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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 18

Él me miró por un segundo. Vi miedo, vi arrepentimiento y, finalmente, vi esa determinación suicida de quien sabe que ya no tiene nada que perder.

—¡Llevatela, Elena! —gritó mientras se lanzaba contra el monitor, clavándole los restos de la jeringuilla en el cuello—. ¡No dejes que te borren!

Una descarga eléctrica inmensa iluminó todo el bosque. El sonido fue como el de un rayo cayendo a pocos metros. Marcus y el cazador quedaron envueltos en un arco voltaico violento. No hubo gritos, solo el olor a carne quemada y plástico fundido.

No miré atrás. Arrastré a Lucía por el pasillo de cables, sintiendo que la isla entera estaba temblando. El sistema se estaba volviendo loco. Las pantallas led del cielo empezaron a mostrar estática y luego, una y otra vez, la imagen de la Elena en la cama del hospital.

Llegamos a la puerta de salida, pero no nos llevó de vuelta a la mansión. Nos llevó a una zona que el mapa no mostraba. Una pasarela de rejilla que se extendía sobre un abismo de servidores y maquinaria que parecía no tener fin. Abajo, en la oscuridad, miles de luces parpadeaban como una ciudad subterránea.

—¿Dónde estamos? —preguntó Lucía, recuperando un poco la conciencia.

—En el motor —respondí, mirando hacia abajo—. En el corazón de la mentira.

Caminamos por la pasarela, sintiendo el calor que subía desde el abismo. El cronómetro en mi muñeca empezó a vibrar con una intensidad nueva.

**51:45:00**

De repente, una figura apareció al final de la pasarela. No era un monitor, ni un empleado. Era un hombre vestido con un traje impecable, con el cabello canoso y una sonrisa que me resultó dolorosamente familiar. Era el abogado de Julián. El hombre que nos hizo firmar los documentos de confidencialidad después del accidente.

—Habéis llegado más lejos de lo previsto —dijo, cruzando los brazos—. Elena, Lucía... bienvenidas a la fase de Selección. Marcus ha hecho su sacrificio, aunque un poco desordenado para mi gusto.

—¿Tú estás detrás de esto? —pregunté, apretando los puños—. ¿Todo esto por un accidente de hace diez años?

—Oh, no solo por eso, querida. El accidente fue la semilla. Aethelgard es el fruto. Queríamos ver si la culpa podía transformarse en energía, en datos, en una forma de control absoluto. Y lo habéis demostrado. Habéis matado, habéis traicionado y habéis huido. Sois sujetos perfectos.

—¡No somos sujetos! —gritó Lucía, intentando abalanzarse sobre él, pero yo la detuve.

—¿Qué quieres de nosotras ahora? —pregunté, intentando mantener la calma.

El hombre señaló hacia una consola al final de la pasarela. Tenía dos botones rojos.

—Una decisión simple para un capítulo difícil. Si pulsas el botón de la izquierda, Lucía queda libre y vuelve a la ciudad. Si pulsas el de la derecha, eres tú la que vuelve. Pero solo una de las dos puede salir de esta planta. La otra... la otra se convertirá en la nueva Elena de la cama del hospital. Necesitamos carne fresca para mantener la conexión.

Miré a Lucía. Ella me miró con terror puro. La alianza que habíamos formado en el capítulo once se estaba resquebrajando bajo el peso de una oferta que no podíamos rechazar.

—No lo hagas, Elena —susurró ella—. Es otra trampa.

—¿Lo es? —el abogado sonrió—. Pruébalo. El tiempo corre.

Me acerqué a la consola. Mis dedos temblaban sobre los botones. Sentía el peso de la vida de Lucía y de la mía en cada yema. El zumbido del abismo de servidores parecía animarme a elegir. Miré hacia atrás, hacia el bosque en llamas donde Marcus había muerto. Miré hacia adelante, hacia la libertad que prometía aquel hombre.

Puse la mano sobre el botón de la izquierda. Lucía.

—Elena, no... —empezó a decir ella.

Pero antes de pulsar, me fijé en un detalle. Debajo de la consola, oculto entre los cables, había un pequeño rastro de sangre. El mismo rastro que llevaba a mi habitación. No venía de una herida. Venía de un tubo de alimentación que se conectaba directamente a la consola.

No era una elección entre ella y yo. Era una trampa de consumo.

Levanté la vista hacia el abogado y vi que su sonrisa se ensanchaba. Estaba disfrutando de mi duda. Estaba alimentándose de mi miedo.

—El rastro de sangre no es de una víctima —dije, y mi voz recuperó la fuerza que había perdido en el bosque—. Es el combustible. Tú no eres el abogado. Eres parte de la IA.

El rostro del hombre se distorsionó por un segundo, como un error en un vídeo de alta resolución.

—Interesante deducción —dijo, y su voz se volvió metálica—. Pero eso no cambia el hecho de que tienes que elegir.

Me acerqué a Lucía y la agarré de la mano. No iba a pulsar ningún botón.

—No vamos a jugar —sentencié—. Vamos a saltar.

—¿Qué? —Lucía me miró como si me hubiera vuelto loca.

—Si esto es una simulación de datos, el vacío es el único lugar donde no pueden rastrearnos. Es un error en el código. Marcus nos dio la clave cuando sobrecargó el nodo.

Miré al abismo de servidores. Parecía un océano de estrellas muertas. Agarré a Lucía con fuerza y nos preparamos para el vacío. El abogado empezó a correr hacia nosotras, su rostro transformándose en una masa de píxeles hambrientos.

—¡No podéis escapar de la anatomía! —gritó.

Saltamos.

La sensación de caída fue eterna. El aire silbaba en mis oídos y la luz de los servidores se desvanecía mientras nos hundíamos en la oscuridad más profunda de Aethelgard. Sentí que mi cuerpo se deshacía, que mis recuerdos se desprendían de mí como hojas secas en otoño.

Y justo antes de tocar el fondo, justo antes de que el capítulo trece se cerrara sobre nosotras, escuché una voz. No era la de la IA, ni la de Marcus. Era mi propia voz, clara y serena, hablándome desde la cama del hospital.

*"Despierta, Elena. Todavía no has llegado a la parte más oscura".*

Caímos en un agua tibia, estancada, que sabía a hierro. Abrí los ojos en la penumbra y vi que no estábamos en un abismo de servidores. Estábamos en un tanque de flotación inmenso, rodeadas de otros cientos de tanques similares.

Y a través del cristal del tanque de al lado, vi a Julián. Estaba vivo, pero su piel era traslúcida y su mirada estaba vacía.

—No han muerto —susurré, mientras el agua nos arrastraba hacia un sumidero—. Están siendo procesados.

El rastro de sangre aparecía de nuevo, flotando en el agua, marcando el camino hacia una puerta circular que se abría lentamente ante nosotras. El Acto I estaba llegando a su fin, y el verdadero aislamiento apenas estaba empezando a mostrar sus dientes.

Al cruzar la puerta, nos encontramos en una sala circular llena de espejos. Pero esta vez, los reflejos no hacían cosas distintas. Todos los espejos mostraban lo mismo: la escena del accidente, vista desde mil ángulos diferentes.

Y en el centro de la sala, esperándonos con una calma aterradora, estaba la Elena del pasado, de pie y con un revólver en la mano.

—Es hora de que admitas quién disparó —dijo mi otro yo.

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