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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 7: Las manos rotas

Pasó la primera noche sola y el sol empezó a entrar por los grandes ventanales. No pegué el ojo. Me dolía tanto el cuerpo que prefería estar sentada en una silla antes que acostada, porque al tratar de moverme en la cama sentía que los golpes de Ricardo me quemaban la piel.

Apenas amaneció, me levanté para seguir limpiando. Ricardo volvía mañana y la casa todavía no brillaba como él quería. Tenía las manos rojas y llenas de pequeñas cortadas por el cloro y el jabón. Mis uñas, que antes estaban bien cuidadas, ahora estaban rotas de tanto fregar el mármol.

—Tengo hambre —escuché la voz de Bianca detrás de mí.

Me asusté tanto que solté el trapo. En esta casa, cualquier ruido fuerte me hacía saltar el corazón. Me giré y vi a la niña mirándome. Yo estaba sudada, con el pelo sucio y la cara cada vez más morada por el golpe del puño de Ricardo.

—Ya voy, Bianca. Te haré algo de comer —dije, tratando de no quejarme al ponerme de pie.

Fui a la cocina. Mis piernas temblaban. Traté de encender la estufa para hacerle un huevo, pero mis dedos no tenían fuerza para girar la perilla. Me dolió tanto la muñeca que solté un gemido.

—Déjame ayudarte —dijo Bianca. Ella se acercó y, con sus manos pequeñas, giró la perilla.

Me quedé mirando a la niña. Era tan pequeña y ya sabía cómo funcionaba todo porque nadie la cuidaba de verdad. Me sentí triste por ella, pero el miedo a su padre era más grande.

—Gracias, pequeña —le dije.

Después de que ella desayunó, me puse a limpiar los vidrios gigantes del salón. Tenía que subirme a una escalera pequeña. Al estirar el brazo para limpiar la parte de arriba, sentí un tirón horrible en las costillas. Se me fue el aire y el mundo me dio vueltas. Me bajé rápido antes de caerme.

—Te vas a desmayar —dijo Bianca desde el sofá, mientras abrazaba a su conejo de peluche.

—No puedo, Bianca. Si tu papá llega y ve esto sucio, se va a enojar conmigo.

—Papá siempre se enoja —respondió ella—. Pero a ti te tiene miedo.

—¿Miedo? ¿A mí? —pregunté sin entender.

—Sí. Dice que eres como un cristal fino. Que si te rompe muy rápido, ya no tendrá nada con qué jugar.

Sus palabras me dieron asco. Ricardo no me veía como una mujer, sino como un juguete que quería romper poco a poco.

Pasé el resto del día limpiando los baños y las habitaciones vacías. Me dolía tanto la espalda que terminé llorando en silencio mientras fregaba una tina. El jabón me entró en la herida del labio y me ardió como fuego.

Al llegar la tarde, ya no podía más. Me senté en el piso de la cocina para descansar un minuto y me quedé dormida ahí mismo, con el trapo sucio en la mano. Me despertó el ruido de algo cayendo.

Me levanté de un salto, con el corazón en la boca. Bianca se había subido a un mueble para alcanzar un juguete y se había caído. No lloraba, pero se estaba revisando la rodilla.

Corrí hacia ella como pude, olvidando mi propio dolor. El miedo me dejó fría.

—¿Estás bien? ¿Te cortaste? ¡Dime que no tienes sangre! —le grité, desesperada, revisándole las piernas.

Si Bianca tenía un rasguño, yo estaba muerta. Ricardo lo había dicho claro. La revisé mil veces hasta que vi que solo era un golpe pequeño, sin sangre. Respiré hondo, sintiendo que me iba a dar un ataque de nervios.

—No le digas a tu papá que te caíste, por favor —le supliqué, agarrándola de los hombros—. Bianca, prométemelo. Si él se entera, me va a lastimar otra vez.

La niña me miró con esos ojos oscuros, igualitos a los del hombre que me tenía presa.

—Está bien —dijo ella—. Pero mañana tienes que hacerme galletas.

