Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 13: La que no pidió permiso
El reloj no avanza.
O eso parece.
Cada segundo se queda suspendido en la pared, atrapado, como si tuviera miedo de seguir.
Como si supiera.
Como si entendiera que lo que está por pasar no debería pasar.
Pero va a pasar.
Es inevitable que pase.
La oficina está en silencio.
Un silencio limpio, ordenado, perfecto.
Pero.... falso, porque debajo…
Debajo hay ruido.
Hay voces, hay recuerdos, hay culpa.
Mis dedos descansan sobre el escritorio.
Pero no están quietos, nunca lo están.
Se mueven, lento,ritmico.
Como si contaran, como si midieran.
Como si calcularan cuánto falta.
Miro las fotos, no todas.
Solo algunas.
Solo las necesarias.
Mateo, valeria, ricardo, mariana, carla, elena. Luis.
Y ahora… La maestra.
Mi respiración se mantiene estable.
Entrenada, forzada, porque si la dejo ir…
Si pierdo el control…vuelvo.
Y no puedo volver.
No todavía.
No cuando estoy tan cerca.
Cierro los ojos, error.
vuelve la voz en mi cabeza.
— Mami… no quiero ir hoy…
Su voz aparece, pequeña, débil, rota.
— Solo es un día más.
Mi voz responde, automática, vacía, mentira.
— No me gusta esa escuela.
Silencio.... Ese silencio.
Ahora es mio, lo que no dije, lo que no hice.
Lo que la dejó sola, aprieto los dedos, fuerte.
Hasta que duele.
Hasta que siento algo real.
Abro los ojos de golpe.
— Sí... para.
Susurro.
Pero no es verdad.
Nunca paran.
Un golpe en la puerta.
Seco y directo.
No espera permiso.
Nunca lo hace, es la jefa.
— Licenciada… necesito hablar con usted.
La voz entra antes que ella.
Firme, controlada, con autoridad.
Levanto la mirada, ahí está.
La directora, de pie, recta, observando.
Como si pudiera ver más de lo que debería.
— Pase.
Mi voz sale perfecta.
Sin grietas.
Sin historia.
Ella entra.
Cierra la puerta.
No suave.
No casual.
Con intención.
Con peso.
Camina.
Lento.
Sus ojos recorren todo.
Las paredes.
Los archivos.
El escritorio.
Se detiene apenas.
Un segundo.
Donde no debe.
Donde casi está todo.
Pero no, Aún no.
— La mandé a buscar hace rato.
Silencio.
Sonrío leve.
— Estaba ocupada.
Mentira.
Solo la evitó.
Ella no responde con una sonrisa.
Está furiosa será que descubrió algo.
— ¿Ocupada… en qué exactamente?
Ahí está, no pregunta.
Evalúa, duda, mide.
Me recuesto en la silla.
Cruzo las manos.
La observo.
— En lo que usted misma me pidió.
Pausa.
Sostengo su mirada.
— Investigar.
El aire cambia.
Sutil.
Pero cambia.
Ella se acerca.
Apoya las manos en el escritorio.
Demasiado cerca.
Demasiado directa.
Habla, con rectitud.
— Eso es justamente lo que me preocupa.
Un silencio pesado.
— Porque no veo resultados.
La observo, sin parpadear.
— Han pasado varias muertes.
Continúa.
— Estudiantes.
Baja la voz.
— Y una maestra.
Pausa.
— Y usted… no me ha entregado nada.
Inclino la cabeza.
Como si pensara.
— Las cosas no siempre son tan rápidas.
Ella niega.
— No.
Se endereza.
— Cuando alguien sabe lo que hace…
Pausa.
— …sí lo son.
Silencio.
Juego.
Esto es un juego.
Y ella acaba de mover.
— ¿Está insinuando algo?
Mi voz es suave.
Pero no débil.
Ella camina, observa, busca.
— La traje aquí porque necesitaba a alguien externo.
Se detiene detrás de mí, siento su mirada.
— Alguien sin vínculos.
Pausa.
— Alguien que pudiera ver lo que nosotros no.
Se inclina.
Cerca.
— Pero usted…
Silencio.
— Está viendo demasiado.
Ahí está, la grieta.
Cierro los ojos un segundo.
— Mami…
La escucho.
Siempre.
Abro los ojos.
— Ese es mi trabajo.
Respondo.
Calmada.
Ella rodea el escritorio.
Se coloca frente a mí.
— Su trabajo es ayudar.
Pausa.
— No quedarse callada.
Sonrío.
Lento.
— A veces…
Me inclino hacia adelante.
— …callar es necesario para entender.
Silencio.
Nos miramos.
Directo.
