"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 1: BARRO Y SANGRE
Recuerdo el olor a tierra mojada. Era un día lluvioso, de esos donde el cielo parece no tener fin. Cuando finalmente escampó, el jardín quedó transformado en un campo de espejos de agua.
—¡Mami! ¿Puedo salir a jugar? —pregunté con esa ansiedad que solo se tiene a los cinco años.
—No te vayas a meter en el barro, Lunita —me advirtió ella con esa voz dulce que todavía resuena en mis sueños.
Mentí. Salí corriendo, abrí la puerta y me lancé al patio como si la libertad fuera un charco de lodo. Brinqué, salté y sentí el barro frío colarse entre mis dedos. Desobedecer era mi primer pequeño acto de rebeldía, una travesura inocente que me hacía estallar en risas mientras el sol empezaba a caer.
—¡Luna! Ven a bañarte, ya es hora de cenar —gritó mamá desde la puerta.
—¡Voy, mami! ¡Ya voy!
Entré corriendo, dejando un rastro de huellas oscuras por toda la casa. Mamá me miró, fingiendo un enojo que sus ojos no podían sostener.
—¡Te dije que no te metieras en el lodo! Corre a bañarte, estás empapada.
Corrí al baño muerta de risa. Me quité la ropa pesada por el agua y me bañé, disfrutando del calor del agua contra mi piel. Cuando salí, el aroma de su sopa de verduras inundaba la cocina. Era mi comida favorita porque ella la hacía con amor, el único ingrediente que hoy ya no reconozco en ninguna mesa.
—Gracias, mami —dije, sentándome frente al plato humeante.
Ella comía conmigo, contándome cuentos. El de los tres cerditos era mi debilidad. Me encantaba verla gesticular, ver su sonrisa mientras me hablaba del lobo. Después, me llevaba a la cama y, bajo las mantas, me leía de nuevo la misma historia.
—Soplaré, y soplaré, y la casa derribaré —decía ella, soplando suavemente sobre mi rostro hasta que mis ojos pesaban y el sueño me vencía. Me daba un beso en la frente y me arropaba, como si pudiera protegerme de todo lo que venía después.
Porque después de los besos, llegaba el monstruo.
Cada noche era el mismo guion de terror. Me despertaban los gritos de mamá.
—¡Déjame quieta! ¡No me golpees más, por favor! —suplicaba ella entre sollozos.
—¡Cállate, eres una sinvergüenza! —rugía la voz de mi padre, pastosa por el alcohol—. ¡Esta es mi casa y yo te golpeo cuando quiera!
Luego, el sonido que aprendí a reconocer antes que las letras del abecedario: BOOM. El golpe seco de su puño contra la carne de la mujer que me acababa de leer un cuento. Yo no podía salir; ella siempre cerraba mi puerta por fuera, como si una madera delgada pudiera ocultar el horror.
—¡Esa mocosa! ¿Dónde está esa mocosa? —gritaba él, borracho, buscándome.
Yo me quedaba bajo las sábanas, temblando, escuchando a mi madre intentar llorar bajo para que yo no me diera cuenta. Pero yo lo escuchaba todo. Mi corazón de cinco años se iba haciendo pequeño, duro, como una piedra.
Al día siguiente, salía de mi cuarto y la encontraba con los ojos chiquiticos, hinchados de tanto llorar. Yo era una niña inocente; no entendía por qué el hombre que debía cuidarnos era el mismo que la destruía.
—¿Mami, te pasa algo? —le preguntaba, tocando su rostro marcado.
—No, mi Lunita. Estoy bien —mentía ella, forzando una sonrisa que me partía el alma—. ¿Qué te parece si desayunamos y nos vamos al parque?
Mi alegría regresaba, porque a esa edad el olvido es una bendición. Saltaba en la cama mientras ella me ponía mi suéter, mis botitas para la lluvia y un monito cómodo. En el parque, yo corría y saltaba, buscando su aprobación.
—¡Mami, mami! ¡Mírame! ¡Mira cómo brinco!
Ella me veía desde el banco, y por un momento, bajo la luz del sol, parecía que la sangre y los gritos de la noche anterior no habían existido. Pero las sombras ya estaban ahí, esperando a que el sol se ocultara para volver a salir.