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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 16

​El dormitorio principal era una extensión de la psique de Alan: vasto, de techos altos y decorado en una paleta de grises carbón y maderas oscuras que absorbían la luz. La cama, una estructura imponente de líneas rectas, parecía más un altar de sacrificio que un lugar de descanso. Al fondo, un ventanal de suelo a techo ofrecía una vista panorámica de la ciudad, pero esa noche, el reflejo en el cristal solo mostraba la tensión que estaba a punto de estallar.

​Madelyn ya se había despojado de los restos de su vestido de novia. Ahora vestía una lencería de seda negra, tan oscura y minimalista como su estado de ánimo. Se encontraba frente al tocador, quitándose los pendientes de diamantes con movimientos bruscos, casi violentos. Cada vez que el metal chocaba contra la superficie de mármol, el sonido resonaba como un disparo seco.

​Alan entró en la habitación cerrando la puerta con un clic definitivo. Se había quitado la chaqueta y la corbata; los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, revelando la tensión en los tendones de su cuello. Se detuvo en el centro del cuarto, observándola a través del espejo.

​—El sistema de seguridad está activado —dijo él, su voz era un murmullo profundo que llenaba el espacio—. Nadie entra, nadie sale. Estamos finalmente solos, Madelyn.

​—"Solos" es una palabra generosa, Alan —replicó ella, girándose para enfrentarlo. Sus ojos brillaban con una furia fría—. Estamos atrapados. Tú en tu obsesión y yo en esta farsa que llamas matrimonio.

​Alan caminó hacia ella con una lentitud calculada. Cada paso era una invasión de territorio. Se detuvo a menos de un metro, obligándola a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada. El aire entre ellos era denso, cargado con el aroma del whisky que él había bebido y el perfume de azahar de ella que empezaba a desvanecerse.

​—No es una farsa —sentenció Alan, extendiendo la mano para atrapar un mechón de su cabello oscuro. Madelyn no retrocedió, pero sus músculos se tensaron como cuerdas de piano—. Es un hecho legal y físico. Eres mi esposa. Y en esta habitación, mi autoridad no se discute. He pasado semanas permitiendo tus desplantes y tus juegos de escape, pero aquí dentro, las reglas cambian.

​—Tus reglas no significan nada para mí —escupió Madelyn, apartando la mano de él con un manotazo—. Puedes haber comprado mi apellido, pero no has comprado mi obediencia. Si crees que voy a tumbarme y aceptar tu dominio solo porque un sacerdote dijo un par de frases en latín, es que eres más estúpido de lo que pensaba.

​Alan apretó la mandíbula. La resistencia de Madelyn, que inicialmente le resultaba fascinante, empezaba a rozar el límite de su paciencia. La tomó por los brazos, no con delicadeza, sino con la fuerza de un hombre acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. La empujó suavemente hacia atrás hasta que sus muslos chocaron contra el borde de la cama.

​—Aprenderás, Madelyn —siseó Alan, inclinándose sobre ella hasta que sus rostros quedaron a milímetros de distancia—. Aprenderás que en este imperio, yo soy el principio y el fin. No busco tu amor, busco tu lealtad absoluta. Y si tengo que romper cada una de tus defensas para conseguirla, lo haré.

​—Inténtalo —desafió ella, con la respiración agitada golpeando los labios de él—. Romper cosas es lo único que sabes hacer, Alan. Pero yo no soy uno de tus edificios de cristal. Yo muerdo.

​Alan la empujó contra los cojines, una mano presionando firmemente sobre su hombro para mantenerla allí. Fue un gesto de puro poder, una reclamación de espacio. Pero en el momento en que él se dispuso a decir algo más, el cuerpo de Madelyn se movió con una rapidez sobrenatural.

​En un parpadeo, su mano se deslizó bajo la almohada de seda. El sonido metálico de un percutor siendo amartillado llenó la habitación, cortando la atmósfera como un tajo.

​Alan se congeló. El cañón frío y negro de una Glock 19 compacta estaba presionado firmemente contra su barbilla, justo en el hueco donde se sentía el pulso acelerado de su yugular.

