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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 — Lo que no se dice

Puerto Sereno tenía el ritmo lento de los pueblos que no le deben nada a nadie.

Sofía lo descubrió una semana después de llegar, cuando dejó de mirar el reloj y empezó a medir el tiempo por la posición del sol. Por la hora en que Doña Carmen ponía el café. Por el momento exacto en que Andrés aparecía en el muelle — siempre puntual, siempre callado, siempre con esa presencia que llenaba el espacio sin pedir permiso.

Fue Valentina quien la sacó del cascarón.

Valentina Ramos llegó a su vida un martes por la tarde, con el pelo rizado hasta los hombros, una cesta de mangos en el brazo y la energía de alguien que nunca en su vida había tenido vergüenza de nada.

—Tú eres la bióloga — dijo, plantada en la puerta de la habitación de Sofía como si la conociera de toda la vida —. Yo soy Val. La mejor amiga que vas a tener en este pueblo. ¿Tenés planes esta noche?

Sofía parpadeó.

—No...

—Perfecto. Hay una fogata en la playa. Venís.

No fue una pregunta.

La fogata era un grupo de unas quince personas — pescadores, enfermeras, maestros, jóvenes que habían vuelto al pueblo después de estudiar en la ciudad. Música de fondo, cervezas frías, el mar negro y brillante detrás de todo.

Sofía se sentó junto a Val, que ya le había presentado a media Venezuela en diez minutos.

—Ese es Miguel — susurró Val señalando a un hombre moreno de risa fácil que tocaba una guitarra —. Mi primo. Soltero, por si acaso.

—No estoy buscando — dijo Sofía.

—Nadie que llega a Puerto Sereno "está buscando" — respondió Val con una sonrisa que sabía demasiado —. Y todos terminan encontrando algo.

Sofía iba a responder cuando escuchó pasos en la arena.

Lo supo antes de verlo.

Andrés apareció desde la oscuridad con una cerveza en la mano y esa manera suya de caminar — despacio, seguro, como si el mundo pudiera esperar. Saludó a los hombres con un gesto, a las mujeres con una palabra corta, y sus ojos recorrieron el grupo hasta encontrar los de Sofía.

Azules. Luminosos incluso de noche.

Un segundo. Dos. Luego desvió la mirada y se sentó al otro lado de la fogata.

Val se inclinó hacia Sofía.

—¿Ya te habló?

—Me habla todos los días. Trabajamos juntos.

—Eso no es lo que te pregunté — dijo Val, y le dio un sorbo largo a su cerveza.

Miguel se acercó después de un rato con dos cervezas y una sonrisa enorme.

—¿Permiso? — dijo, sentándose junto a Sofía —. ¿Cómo está tratando el pueblo a nuestra científica?

—Bien — dijo Sofía, y se descubrió sonriendo —. Mejor de lo que esperaba.

Hablaron durante un buen rato. Miguel era fácil — divertido, sin pretensiones, con historias del pueblo que hacían reír. Sofía sintió por primera vez en semanas algo parecido a la ligereza.

Pero cada tanto, sin querer, sus ojos cruzaban la fogata.

Y cada tanto, los ojos azules de Andrés estaban exactamente donde ella no quería que estuvieran.

La tercera vez que los atrapó mirándose, Andrés no desvió la vista.

La sostuvo. Directo. Desde el otro lado del fuego, con las llamas entre los dos reflejándose en ese azul profundo, con una expresión que Sofía no supo descifrar pero que le llegó al pecho como una ola lenta.

Fue ella quien apartó los ojos primero.

Le dio un sorbo largo a su cerveza y se prometió a sí misma no volver a mirar.

Duró cuatro minutos.

Fue cerca de la medianoche cuando se levantó para caminar hacia la orilla.

Se quitó las sandalias y dejó que el agua fría le llegara a los tobillos. El mar de noche tenía otro sonido. Más hondo. Más honesto.

—¿No le da miedo el mar de noche?

Se giró. Andrés estaba a dos metros, con la cerveza en la mano y los pies descalzos en la arena.

—No — dijo ella —. Nunca le tuve miedo al mar.

Él se acercó hasta quedar a su lado. Sin mirarla. Los dos de frente al agua.

Silencio.

Pero no el silencio vacío de los desconocidos. El otro. El que se construye entre dos personas que ya saben demasiado el uno del otro sin haberse dicho casi nada.

—¿Por qué te alejaste del fuego? — preguntó él.

—Necesitaba aire.

—Había aire suficiente allá.

Sofía lo miró.

—Miguel te cae bien — dijo Andrés. No era una pregunta. Tampoco era neutral.

—Es simpático — dijo Sofía, y lo estudió —. ¿Te molesta?

Andrés tardó un segundo de más en responder.

—No.

Sofía sonrió despacio.

—Mentira.

Él la miró. Y por primera vez desde que lo conocía, Andrés Villareal no tuvo una respuesta lista.

Se quedaron así — de frente, a menos de un metro, con el mar rompiénd­ose detrás — y el aire entre ellos se volvió algo distinto. Algo espeso y eléctrico que ninguno de los dos nombró.

Andrés bajó la vista a su boca.

Sofía no respiró.

Él levantó la mano — despacio, como quien se da tiempo para arrepentirse — y con el dorso de los dedos le apartó un mechón de pelo que el viento le había traído a la cara.

Un gesto simple. Apenas un roce.

Que no tuvo nada de simple.

—Mañana salimos a las cinco — dijo él, con la voz un poco más baja que de costumbre.

Y se fue.

Sofía se quedó con los pies en el agua, el corazón desbocado y el mechón de pelo todavía tibio donde él lo había tocado.

Detrás de ella escuchó los pasos de Val.

—¿Qué? — dijo Sofía sin girarse.

—Nada — respondió Val, con una sonrisa enorme en la voz —. Absolutamente nada.

Esa noche, en su cuaderno, Sofía escribió:

Un roce. Solo eso. Un roce y dos segundos mirándome la boca. No soy una mujer que se desmorona por tan poco. Y sin embargo.

Fin del Capítulo 4 ✨

1
Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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