Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 2
Mis dedos repiquetean sobre el volante de cuero, siguiendo el ritmo de una emisora de música clásica que odio, pero que mi padre siempre dice que "templa el carácter". Estoy frente a la casa de mis padres. Una mansión en las afueras que, más que un hogar, parece un museo dedicado al éxito. Las ventanas están tan limpias que brillan con una frialdad que me cala los huesos.
Antes de bajar, me miro en el espejo retrovisor. He vuelto a ser Alicia. El moño está tan apretado que me tira de las cejas, la blusa blanca no tiene una sola arruga y el labial rojo fuego de anoche ha sido sustituido por un tono "nude" que casi me borra los labios. Nadie podría adivinar que hace menos de doce horas, un extraño me susurraba al oído cosas que harían que mi madre se santiguara tres veces.
—Sonríe, Alicia. Solo son tres horas —me digo a mí misma.
Cruzar el umbral es como entrar en una zona de guerra donde las armas son los comentarios pasivo-agresivos. El olor a cera de muebles y a flores frescas me recibe. Es un olor limpio, pero me resulta asfixiante.
—Llegas dos minutos tarde, querida —dice mi madre desde el salón, sin levantar la vista de su revista de decoración.
—Había tráfico, mamá.
—El tráfico es la excusa de los que no planifican. Siéntate, tu padre está terminando una llamada con el senador.
Me siento en el sofá de terciopelo beige, manteniendo la espalda recta, las manos sobre las rodillas. Protocolo. Siempre protocolo. Miro mis manos y, por un segundo, la imagen de los dedos largos de aquel hombre en la barra del club cruza mi mente. Manos que no juzgaban, manos que solo esperaban. Siento un calor repentino en las mejillas y me obligo a mirar un cuadro al óleo de un antepasado que parece juzgarme desde el siglo XIX.
—Alicia, me han dicho que el caso de los Smith se está alargando —dice mi padre, entrando en la habitación mientras se ajusta los gemelos de oro—. Espero que no estés perdiendo el toque. Un Vázquez no negocia desde la debilidad, un Vázquez dicta los términos.
—Está bajo control, papá. Solo estoy asegurándome de que no haya fisuras en el acuerdo prematrimonial.
—Más te vale. El éxito no es un destino, es un mantenimiento constante. Si te relajas un segundo, la mediocridad te devora.
La cena es un desfile de platos pequeños y conversaciones vacías. Hablan de acciones, de juntas directivas, de quién se ha divorciado y quién ha perdido su estatus. Yo asiento, mastico con elegancia y sonrío cuando toca. Soy la hija perfecta. Soy la inversión que salió bien. Pero por dentro, siento que algo se está rompiendo. La peluca roja guardada en mi armario se siente como una bomba de relojería.
—¿Te pasa algo? Estás distraída —pregunta mi madre, entornando los ojos.
—Solo estoy cansada, ha sido una semana larga en el bufete.
—El cansancio es para los que no tienen propósito —replica mi padre—. Mañana tienes la gala de la asociación. Quiero que lleves el vestido gris perla, el que te compramos en París. Te hace parecer profesional, pero accesible.
Asentí. Gris. Otra vez gris.
Cuando finalmente llego a mi apartamento, la soledad se siente como un alivio, pero también como un peso. Me quito los tacones y camino descalza hasta el baño. Me deshago del moño y sacudo la cabeza, dejando que mi cabello castaño caiga. Me miro al espejo y no veo a la abogada de éxito; veo a una mujer que está desapareciendo bajo capas de expectativas ajenas.
Abro el cajón donde guardé la caja de Elena. Toco la seda de la peluca roja. Es suave, casi eléctrica. Me pregunto si él volverá al club el próximo viernes. Me pregunto si su voz era real o si fue una alucinación causada por el whisky y la desesperación.
"No quiero saber quién eres", había dicho él.
Esa frase se repite en mi cabeza como un mantra. En un mundo donde todo el mundo quiere saber mi apellido, mi cargo y mi sueldo, un extraño me había ofrecido el regalo más grande: el anonimato. La posibilidad de ser nadie para poder serlo todo.
Me puse la peluca solo por un momento. El rojo contrastaba violentamente con mi pijama de seda blanca. Me veía ridícula y, al mismo tiempo, poderosa. Por primera vez en mi vida, sentí que tenía un secreto. Algo que mi padre no podía controlar, algo que mi madre no podía criticar.
La semana en la oficina fue un infierno de grisura. Cada llamada, cada correo, cada reunión me acercaba más al viernes. Me sorprendí a mí misma mirando el reloj cada diez minutos. Mi productividad no bajó —mi entrenamiento era demasiado fuerte para eso— pero mi mente estaba en otro lugar. Estaba en una habitación oscura, con olor a sándalo y una máscara de encaje sobre los ojos.
El viernes por la tarde, Elena pasó por mi despacho. Se apoyó en el marco de la puerta con esa sonrisa suya que siempre promete problemas.
—¿Y bien? ¿Sobreviviste a la primera noche o te asustaste de tu propia sombra carmesí? —preguntó bajando la voz.
—Fui —respondí, tratando de sonar indiferente.
—¿Y? No me digas que solo te tomaste un whisky y te fuiste a leer el código penal.
—Conocí a alguien.
Elena dio un saltito y cerró la puerta de mi despacho.
—¡Cuéntame todo! ¿Es guapo? ¿Cómo se llama?
—No lo sé. Esa es la regla, ¿no? No sé su nombre, no he visto su cara. Llevaba una máscara de cuero. Pero... su voz, Elena. Y su forma de estar ahí, sin presionar, pero ocupando todo el espacio.
—Eso se llama tensión sexual, querida Alicia. Y parece que te ha pegado fuerte. ¿Vas a volver?
Miré la pila de expedientes sobre mi mesa. Miré el cuadro minimalista en la pared que costó una fortuna y no me decía nada. Luego miré a mi amiga.
—No creo que pueda evitarlo. Siento que si no vuelvo, me voy a ahogar en este despacho.
—Esa es mi chica. Solo recuerda: no rompas las reglas. En el momento en que hay nombres, hay juicios. Y tú ya tienes suficientes juicios en tu vida de día.
Cuando Elena se fue, me quedé mirando por la ventana. El sol se estaba poniendo tras los rascacielos de la ciudad, tiñendo el cielo de un naranja que casi rozaba el rojo. El pulso se me aceleró.
Esta noche no habría gris perla. Esta noche no habría "Vázquez & Asociados". Esta noche, bajo la peluca roja y la máscara de encaje, Alicia volvería a morir para que yo pudiera empezar a respirar.
Me levanté, guardé los expedientes bajo llave y, por primera vez en mi carrera, salí de la oficina cinco minutos antes de la hora. El protocolo estaba muerto. El viernes acababa de empezar.