Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que no encaja
La verdad tiene un peso insoportable, y para los Johnson, esa verdad llegó en un sobre de papel madera que olía a café barato y a secretos desenterrados.
Lucas Johnson no pestañeó mientras deslizaba las fotografías sobre el escritorio de su despacho. El investigador privado no había dejado un solo rincón de las Bahamas sin escudriñar. Ahí estaba Samira, su pequeña princesa, en imágenes granuladas pero inequívocas: riendo en brazos de extraños, besando a hombres cuyo nombre ni siquiera sabía, tambaleándose a la salida de clubes nocturnos mientras Dominic —el hombre que él había mandado a golpear— permanecía siempre a tres metros, vigilando las sombras, cuidando un honor que ella misma estaba pisoteando.
El informe detallaba cada noche. No había ni una sola mención de agresión por parte de Williams. Al contrario, los testimonios hablaban de un "marido ejemplar y paciente".
El rostro de Lucas pasó del rojo al púrpura. La furia que sentía no era solo por la conducta de su hija, sino por haber sido manipulado. Él, un hombre que movía los hilos de la industria, había sido el títere de los caprichos de una niña despechada.
Samira no era la inocente que todos debían proteger sino una ramera que se había dejado tocar por hombres que ella no conocía pero él si, algunos incluso eran sus colegas.
—¡Samira! —el grito de Lucas retumbó en los cimientos de la mansión.
Samira bajó las escaleras con aire indolente, creyendo que su padre la llamaba para consentirla tras el "trauma" vivido. Pero cuando entró al despacho y vio las fotos esparcidas, el color abandonó su rostro.
—Papá, puedo explicarlo...
No hubo tiempo para palabras. Lucas cruzó la estancia y su mano impactó en la mejilla de Samira con una fuerza que la hizo tambalear. Fue una bofetada cargada de una decepción corrosiva.
—¡Eres una cualquiera! —rugió Lucas, ignorando el grito de horror de Elena, que acababa de entrar—. Te di todo. Te busqué un escudo para protegerte de la vergüenza de los Schmeichel, ¡y tú te dedicaste a revolcarte en el fango mientras ese hombre recibía una paliza por tus mentiras!
Samira cayó de rodillas, sollozando, con la mano en la mejilla ardiente.
—¡Qué querías que hiciera! ¡Él es un extraño! —gritó entre lágrimas.
—¡Él fue más hombre que tú mujer! —Lucas golpeó el escritorio—. Me hiciste ensuciarme las manos con un inocente y no solo eso me hiciste quedar como un estúpido al revolcarte con mis socios.
Elena intentó acercarse, temblando.
—Lucas, por favor, cálmate, es nuestra hija...
—¡Nuestra hija es una farsante que no sabe el valor de la palabra lealtad! —la cortó él, con los ojos inyectados en sangre. Miró a Samira con asco—. ¿Dónde está Williams? Tráelo ahora mismo.
Samira tragó saliva, el pánico empezando a superar al dolor.
—Él... se marchó al sur, a su granja o eso fue lo que dijo.
Lucas se quedó en silencio un segundo, una calma aterradora apoderándose de él. Una sonrisa cruel y fría curvó sus labios.
—Vete a tu cuarto —ordenó Lucas con una voz que era puro hielo—. Prepara tus maletas. Solo lo esencial.
Samira sintió una oleada de alivio en medio del llanto. Creyó que su padre la enviaría a algún internado en Europa o a una de sus propiedades en Nueva York para esconderla de la sociedad hasta que el escándalo pasara.
—Sí, papá. Lo siento tanto... me iré lejos, lo prometo.
Dos horas después, Samira bajó con dos maletas de diseñador, vestida con un traje sastre impecable. Un chófer la esperaba frente a una camioneta robusta, no el lujoso sedán de siempre. Lucas estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados.
—¿A dónde me envías, papá? ¿A Suiza? ¿A Londres? —preguntó ella, intentando buscar una pizca de perdón en sus ojos.
Lucas la miró de arriba abajo, como si viera a una desconocida.
—Te envío al único lugar donde aprenderás lo que es la realidad, Samira. Ya que tanto te gusta jugar a la esposa herida, vas a cumplir tu contrato hasta el último día. Pero no aquí, y no con mi dinero.
Samira frunció el ceño, confundida. El chófer arrancó el vehículo y Lucas se acercó a la ventanilla antes de que subiera.
—Vas a la granja de Dominic, en el sur —sentenció él—. Vas a vivir bajo su techo, a comer de lo que él trabaje y a pedirle perdón de rodillas cada mañana por la paliza que mis hombres le dieron por tu culpa.
—¿Qué? ¡No! —Samira retrocedió, horrorizada—. ¡Papá, es una granja! ¡Ese lugar es un asco! ¡Él me odia! No puedes hacerme esto...
—Ya lo hice. He cancelado todas tus tarjetas y he cerrado tus cuentas. A partir de ahora, Samira Johnson no existe. Solo existe la esposa de Dominic Williams. Si regresas a Orlando antes de los dos años, te desheredo legalmente y te dejo en la calle con lo que traes puesto.
El chófer la tomó del brazo con firmeza pero sin violencia y la obligó a subir al vehículo. Samira golpeó el cristal, gritando, viendo cómo la silueta de su padre se hacía pequeña mientras la camioneta se alejaba de la civilización, adentrándose en las carreteras polvorientas que conducían al cementerio de recuerdos de Dominic.
Samira Johnson, la heredera de la elegancia, iba camino al lugar donde el barro, la sangre y el jarrón vacío del pozo la estaban esperando.