Novela no apta para 🔞🔞🔞
"Cinco años de silencio no fueron suficientes para apagar el fuego."
Mía es la heredera perfecta; Julián, el hombre que ella traicionó cuando él no tenía nada. Ahora, él ha vuelto: es un abogado poderoso, letal y viene de la mano de la prima de Mía.
Atrapados en una red de mentiras, ella finge amar al mejor amigo de él mientras Julián la devora con la mirada en cada rincón de la mansión. Entre pasillos oscuros y encuentros prohibidos, el odio se mezcla con una pasión incontenible.
Las excusas se terminaron. Es hora de dejar de huir y matar las ganas, aunque el precio sea destruirlo todo.
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Capítulo 4: El peso del apellido
La mano de Julián era un ancla de fuego en la entrepierna de Mía. Ella sentía que se desvanecía, que sus huesos se volvían líquidos bajo esa caricia prohibida y experta. El roce del encaje contra su piel, empujado por los dedos de él, era una tortura deliciosa. Estaba a punto de rendirse, de enredar sus piernas en la cintura de ese hombre y dejar que el escándalo estallara allí mismo, detrás de las cortinas de terciopelo.
Pero el destino, o quizás el karma, tenía otros planes.
—¡Mía! ¡Julián! ¿Qué significa esto?
La voz no era la de Marcos. No era la de Vanessa. Era una voz que Mía llevaba grabada en el ADN como un decreto de muerte: la de su padre, Ricardo Van Doren
El sonido de la cortina siendo descorrida con violencia fue como el estallido de un disparo. Julián reaccionó con una rapidez felina. En un movimiento fluido, retiró la mano del vestido de Mía y se interpuso entre ella y su padre, ocultando el desorden de su ropa y el rubor violento de su rostro. Mía se pegó a la pared, con el corazón martilleando tan fuerte que temía que se le saliera por la boca. Sus dedos buscaban desesperadamente alisar la seda arrugada de su falda.
Ricardo estaba allí, de pie, con la mandíbula apretada y los ojos destellando una furia gélida. Su presencia llenaba el pequeño reservado, cargada de ese poder opresivo que siempre había asfixiado a Mía.
—Señor Van Doren —dijo Julián, con una calma que a Mía le pareció casi suicida. Se ajustó los puños de la camisa como si nada hubiera pasado—. Estaba ayudando a su hija. Parece que el exceso de gente en el salón le provocó un vahído y casi se desploma.
Ricardo recorrió a Julián con una mirada de asco profundo, la misma que le dedicaba hace cinco años cuando era solo el hijo del jardinero con aspiraciones. Luego, sus ojos se clavaron en Mía. Ella no podía sostenerle la mirada; sentía que su padre podía oler el aroma de Julián en su piel, que podía ver el rastro del pecado en sus labios hinchados.
—¿Un vahído, Mía? —preguntó Ricardo, su voz era un susurro peligroso—. ¿O es que has olvidado quién eres y qué apellido llevas?
—Yo... yo me sentí mal, papá —logró articular ella, con la voz quebrada—. Julián solo pasaba por aquí y...
—Suficiente —la cortó él, dando un paso hacia adelante. Su mano derecha se cerró en un puño—. Julián, agradezco tu "ayuda", pero mi hija tiene un prometido y una familia que se encarga de ella. No necesitamos que un... abogado advenedizo se tome libertades que no le corresponden.
—Solo cumplía con mi deber como invitado, Ricardo —replicó Julián. No retrocedió ni un milímetro. La tensión entre los dos hombres era casi física, un duelo de titanes donde el pasado pesaba más que el presente—. Después de todo, en esta casa siempre se ha valorado mucho la... hospitalidad.
Mía sintió el doble sentido en las palabras de Julián y temió por él. Su padre no era un hombre que perdonara los desafíos.
—Retírate, Julián. Vanessa te está buscando para el brindis —ordenó Ricardo—. Y tú, Mía, camina delante de mí. Ahora mismo. Marcos te está esperando en la mesa principal y vas a sonreír como si fueras la mujer más feliz del mundo, ¿me has entendido?
Mía asintió mecánicamente. Pasó por al lado de Julián sin mirarlo, pero sintió el roce de su brazo contra el de ella. Fue un contacto fugaz, pero cargado de una promesa: esto no había terminado.
Caminó por el salón de mármol sintiéndose como una autómata. El ruido de la fiesta, las risas de los invitados y el tintineo de las copas de cristal le daban náuseas. Se sentó al lado de Marcos, quien le tomó la mano con esa ternura aburrida que ahora le quemaba. Mientras su padre daba un discurso sobre la unidad familiar y el honor, Mía sentía que las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
Miró hacia la mesa donde Julián bebía su whisky, impasible, mientras Vanessa le susurraba algo al oído. Y entonces, como un golpe seco en el estómago, los recuerdos de aquel día fatídico regresaron para atormentarla.
Fue hace cinco años, en esa misma mansión, pero bajo una tormenta que parecía querer hundir el mundo. Ella tenía dieciocho años y el corazón lleno de sueños sencillos. Julián la esperaba en el viejo invernadero, con dos boletos de autobús y una mochila llena de ropa vieja. Iban a escapar. Iban a dejar atrás las jaulas de oro y las expectativas.
"Te amo, Mía. No tengo nada que ofrecerte más que mi vida, pero te juro que serás libre", le había dicho él esa tarde.
Pero ella nunca llegó. Su padre la había interceptado en la puerta trasera. Ricardo no gritó; simplemente le mostró una carpeta. Eran fotos de la madre de Julián, una mujer enferma que dependía de los medicamentos que los Van Doren pagaban.
"Si cruzas esa puerta con ese muerto de hambre, su madre se queda sin tratamiento mañana mismo. ¿Vale su vida lo que sientes por él?", le había preguntado su padre con esa frialdad inhumana.
Mía se había derrumbado. Había tenido que elegir entre su amor y la vida de la mujer que Julián más quería. Eligió salvar a la madre de él, pero el precio fue el alma de ambos. Ricardo se encargó de decirle a Julián que Mía se había arrepentido, que se había reído de sus planes de pobreza y que prefería la seguridad de su herencia.
Julián se fue odiándola, creyendo que ella lo había usado como un juguete de verano. Ella se quedó muriendo en silencio, viendo cómo él desaparecía bajo la lluvia, llevándose consigo la única parte de ella que estaba viva.
Ahora, viéndolo al otro lado del salón, tan poderoso, tan lleno de rencor y de un deseo que quemaba, Mía comprendió que el malentendido era una herida abierta que sangraba con más fuerza que nunca. Él había vuelto para cobrar la deuda de una traición que ella nunca cometió, pero que tuvo que cargar sobre sus hombros para salvarlo.
"Si tan solo supieras la verdad, Julián...", pensó ella, mientras su padre levantaba la copa para brindar por el honor de la familia.
Mía bebió de su copa, pero el champán le supo a hiel. Sabía que la noche no había hecho más que empezar y que, tarde o temprano, la verdad y el deseo chocarían con la fuerza de un huracán, destruyendo todo a su paso.