Sin máscaras.
Y en ese momento…
Lo sé.
Empieza a sospechar.
Pero no entiende.
No completamente.
— Voy a ser clara.
Dice.
Firme.
— Si en las próximas horas no tengo un informe…
Pausa.
— Voy a tomar otras medidas.
Interno…
Sonrío.
Porque ya está en la lista.
— ¿Me está amenazando?
— Estoy protegiendo esta escuela.
Error.
Grave.
Mi pulso sube.
Pero por dentro.
— Qué irónico.
Susurro.
— ¿Perdón?
— Nada.
Silencio.
Entonces…
La observo.
Y decido.
— Tengo algo.
Digo.
Su atención cambia.
— ¿Algo?
Asiento.
Me levanto.
Camino al cajón.
Saco el sobre.
Blanco.
Simple.
Perfecto.
Lo coloco entre las dos.
— Evidencia.
Ella lo mira.
— ¿Por qué no me lo había entregado?
— Porque necesitaba estar segura.
Pausa.
— Ahora lo estoy.
Silencio.
— Ábralo.
Ella duda.
Un segundo.
Solo uno.
Pero lo hace.
Rompe el borde.
Lo abre.
Dentro…
No hay documentos.
No hay fotos.
Solo un contenido fino.
Extraño.
Casi invisible.
— ¿Qué es esto…?
Inclina el sobre.
El polvo se mueve.
Se libera apenas.
Y ella respira.
Instinto.
Error.
Parpadea.
Una vez.
Dos.
Frunce el ceño.
— No… entiendo…
Da un paso atrás.
Su respiración cambia.
Leve.
Pero suficiente.
La observo.
Sin moverme.
— Claro que entiende.
Su mano tiembla.
— Yo… no…
Camino hacia ella.
Despacio.
— Usted estaba ahí.
Pausa.
— Usted vio.
— Usted escuchó.
— Y no hizo nada.
Su respiración se corta.
- ¿De qué me habla? No entiendo.
Le digo.
- Mi hija, era su responsabilidad, que estuviera bien.
— Yo no era responsable…
Me río, bajo, frío.
— Exacto.
- Pero y si hubiera sido tu hija, que hubieras hecho, no era tu responsabilidad, eso no fue lo que dijiste el día que la inscribí.
Silencio.
— Ese fue el problema, tu falta de interés por el vienestar de tus alumnos.
Ella cae en la silla.
El aire le pesa.
— ¿Qué… me hizo…?
- Que puedo hacer para remediar mi error.
La pregunta.
Tarde.
Muy tarde.
Me inclino.
La miro.
Directo.
Sin máscara.
- Nada o Acaso puedes traer mi hija, no ¿verdad ?
— Soy la madre de una niña que usted dejó morir.
- Por irresponsable, acaso eso tiene solución. No
- Ya.. no
El impacto es inmediato.
— No…
— Sí.
— La que pidió ayuda.
— La que lloró.
— La que usted ignoró.
Sus ojos cambian.
Miedo.
Por fin.
— Perdón…
La palabra cae.
Vacía.
Inútil.
Cierro los ojos.
— Mami…
Su voz.
Siempre.
Abro los ojos.
— Muy tarde.
El silencio se vuelve definitivo.
Ella intenta hablar.
Pero ya no puede.
No como antes.
Y poco a poco…
Se apaga.
Sin ruido.
Sin ayuda.
Como ella hizo.
Me quedo ahí.
Respirando.
Sintiendo.
No hay alivio.
No hay paz.
Solo algo más oscuro.
Más profundo.
Más real.
— Uno más.
Susurro.
Ordeno todo.
El sobre.
El escritorio.
Todo limpio.
Todo perfecto.
Como debe ser.
Antes de salir…
La miro.
— Si supiera…
Mi voz cambia.
Más real.
Más mía.
— Si supiera que ni psicóloga soy…
Sonrío.
— …soy una simple madre.
Pausa.
— Una madre en busca de venganza.
Mi mirada se endurece.
— Con sed de venganza.
Por un momento pienso, yo no soy así, que me pasa, de donde nació esta sed de venganza, esa voz vuelve
- Lo haces por mi mamá
- Debes terminal lo que empezaste.
Silencio.
Algo cambió en mi, mi yo de antes.
— No estaría tan tranquila.
Pero esta nueva versión de mi.... me esta empezando a gustar.
Salgo.
Cierro la puerta, como si nada pasará, la dejo ay.
El pasillo está oscuro, vacío.
Pero no lo está, nunca lo está.
Camino, lento, seguro.
Y mientras avanzo…
Solo pienso en una cosa.
— Ahora sí…
Susurro.
— Empieza el juego......