Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 11: Quiero tenerte conmigo
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Todavía seguía enojado, parce. Por más que intentara hacerme el tranquilo, la bendita foto de Gabriela con ese man no se me salía de la cabeza. Y eso que ella me había dicho que después hablábamos, pero yo seguía con la intriga de saber quién era el tipo y por qué estaba tan cerquita de mi novia.
Estaba sentado en el sofá de mi apartamento, con el televisor prendido y el celular en la mano. No le estaba poniendo cuidado a nada. Cada dos minutos abría WhatsApp para ver si Gabriela me había escrito.
—¡Juepucha, Joaquín! —me dije a mí mismo—. ¿Usted sí es mucho bobo, ome? Está ahí sentado como un güevón, esperando un mensaje.
Dejé el celular sobre la mesa y me levanté a preparar un café. Pero ni siquiera me lo había terminado cuando volví a coger el teléfono.
Es que, aunque estuviera enojado, quería verla. Quería tenerla conmigo, abrazarla, darle un beso y escucharla hablar de cualquier cosa. Esa mujer tenía una forma de tranquilizarme que ni yo mismo entendía.
Al final, me cansé de darle tantas vueltas al asunto y le escribí.
Yo ❤️: Muñeca, ¿qué está haciendo?
La respuesta llegó unos minutos después.
Gabriela ❤️: Aquí en la casa, amor. ¿Y usted?
Yo ❤️: Acá en el apartamento, aburrido.
Gabriela ❤️: ¿Todavía está bravo conmigo?
Me quedé mirando el mensaje. La verdad, sí estaba molesto, pero tampoco quería seguir discutiendo por WhatsApp.
Yo ❤️: Un poquito, no le voy a mentir.
Gabriela ❤️: Ay, Joaquín, ya le dije que después hablamos bien.
Suspiré y escribí lo que de verdad quería decirle.
Yo ❤️: Muñeca, ¿podés venir a mi departamento? Quiero verte.
Esta vez tardó un poquito más en responder.
Gabriela ❤️: ¿Ahora? ¿Y eso?
Yo ❤️: Porque la extraño, mujer. Quiero tenerla conmigo un rato, hablar con usted y darle un abrazo. No quiero que sigamos así.
Gabriela ❤️: ¿Y no me va a salir con reclamos apenas llegue?
Sonreí un poquito, aunque todavía tenía esa espinita clavada.
Yo ❤️: Le prometo que voy a escucharla primero. Pero venga, pues, mi vida. Le tengo ganas de dar un abrazo de esos que arreglan hasta el peor día.
Gabriela ❤️: Ay, usted sí sabe cómo convencerme.
Yo ❤️: ¿Entonces sí viene?
Gabriela ❤️: Bueno, amor. Déjeme cambiarme y salgo.
Cuando leí eso, me levanté del sofá como si me hubieran anunciado que me había ganado la lotería.
—¡Eso, ome! —dije, sonriendo.
De una recogí las cosas que tenía regadas por la sala, lavé la taza del café y revisé que el apartamento estuviera decente. No era que viviera en un chiquero, pero tampoco quería recibir a mi novia con todo vuelto nada.
Después pedí algo de comer para los dos, porque conocía a Gabriela y sabía que, si llegaba cansada, probablemente no habría tenido tiempo de comer bien.
Media hora después, sonó el timbre.
Abrí la puerta y ahí estaba ella.
—Hola, mi amor —me dijo con una sonrisa suave.
Yo todavía tenía cara de pocos amigos, pero apenas la vi, se me bajó un poquito la rabia.
—Hola, muñeca.
Me acerqué y la abracé por la cintura. Ella me rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en mi pecho.
—¿Ya se le pasó el enojo? —preguntó.
—No del todo —admití—. Pero la extrañaba mucho.
Gabriela levantó la cara para mirarme.
—Joaquín, yo no quiero que usted se sienta mal por una foto. Pero tampoco quiero que cada vez que aparezca un hombre a mi lado, usted piense lo peor de mí.
Bajé la mirada. Sabía que tenía razón.
—Es que me dieron celos, Gabriela. Yo sé que eso no me da derecho a hablarle golpeado. Perdón por eso.
Ella me acarició la mejilla.
—Acepto sus disculpas, amor. Pero tiene que confiar en mí.
—Voy a intentarlo, muñeca. Se lo prometo.
La invité a pasar y nos sentamos juntos en el sofá. Le conté que había estado pensando en ella durante toda la tarde y que, aunque seguía con algunas preguntas, prefería hablarlas tranquilamente.
Ella me tomó la mano.
—Yo también quiero que estemos bien, mi vida.
Le di un beso en la frente y después otro en los labios, suavecito. Gabriela sonrió y me acarició el cabello.
—¿Ve? —le dije—. Esto era lo que necesitaba. Tenerla aquí conmigo.
—¿Un abrazo y un beso?
—Y que deje de hacerme sufrir, ome.
Ella soltó una carcajada.
—¡Ay, Joaquín, no sea dramático!
Terminamos comiendo juntos mientras hablábamos de la empresa, de mis clases y de las bobadas que Sebastián había hecho en la universidad. Poco a poco, el ambiente se volvió más tranquilo.
Pero cuando Gabriela se acomodó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro, me di cuenta de algo: yo no quería solamente verla de vez en cuando. Quería construir algo bonito con ella, sin celos que nos dañaran ni secretos que terminaran separándonos.
Y, aunque esa noche pude abrazarla y sentirla cerquita, todavía había una conversación pendiente.
Una conversación sobre aquel hombre de la foto.
Y yo esperaba que Gabriela me contara toda la verdad, porque, por más enamorado que estuviera, necesitaba aprender a confiar sin dejar que los celos hablaran por mí.