Asentí con la cabeza, aunque no sabía si mis manos aguantarían un día más de trabajo. Ricardo volvía mañana. La casa estaba limpia, la niña estaba a salvo, pero yo sentía que me estaba muriendo por dentro. Solo quería que este infierno terminara, pero sabía que cuando él cruzara esa puerta, el verdadero dolor iba a empezar otra vez.

La noche cayó y el silencio de la mansión se volvió más pesado. Estaba tan cansada que mis ojos se cerraban solos, pero no me permitía dormir. Me puse a caminar por los pasillos con una linterna pequeña, revisando cada rincón. Tenía miedo de que hubiera polvo en los muebles o de que Bianca se despertara y no me encontrara.

Me dolía la espalda de una forma que nunca había sentido. Los golpes que Ricardo me dio en la noche de bodas se sentían como si tuviera brasas calientes debajo de la piel. Cada vez que respiraba hondo, me ardía el pecho.

—Anaís... tengo miedo —escuché un susurró.

Era Bianca. Estaba parada en la puerta de su cuarto, arrastrando su cobija. La casa estaba tan oscura y vacía que hasta a ella le daba miedo.

—Ven, pequeña. Duerme conmigo —le dije.

Fuimos a mi cuarto. Al acostarme, solté un gemido de dolor que no pude aguantar. Sentí que los músculos se me partían. Bianca se acostó a mi lado y se quedó mirándome los brazos. Tenía las marcas de los dedos de Ricardo bien dibujadas en mi piel, ahora de un color verde oscuro.

—Papá es muy fuerte —dijo ella tocando una de mis marcas—. A veces aprieta mucho.

—Sí, Bianca. Muy fuerte —respondí, cerrando los ojos para que no me viera llorar.

Me quedé dormida por unas horas, pero tuve pesadillas. Soñaba con el puño de Ricardo viniendo hacia mi cara y con el sonido de su voz diciéndome que yo era suya. Me desperté bañada en sudor y con el corazón a mil por hora.

Eran las cuatro de la mañana. Me levanté como pude, con el cuerpo rígido como una piedra. Fui al baño y me miré al espejo. Mi cara daba miedo. El morado del pómulo me bajaba hasta la mejilla y tenía los ojos rojos de no dormir.

—Hoy vuelve —me dije a mí misma frente al espejo—. Tiene que estar todo perfecto.

Empecé a limpiar la cocina otra vez. Saqué brillo a los platos y acomodé cada silla en su lugar exacto. Me dolían las manos; el jabón había hecho que la piel se me pusiera roja y sensible. Tenía miedo de que él llegara y pasara el dedo por algún mueble y encontrara algo sucio.

Hice las galletas que Bianca me pidió. Me costó mucho amasar porque mis muñecas me fallaban, pero el miedo a que ella le dijera a su padre que no la obedecí me daba fuerzas de donde no tenía. El olor a galletas llenó la cocina, pero a mí me daba asco la comida. Tenía el estómago cerrado por los nervios.

A las ocho de la mañana, ya tenía a Bianca bañada y vestida. Yo me puse un vestido de cuello alto para tapar las marcas del cuello y me eché mucho polvo en la cara para esconder el golpe, aunque me dolía mucho tocarme la piel.

—¿Crees que papá se dé cuenta de que limpiaste todo? —preguntó Bianca mientras comía una galleta.

—Eso espero, Bianca. Eso espero.

Escuché el sonido de un motor a lo lejos. El corazón se me detuvo. Mis manos empezaron a temblar tanto que tuve que esconderlas detrás de mi espalda. Los dos días se habían terminado.

El portón de hierro se abrió. El coche negro de Ricardo entró despacio por el camino. Me quedé parada en la entrada, tiesa como una estatua, sintiendo que me iba a desmayar del terror. Sabía que en pocos minutos él entraría, me miraría de arriba abajo y empezaría a juzgar si yo había servido para algo o si merecía otro castigo.

El coche se detuvo frente a la puerta. Mi pesadilla acababa de regresar a casa.

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Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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