Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Pequeñas Aventuras 3
El día de la celebración llegó finalmente.
La residencia de Gian Carlo Parisi estaba llena de invitados.
Carruajes elegantes entraban y salían de la propiedad, mientras los criados recibían a los visitantes y los conducían hacia los salones principales.
Había flores por todas partes.
Las mesas estaban cubiertas con manteles bordados, candelabros de plata y arreglos florales cuidadosamente preparados. Una orquesta tocaba música en uno de los salones, mientras los invitados conversaban en pequeños grupos.
Aria descendió del carruaje junto a su hermano.
Y se quedó maravillada.
[¡Esto parece sacado de una novela!].
La residencia era muy diferente a la mansión Vizcondi, era mucho mas viva.
El jardín se extendía alrededor de la mansión con caminos de grava, fuentes y esculturas. A través de las ventanas abiertas llegaban las notas de la música y las voces de los invitados.
Aria apretó discretamente el brazo de su hermano.
—Es precioso.
El conde sonrió.
—Me alegra que te guste.
En cuanto entraron, varias personas se acercaron a saludarlos.
Aria se sorprendió al descubrir que muchos la conocían.
Algunos la saludaban con familiaridad.. otros preguntaban por su salud y comentaban lo mucho que había cambiado durante los últimos meses.
Ella respondió con amabilidad, intentando recordar los nombres y las relaciones familiares que había estudiado en los libros.
Por fortuna, el conde permanecía a su lado y la ayudaba discretamente cuando necesitaba alguna explicación.
Entonces, una joven rubia se acercó con una sonrisa radiante.
Tenía el cabello dorado, unos ojos de un intenso color rojo y una belleza que resultaba imposible ignorar.
—¡Lady Aria!
La joven abrió los brazos.
Aria apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un abrazo afectuoso.
—¡Lady Catarina!
El nombre apareció en su memoria.
Catarina Parisi.
Una joven perteneciente también a la gran familia Parisi.
Aria sonrió y correspondió al abrazo.
—¡Qué alegría verte!
Catarina se apartó un poco para observarla.
—¡Estás preciosa! Ese vestido te queda maravilloso.
—¡El tuyo también es hermoso!
Y era cierto.
Catarina llevaba un vestido elegante que resaltaba su cabello rubio y sus llamativos ojos rojos. Su presencia era cálida, y parecía genuinamente contenta de verla.
—Hace tiempo que no coincidíamos. Me alegra que hayas venido.
—A mí también.
Aria se sorprendió al descubrir que la conversación fluía con naturalidad.
Catarina no la trataba con frialdad ni con esa cortesía distante que había imaginado al pensar en las reuniones aristocráticas.
Era cariñosa, divertida y parecía tener muchas cosas que contarle.
Pronto se acercaron otros miembros de la familia Parisi.
Eran un grupo de primos que gozaban de una considerable influencia en la sociedad de Vagur. Algunos pertenecían a ramas nobles importantes, otros ocupaban cargos relevantes y varios eran conocidos por sus relaciones con familias militares y políticas.
Aria saludó a todos con una sonrisa.
Intentó memorizar sus nombres.
Se esforzó por seguir las conversaciones.
Y, para su propia sorpresa, comenzó a disfrutar muchísimo de la velada.
No porque estuviera buscando un esposo.
¡Ni hablar!
Sino porque le gustaba conocer personas, escuchar sus historias y descubrir cómo funcionaba la sociedad de aquel mundo.
Catarina le presentó a varios invitados y le explicó algunas de las relaciones entre las familias nobles.
Aria escuchaba con atención, haciendo preguntas de vez en cuando.
[¡Esto es mucho más interesante que leer una lista de genealogías!].
La conversación pasó de la política a los viajes, de los viajes a los caballos y de los caballos a una discusión sobre qué región de Vagur producía el mejor queso.
En aquel último tema, Aria estuvo a punto de participar con una pasión que habría resultado sospechosa.
Afortunadamente, logró contenerse.
Un poco.
Cuando llegó la hora del banquete, Aria descubrió que los cocineros de Gian Carlo Parisi eran extraordinarios.
Había carnes asadas, pescados preparados con hierbas aromáticas, verduras glaseadas, frutas frescas, panes de distintas formas y una selección de quesos que hizo que sus ojos brillaran.
También había tartas, pasteles pequeños y bandejas repletas de galletas.
Aria se sintió profundamente emocionada.
[¡Este hombre sabe celebrar su cumpleaños!].
Probó un poco de cada cosa.
No comió demasiado, porque quería conservar la elegancia propia de una dama noble y porque había aprendido que los banquetes podían durar varias horas.
Pero cuando descubrió unas galletas de mantequilla con formas de animales, su corazón prácticamente se detuvo.
¡Eran preciosas!
Había pequeños conejos, patos, osos y zorros, todos decorados con glaseado de colores.
Aria tomó una de las galletas y la observó con atención.
[¡Un conejo!].
Se la llevó a la boca.
Deliciosa.
Tomó otra.
Un pequeño oso.
También delicioso.
Miró a su alrededor.
Nadie parecía estar prestándole atención.
Así que, con una discreción que habría enorgullecido a cualquier espía, guardó varias galletas en un pequeño pañuelo que llevaba consigo.
[Para más tarde].
Después escondió el pañuelo en su bolso.
[¡Perfecto!].
Si alguien hubiera descubierto aquella operación, probablemente habría considerado que la señorita Vizconti tenía un comportamiento peculiar.
Pero Aria no sentía la menor vergüenza.
Había aprendido a apreciar las pequeñas cosas.
Y aquellas galletas le recordaban algo que deseaba conservar para siempre.
La alegría de compartir un momento sencillo con alguien.
Incluso si, en aquella ocasión, todavía no tenía a nadie con quien compartirlas.