"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 16
El eco de la victoria sobre los Del Valle aún vibraba en las paredes de la oficina, pero para Thiago Nova, el triunfo tenía un sabor extraño, casi amargo. El "Diablo de Hielo" estaba experimentando una sensación que no sentía desde que su imperio era solo un boceto: vulnerabilidad.
Se quedó de pie frente al gran ventanal, observando cómo Yaneth terminaba una llamada con el bufete de abogados. La forma en que ella hablaba, la firmeza con la que daba instrucciones sobre los embargos y la frialdad con la que firmaba documentos sin que le temblara el pulso, le resultaba fascinante... y aterradora. Antes, ella era un refugio, alguien a quien él podía rescatar. Ahora, Yaneth era una fuerza de la naturaleza que se rescataba a sí misma.
—Sandra —llamó Thiago por el intercomunicador, con la voz un poco más tensa de lo habitual—. ¿Qué tiene la señora Nova en su agenda para la tarde?
—Tiene una reunión con los proveedores de seda y luego... —Sandra hizo una pausa, confundida—... bueno, tiene una sesión de entrenamiento personalizada y después irá a cenar con el joven Fabián.
Thiago apretó la mandíbula. ¿Cenar con Fabián? ¿Sin consultarle? Sabía que no tenían un matrimonio real, pero la idea de que ella hiciera planes ignorando su existencia le quemaba.
—Cancela mi junta de las cuatro —ordenó Thiago de pronto—. Y dile a Yaneth que... que necesito su opinión técnica sobre unos balances. En mi oficina. Ahora.
Cuando Yaneth entró diez minutos después, no lo hizo con la cabeza gacha. Entró con el paso de una soberana. El traje sastre que llevaba marcaba su nueva silueta, pero era su mirada lo que realmente había cambiado.
—¿Me necesitabas? —preguntó ella, apoyando las manos en el escritorio de él.
Thiago se quedó mudo por un segundo. Se había pasado diez minutos ensayando una excusa y ahora se sentía como un principiante.
—Sí. Estos balances de la textilera... no me convencen. Quería ver qué opinas tú.
Yaneth frunció el ceño, se acercó y miró la pantalla.
—Thiago, estos son los mismos balances que aprobaste ayer. Están perfectos.
Él carraspeó, sintiendo un calor inusual en el cuello.
—Bueno, quizá los revisé muy rápido. Y... —hizo una pausa larga, buscando algo que decir—. También quería saber cómo va el moretón de tu brazo. He pedido que traigan una pomada especial de Francia, llega mañana.
Yaneth lo miró sorprendida. El Thiago que ella conocía no se fijaba en pomadas.
—Estoy bien, Thiago. Ya casi ni duele. Gracias por... preocuparte.
En ese momento, la puerta se abrió con la sutileza de una patada de karateca. Fabián entró con tres bolsas de marcas exclusivas y un sombrero que desafiaba las leyes de la gravedad.
—¡Permiso, permiso! ¡Llegó la alegría de este mausoleo! —gritó Fabián, lanzando una de las bolsas sobre el sofá de cuero de Thiago—. ¡Niño rico! ¡Deja de acosar a mi amiga con balances inventados, que tengo ojos de lince y te vi la cara de desesperado desde el pasillo!
—Fabián, estamos trabajando —dijo Thiago, recuperando su tono gélido, aunque por dentro quería que la tierra se lo tragara.
—¡Ay, por favor! —Fabián se acercó a Thiago y le ajustó el nudo de la corbata con un tirón—. Estás más transparente que un ventanal recién limpio, hielito. Estás haciendo "atenciones de marido arrepentido" y te salen fatal. ¿Pomada de Francia? ¡Hijo, por Dios! Eso es tan del siglo pasado. Si quieres compensar que tu familia política son unos trogloditas, llévala a las Maldivas o cómprale un edificio, no una crema de farmacia.
—No es asunto tuyo —gruñó Thiago.
—Es absolutamente mi asunto porque Yaneth es mi proyecto estrella —Fabián se volvió hacia Yaneth y le guiñó un ojo—. Nena, prepárate. He reservado en ese lugar de sushi que odia Thiago porque es "demasiado ruidoso". Nos vamos a poner hasta arriba de salmón y vamos a brindar por la ruina de tus padres.
—De hecho —intervino Thiago, poniéndose de pie y rodeando el escritorio con una urgencia que no pudo ocultar—, pensaba que Yaneth y yo podíamos cenar juntos. Tengo que... discutir temas de la mansión. Seguridad nueva. Cosas importantes.
Yaneth miró a su esposo. Vio la torpeza en sus gestos, la forma en que evitaba mirarla a los ojos directamente mientras intentaba "ordenar" una cena que claramente era una invitación disfrazada. Le dio ternura, pero también le gustó verlo así: descolocado.
—¿Cosas importantes de seguridad? —preguntó Yaneth con una sonrisa juguetona—. ¿O simplemente no quieres que Fabián me cuente chismes mientras como sushi?
—¡Es un posesivo! —chilló Fabián—. ¡Míralo! ¡Tiene miedo de que la reina se dé cuenta de que puede brillar sin el iceberg al lado! Thiago, nene, te estás haciendo pis de los nervios porque ella ya no te mira como si fueras el salvador del mundo, sino como a un hombre con el que tiene un contrato. ¡Y eso te duele en el ego de CEO!
Thiago ignoró a Fabián y dio un paso hacia Yaneth, invadiendo su espacio personal. El aire se volvió espeso, cargado de esa electricidad que siempre estallaba cuando estaban a menos de medio metro.
—No es el ego, Yaneth —susurró él, ignorando que Fabián estaba ahí mirando con una bolsa de palomitas imaginaria—. Es que... después de lo de ayer... me di cuenta de que no soporto estar en una habitación si tú no estás en ella.
El silencio que siguió fue épico. Fabián se llevó las manos a las mejillas.
—¡Ay, mi madre! ¡El hielo se rompió y nos vamos a inundar todos! ¡Llamen a los bomberos que este hombre acaba de declarar el estado de emergencia emocional!
Yaneth sintió que su corazón daba un vuelco. Ver a Thiago Nova, el hombre que hacía temblar a los directores de bancos, admitiendo que la necesitaba, era la victoria más dulce de todas. Mucho más que el dinero o la venganza.
—Está bien, Thiago —dijo ella suavemente—. Fabián, ¿te importa si dejamos el sushi para mañana? Creo que tengo que atender estos "temas de seguridad" con mi marido.
—¡Váyanse, váyanse! —Fabián los echó con las manos—. ¡Yo me llevo las bolsas y le digo a Sandra que no los interrumpa ni aunque se queme el edificio! Pero Thiago... —Fabián lo señaló con el dedo—, si la haces llorar o vuelves a ponerte en modo "refrigerador industrial", te juro que le presento a mi primo el modelo de Calvin Klein. Estás advertido.
Thiago no respondió. Tomó la mano de Yaneth —esta vez sin pedir permiso— y la guio fuera de la oficina. Caminaba erguido, pero Yaneth podía sentir el calor de su palma y el ligero temblor de sus dedos. El Diablo tenía miedo, sí. Miedo de que ella fuera demasiado para él. Miedo de que su corazón, que creía muerto, estuviera latiendo de nuevo por una mujer que ya no necesitaba ser salvada, sino amada.
Y mientras caminaban hacia el ascensor bajo la mirada atónita de los empleados, Yaneth supo que la verdadera batalla no era contra sus padres. La verdadera batalla era derretir el último bloque de hielo que protegía el alma de Thiago. Y ella tenía toda la intención de ganar.