Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Primera Misión — 2
El Rey, un hombre corpulento con una barba gris bien cuidada y ojos penetrantes, me observó desde su trono. Su rostro estaba marcado por la fatiga y la autoridad, y su ceño fruncido habitual se acentuó al verme.
Me acerqué al estrado con pasos medidos, sintiendo el peso de cada mirada sobre mí. Al llegar frente al Rey, hice una reverencia profunda, más respetuosa de lo que la Aurelia original solía ofrecer.
—Padre —dije, mi voz clara y resonante, pero desprovista de la petulancia que él solía esperar. —Me presento ante usted como ha solicitado.
El Rey me estudió, sus ojos escudriñando cada detalle de mi persona. La ausencia de joyas ostentosas, mi atuendo sobrio, mi compostura… todo debía ser una sorpresa para él.
—Aurelia —dijo finalmente, su voz era grave. —Tus acciones de anoche… han vuelto a causar revuelo. La Princesa Elara está consternada.
Una ola de recuerdos de Aurelia me invadió: las palabras hirientes que había lanzado, la burla, el intento de avergonzar a Elara. Una parte de mí sintió la quemadura de la vergüenza, no mía, sino la de Aurelia.
—Reconozco que mis palabras fueron imprudentes, Padre —dije, elevando la mirada para encontrar la suya. No había súplica en mi voz, solo una honestidad calmada. —Y por ello, pido disculpas. No solo a usted, sino también a la Princesa Elara. Mi intención no era causar consternación, sino… —Me detuve, buscando la palabra adecuada. —…sino expresar mi frustración por ciertas dinámicas que, creo, no benefician a la corte. Sin embargo, lo hice de una manera que fue inapropiada.
Un murmullo recorrió la corte. ¿Aurelia pidiendo disculpas? ¿Aurelia reconociendo imprudencia? Esto era inaudito. Vi a Sebastián, cuya expresión había pasado de la sorpresa a una curiosidad cautelosa.
El Rey pareció desconcertado. Se reclinó en su trono, sus ojos sin dejar los míos.
—¿Frustración? ¿De qué hablas, hija? Siempre pareces empeñada en crear problemas donde no los hay.
—No es mi intención crear problemas, Padre —respondí, mi voz manteniendo la calma. —Pero la corte, bajo la superficie de la gracia y el decoro, está llena de tensiones. Mi propia forma de abordar esas tensiones ha sido… errónea. Deseo aprender a canalizar mi energía de una manera más constructiva para el reino.
Esto era audaz. Admitir un error, pero también insinuar que había un problema más grande en la corte que ella quería abordar. Me estaba arriesgando, pero el Sistema había mencionado "sabiduría" y "competencia en asuntos de estado".
El Rey se quedó en silencio, observándome intensamente. Parecía sopesar mis palabras, buscando la trampa, el doble sentido, la manipulación que solía esconderse detrás de los discursos de Aurelia.
—¿Y qué propones, Aurelia? —preguntó finalmente, un atisbo de algo que podría ser interés, o quizás escepticismo, en su voz.
—Propongo dedicarme a entender mejor las necesidades del reino y a encontrar formas de contribuir de manera significativa. Quizás, si me permite, me gustaría asistir a las reuniones del Consejo de Hacienda, o del Consejo de Asuntos Externos. Creo que mi… perspectiva podría ser útil. Y si mi comportamiento es un reflejo de mi frustración, quizás si se me da un propósito más allá de las frivolidades de la corte, pueda demostrar mi lealtad y mi valía.
Otro murmullo, más fuerte esta vez, recorrió la sala. La Aurelia original jamás se había interesado en los asuntos de estado. Esto era una ruptura total con su personaje. Vi a algunos cortesanos intercambiar miradas de asombro, mientras otros, los aliados de la Aurelia original, parecían consternados o confundidos. Sebastián me miraba con una intensidad que no pude descifrar.
El Rey se puso una mano en la barbilla, meditando. La propuesta de Aurelia de involucrarse en el gobierno era tan inesperada que lo había dejado descolocado. Era una jugada arriesgada, pero tenía que demostrar que estaba cambiando, que no era solo una marioneta de su ego y sus celos.
—Esto es… inesperado, Aurelia —dijo el Rey. —Nunca antes habías mostrado interés en tales asuntos.
—Es cierto, Padre —admití, con un tono de voz que proyectaba una especie de arrepentimiento maduro, no el lamento teatral de la Aurelia original. —Mis prioridades han sido… equivocadas. Pero las lecciones se aprenden, a veces, de la manera más difícil. Pido la oportunidad de demostrar que puedo ser más que una fuente de… distracciones.
El Rey suspiró, un sonido pesado que resonó en la sala.
—Muy bien, Aurelia. Asiste a la próxima reunión del Consejo de Hacienda. Pero no esperes que te tomen en serio de inmediato. Tendrás que ganarte su respeto. Y el mío.
—Lo entiendo, Padre —respondí, haciendo otra reverencia, esta vez con una genuina sensación de alivio y una chispa de esperanza. Era un primer paso. Un pequeño avance en la misión.
Mientras me retiraba de la sala del trono, sentí las miradas de todos los presentes. No eran las miradas de desprecio de antes. Ahora había intriga, confusión, un atisbo de respeto. Había sembrado la semilla de la duda en sus mentes sobre quién era realmente Aurelia. Era un progreso.
La primera misión fue simple en la superficie: volver a conquistar aquello que había perdido por arrogancia.