De Rusia a México
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21
Un mes había transcurrido desde que el estallido de la crisis con los Volkov pusiera a la mansión Petrov en estado de sitio. Para el mundo exterior, la vida de los herederos parecía haber recuperado su ritmo habitual de opulencia y poder, pero bajo la superficie, las grietas eran abismos imposibles de cerrar.
Masha había regresado a la universidad convertida en una reina de hielo más letal que nunca. Su novio, Viktor, el niño rico de apellido impecable, la seguía a todas partes como un perro faldero, intentando "comprar" su afecto con una procesión interminable de regalos: collares de esmeraldas, bolsos de edición limitada y cenas en los lugares más exclusivos de San Petersburgo. Masha aceptaba los tributos con una indiferencia que rozaba el sadismo, usándolos como una armadura brillante para ocultar el vacío que le dejaba la ausencia de Alexei. Viktor creía que la estaba conquistando, sin notar que ella solo lo usaba para recordarle a Alexei lo que no podía tener. El guardaespaldas, por su parte, observaba cada entrega de regalos con el rostro petrificado, cumpliendo su deber mientras su alma se desangraba de pie.
Mikhail, tras el encierro forzado, regresó a las aulas con los sentidos agudizados. Ya no se sentía como un león enjaulado; ahora se sentía como un cazador que finalmente tiene el rastro. El "eco" en su pecho, ese vínculo que lo unía a Camila, era ahora una frecuencia constante y clara. Caminaba por los pasillos de la universidad con la certeza absoluta de que ella estaba allí, respirando el mismo aire cargado de incienso y libros viejos. Cada vez que una puerta se abría o una risa femenina resonaba en el corredor, Misha sentía una descarga eléctrica. Estaba tan cerca de lo que le pertenecía que el tiempo parecía curvarse a su favor.
Sin embargo, el contraste más doloroso era Ivan Jr. Si sus hermanos volvían al ritmo de la ciudad, él se había quedado anclado en una zona muerta. Ivanito era, literalmente, un muerto en vida. Había dejado de lado el vodka y el mezcal solo para que su mente estuviera lo suficientemente sobria como para saborear su propia tortura. El hombre que alguna vez juró que derribaría mafias enteras por Sonia hoy se encontraba paralizado. Cada mañana, contaba los días que faltaban para la boda de Sonia con el clan del norte. La rabia se había transformado en una resignación ácida. En su mente, el "héroe" que Sonia amaba había muerto en el sótano de los Volkov.
Mientras tanto, en la fortaleza de los Volkov, Sonia se preparaba para su propia muerte en vida. El ajetreo de las modistas era para ella el ruido de una sentencia. Cada vez que le probaban el encaje del velo, sentía que le estaban midiendo el sudario para su entierro. No había luz en sus ojos, solo una determinación gélida para cumplir su parte del trato y salvar la vida de Ivanito.
El día de la boda finalmente llegó, cubierto por una nieve pesada que intentaba sepultar la última gota de rebeldía. Ivanito no salió de la mansión; escapó. Con la desesperación tatuada en el rostro, se dirigió hacia la propiedad de los Volkov. Quería gritarle al mundo que Sonia era suya, aunque eso significara convertir la iglesia en un cementerio. Sin embargo, a mitad de camino, un vehículo blindado le cerró el paso. Alexei bajó del auto solo.
—Apártate, Alexei —gruñó Ivan Jr., bajando de su coche con los puños temblando—. No me obligues a dispararte.
—No vas a dispararme, Ivan —respondió Alexei, caminando hacia él sin miedo—. Ir ahí no es salvar a Sonia, es suicidarte y llevártela con ella. Sonia firmó para que tú vivieras. No escupas sobre su sacrificio por un arranque de ego.
La confrontación física fue breve pero intensa. Alexei lo detuvo con la fuerza de quien protege a un hermano de sí mismo. Tras un intercambio de golpes que terminó con ambos en la nieve, Ivanito se desmoronó. El frío finalmente apagó su incendio. Comprendió que el deber de un Petrov no era morir por amor, sino vivir para el imperio.
De regreso en la mansión, Ivan Jr. entró al despacho de su padre con la ropa manchada de nieve y sangre, pero con una mirada nueva.
—Tenías razón, Papá —dijo Ivanito—. El amor necio no construye imperios. Sonia se ha ido, pero yo no me quedaré como un fántasma. Quiero aprender. Enséñame a ser el espectro que este negocio necesita.
Ivan padre se puso de pie lentamente y le puso una mano pesada en el hombro.
—Las cicatrices te harán más fuerte, Ivan. Empezamos mañana. A las cinco, en el puerto.
Esa noche, mientras la boda de Sonia se consumaba en la distancia, en la mansión Petrov se sellaba un pacto de sangre. Ivan Jr. había dejado de ser el chico que jugaba a Romeo para convertirse en el hombre que heredaría el trono. El luto seguía allí, pero ahora tenía un propósito: la construcción de una dinastía que nunca volvería a permitir que el destino les robara lo que era suyo. Mikhail, desde las sombras del pasillo, sintió el cambio de energía en su hermano y supo que, con Ivanito enfocado en el poder, el camino para encontrar a Camila finalmente estaba despejado.