegaste. Vení a ver lo que te preparó la abuela hoy. Tu favorito.
Levantó la tapa. El vapor subió cargado de cebolla, papa y carne. El olor fuerte de la grasa me revolvió el estómago de inmediato. Sentí una arcada tan violenta que tuve que taparme la boca con las dos manos y girar la cara hacia la pared. Tragué saliva varias veces, respirando por la nariz, rogando que no saliera nada.
La abuela dejó la cuchara y se acercó rápido, preocupada.
---¿Qué te pasa\, m'hija? ¿Estás mal?
---Nada\, abuela ---logré decir\, con la voz ahogada---. Creo que me enfrié estos días. El estómago anda revuelto\, nomás.
Ella frunció el ceño, pero no insistió demasiado. Sabía que yo no era de quejarme.
---¿Querés que te lleve al hospital para que te vean?
---No hace falta. Voy a ponerme una campera y ya está.
Me escapé al cuarto antes de que siguiera preguntando. Cerré la puerta y me apoyé contra ella un segundo, con los ojos cerrados. Esa náusea era la misma que me había obligado a ir al hospital dos días atrás. Seis semanas. Todavía no podía creerlo.
Estaba sacando una campera del ropero cuando oí la voz de Nicolás desde el pasillo. Se me heló la sangre. Hacía más de un mes que no aparecía y ahora, justo hoy, salía del baño como si nada.
---¿Qué es eso de que vas al hospital\, abuela? ---preguntó él\, con ese tono falso que usaba cuando quería sacar información.
---No es nada mío ---contestó la abuela---. Es Cami\, que anda con náuseas. Dice que se enfrió.
Escuché los pasos de Nicolás acercándose. Salí del cuarto justo cuando él llegaba a la puerta. Al verlo, el asco me subió por la garganta más fuerte que la náusea de antes. Ese rostro que alguna vez me había parecido familiar ahora solo me daba ganas de escupirle.
---¿Qué hacés acá? ¿Quién te dejó entrar? ¡Andate! ¡Fuera de mi casa! ---grité\, empujándolo con las dos manos hacia la salida.
Nicolás no se movió. Me agarró la muñeca con fuerza y me arrastró de vuelta al cuarto. Cerró la puerta de un golpe seco y se quedó mirándome, con los ojos brillantes de codicia.
---¿Qué querés? ---pregunté\, pegada a la puerta\, con el corazón latiéndome fuerte.
Él se acercó un paso más.
---Decime la verdad. ¿Estás embarazada?
Sentí que la cara se me ponía blanca. ¿Cómo carajo lo sabía? Me esforcé por mantener la voz firme.
---¿Otra vez con lo mismo? ¿Ya te gastaste la plata que sacaste la otra vez y venís a inventar cuentos?
Nicolás no se rio. Me estudió la cara como si estuviera midiendo cada gesto.
---¿Por qué te dan náuseas entonces? ¿Cuánto hace que no te viene la regla?
---Mentira ---dije\, cortante---. Me vino la semana pasada. Así que guardate tus ideas raras.
Él entrecerró los ojos, desconfiado.
---¿Es verdad lo que decís?
---Creé lo que quieras.
Intenté abrir la puerta, pero él puso la mano encima y me frenó.
---Vine a avisarte algo importante ---dijo\, cambiando el tono a algo más frío---. Papá y mamá dejaron un testamento antes de... irse. La empresa te la dejan a vos. El abogado dice que el que hereda\, hereda también todas las deudas. O sea que todo lo que debemos ahora es problema tuyo. Yo quedo afuera.
Lo miré sin parpadear. Ya lo esperaba. Nicolás siempre había sido así: cuando la cosa se ponía fea, desaparecía o la cargaba a otro.
---Perfecto ---contesté---. Entonces andate y dejame en paz.
Él abrió la puerta y salió sin decir nada más. Escuché sus pasos alejándose por el pasillo y después la puerta de calle que se cerraba.
Al día siguiente, apenas amaneció, fui al hospital y pedí turno para la interrupción. Me dieron cita para tres días después. No podía esperar más. Si Nicolás llegaba a enterarse, iba a convertir a ese bebé en otra forma de sacarle plata a Mateo Vázquez. No iba a permitirlo.
El día de la cirugía llegué temprano con Florencia. Mi mejor amiga me acompañaba desde la secundaria y, aunque ella también estaba pasando por su propia tormenta, no dudó en venir. Las dos estábamos nerviosas, casi mudas. Hicimos la fila, firmamos los papeles, nos explicaron el procedimiento. Todo se sentía irreal.
Cuando el altoparlante llamó "Camila Fernández, box 3", me quedé paralizada. Las piernas me temblaban tanto que casi no podía caminar.
Flor me agarró la mano con fuerza.
---Cami\, tranqui. Es un procedimiento chiquito. Cerrás los ojos y cuando los abrís ya pasó.
---Flor... si algo me pasa\, cuidá a la abuela\, por favor ---susurré.
---Callate la boca ---me cortó ella\, con los ojos brillantes de lágrimas---. No digas boludeces. Yo ni siquiera puedo mantenerme a mí misma. Si vos faltás\, ¿quién carajo va a cuidar a tu abuela? Así que no te podés ir a ningún lado. ¿Entendiste?
Asentí. Sabía que me estaba retando para darme ánimo.
El altoparlante volvió a llamar. Le entregué el abrigo a Flor y caminé hacia la puerta del quirófano. Antes de entrar, me di vuelta. Ella levantó el pulgar y me hizo una sonrisa temblorosa. Yo intenté devolverle una, pero solo me salió una mueca.
Dentro, el cuarto era frío y olía a desinfectante. La camilla estaba en el centro, con los estribos metálicos brillando bajo la luz blanca. El médico, un hombre de mediana edad con cara de aburrido, señaló la camilla.
---Subite. Bajate el pantalón y poné las piernas en los soportes.
Me temblaban tanto las manos que no conseguía desabrochar el botón. Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando la puerta del quirófano se abrió de golpe con un ruido brutal.
Cuatro hombres vestidos de negro entraron como una tromba. El médico se puso pálido y retrocedió hasta chocar contra la pared.
---¿Quiénes son ustedes? ---balbuceó.
El que iba adelante, alto y de hombros anchos, lo empujó a un lado sin miramientos.
---¿Quién es Camila Fernández?
El médico señaló hacia mí con un dedo tembloroso.
---Ella... es ella.
El hombre se acercó. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo.
---Pará todo. El procedimiento se cancela. El que le ponga un dedo encima se va a arrepentir. Todos afuera. Ya.
Las enfermeras y el médico no esperaron a que lo repitiera. Salieron corriendo, dejando los guantes y las bandejas tiradas.
Yo había bajado de la camilla y me apoyaba contra la pared, sin entender nada.
---Llévenla ---ordenó el jefe.
Dos de ellos me agarraron cada uno de un brazo. Intenté zafarme, pero eran demasiado fuertes.
---¡Soltame! ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
---Camila\, vení con nosotros y vas a enterarte ---dijo el que mandaba\, sin emoción en la voz.
Me sacaron del quirófano a la fuerza mientras yo pataleaba y gritaba. Florencia, que estaba esperando afuera, se levantó de un salto al verme.
---¡Cami! ¿Qué pasa? ¡Dejenla!
Nadie le contestó. Me llevaron por el pasillo, bajamos en el ascensor de servicio y salimos por una puerta lateral donde esperaba una camioneta negra con los vidrios polarizados. Me metieron adentro sin darme tiempo a nada. La puerta se cerró con un golpe seco y el vehículo arrancó enseguida.