​—Un paso más, Alan —susurró Madelyn, y su voz era tan tranquila que resultaba aterradora—, y decoraré tu precioso techo de diseño con tus sesos matemáticos.

​Alan no retrocedió. Sus ojos se clavaron en los de ella, buscando un rastro de duda, pero solo encontró la determinación de una mujer que ya ha matado antes y no tiene miedo de volver a hacerlo. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y cargada de una admiración enferma, apareció en el rostro de Alan.

​—¿Un arma bajo la almohada en nuestra noche de bodas? —preguntó él, su voz sin rastro de miedo—. Tienes estilo, Madelyn. Pero debes saber que mis hombres registrarán esta habitación cada mañana. No puedes esconderte para siempre.

​—No me estoy escondiendo —replicó ella, presionando el cañón un poco más fuerte, obligando a Alan a levantar ligeramente la cabeza—. Te estoy marcando el límite. Tú hablas de autoridad, de posesión y de reglas. Yo hablo de supervivencia. Tener mi ubicación no te sirve de nada si estás muerto, ¿verdad?

​Alan sintió el metal frío contra su piel, una sensación que en cualquier otro hombre habría provocado terror, pero en él solo alimentaba el fuego de su obsesión. Lentamente, extendió su propia mano y rodeó la muñeca de Madelyn, la que sostenía el arma. No intentó quitársela; solo quería sentir el pulso de ella. Estaba rápido, vibrante, lleno de vida y odio.

​—Podrías disparar —dijo Alan—. Podrías terminar con esto ahora mismo. Pero no lo harás. No porque me tengas miedo, sino porque me necesitas. Necesitas mi dinero, mi inteligencia y mi ejército para llegar a los que mataron a tu madre. Sin mí, solo eres una huérfana con sed de sangre. Conmigo, eres la reina de un imperio que puede arrasar con todo.

​Madelyn sostuvo el arma con firmeza, pero las palabras de Alan impactaron en el centro de su resolución. Él tenía razón, y eso era lo que más le dolía.

​—Eres un monstruo, Alan Valerius —dijo ella, con los ojos brillando de rabia contenida.

​—Soy tu monstruo —corrigió él—. Y tú eres la mía.

​Alan, con un movimiento lento y deliberado, se apartó del cañón del arma. Se levantó de la cama, ajustándose la camisa como si nada hubiera pasado, mientras ella permanecía sentada, aún apuntándole.

​—Duerme con el arma si eso te hace sentir segura —dijo Alan, caminando hacia el otro lado de la cama—. Pero recuerda que compartimos el mismo espacio. Y en la oscuridad, las armas no siempre son la defensa más eficaz.

​Alan se sentó en el borde del colchón y empezó a descalzarse con una calma insultante. Madelyn bajó el arma lentamente, pero no soltó el agarre. El peso del metal en su mano era lo único que la hacía sentir que todavía tenía algo de control en ese santuario de sombras.

​—Esta no es la noche que esperabas, ¿verdad, Alan? —preguntó ella, observando su espalda ancha y tensa.

​Alan se giró para mirarla por encima del hombro. La luz de la luna bañaba la habitación, dándole un aspecto espectral.

​—Es exactamente la noche que imaginé —respondió él—. Sabía que intentarías matarme. Lo que no sabía es que me gustaría tanto el desafío.

​Madelyn guardó el arma de nuevo bajo la almohada, pero mantuvo su mano cerca. Se acostó en el extremo opuesto de la cama, lo más lejos posible de él, sintiendo el frío de las sábanas de seda que pronto se calentarían con el conflicto de sus cuerpos cercanos pero distantes.

​La primera noche en la mansión Valerius no trajo el descanso, sino una vigilia armada. Alan observaba el techo, escuchando la respiración de la mujer que acababa de apuntarle a la cabeza, sintiendo una satisfacción oscura. Madelyn miraba hacia el ventanal, trazando planes de escape y venganza, sabiendo que el hombre a su lado era el carcelero más peligroso que jamás había conocido.

​La guerra de voluntades había escalado a un punto sin retorno. No había amor en esa cama, solo el reconocimiento de dos depredadores que sabían que, a partir de ahora, cada aliento compartido sería un acto de traición.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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