Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 2
Apenas había llegado a Buenos Aires hacía unos días, y aún no había alquilado un departamento propio. Se hospedaba temporalmente en casa de su antigua compañera de universidad, Valeria, quien había dejado su trabajo y se encontraba en un limbo de desempleo. Tiago, su hijo de cinco años, también estaba bajo el cuidado de Valeria, y el trámite para inscribirlo en el Jardín de Infantes Sol de Oro aún pendía en el aire, entre papeleos y listas de espera.
Valeria se acercó a ella, secándose las manos en un delantal. "Tiago ya está dormido", le dijo en voz baja. "Es un angelito, se bañó solo y se metió en la cama sin protestar. No me dio ni un minuto de trabajo extra". Sofía sintió un cálido alivio al imaginar a su hijo, tan independiente para su edad, y esbozó una sonrisa genuina. "Gracias, Valeria. De verdad, no sé qué haría sin ti estos días. Con el nuevo puesto en el Grupo Rodríguez, estoy hasta el cuello de reuniones y reportes. Tiago te adora, y yo también".
Valeria escrutó su rostro bajo la luz tenue de la sala de estar. "Pareces un fantasma, Sofía. ¿Qué pasó en esa cena? Siéntate aquí y cuéntame". La arrastró al sofá, sirviéndole un mate caliente. Sofía se dejó caer, exhalando un suspiro largo. "Lo vi, Valeria. Vi a Matías".
La reacción de Valeria fue inmediata: sus ojos se abrieron como platos, y dejó caer la bombilla. "¿Matías? ¿Estás segura de que era él, en carne y hueso?". Hacía cinco años que no había rastro de él, y Valeria había llegado a convencerse de que algo trágico le había ocurrido, quizás un accidente o peor. Sofía negó con la cabeza, su voz un murmullo. "No es un fantasma, es real. Estaba allí, en la cena, como si nada".
Valeria se inclinó hacia adelante, ansiosa. "¿Le explicaste lo que pasó hace cinco años? ¿Le dijiste sobre Tiago? ¡Por Dios, Sofía, era tu oportunidad!". Pero Sofía solo sacudió la cabeza de nuevo, los ojos vidriosos. No había podido. Las palabras se habían atascado en su garganta ante la frialdad de Matías.
Valeria frunció el ceño, notando la incongruencia: encontrar al hombre que había buscado por tanto tiempo debería haberla llenado de júbilo, no de esta melancolía aplastante. "¿Está casado? ¿Tiene novia? ¿Qué te dijo?". Sofía se encogió de hombros. "No lo sé. No hablamos de eso". Luego, con voz temblorosa, añadió: "Hoy descubrí que Matías viene de una familia poderosísima, de las cumbres de Buenos Aires. Es el heredero del Grupo Financiero de América Latina".
Valeria procesó la información, atando cabos. "¿Cómo no lo sabías? ¿Él te lo ocultó?". Sofía asintió. "Cuando nos conocimos en Córdoba, me dijo que su familia tenía un negocio modesto. Pero era una mentira: estaba en la filial de su propio grupo, disfrazado de empleado común para 'entrenarse'. Y yo entré a trabajar allí justo después de graduarme. Me puso a prueba, Valeria. Quería ver si era digna, o algo así. Al final, decidió que no lo era y desapareció sin más".
La indignación subió por el rostro de Valeria como una marea. "¡Qué hijo de puta! ¿Y tú, sufriendo estos años? Recuerdo cuando llegaste a Buenos Aires con la panza enorme, preguntando por él en cada esquina, en hospitales, en comisarías. Casi pierdes al bebé por el estrés, y terminaste en el hospital con contracciones prematuras. Cinco años buscando pistas, trabajando como loca para mantenerte a ti y a Tiago, y él estaba aquí, en su torre de marfil". Sofía bajó la mirada, retorciendo las manos. "No tiene sentido seguir. Me odia, o al menos me desprecia. Y una familia como la suya... es un mundo al que no pertenezco. No puedo trepar tan alto".
Esa noche, en el baño, con el agua de la ducha corriendo para ahogar el ruido, Sofía se derrumbó. Los sollozos la sacudieron hasta dejarla exhausta, el vapor empañando el espejo como sus recuerdos borrosos.
Al día siguiente, Sofía pidió permiso en la oficina para ausentarse por la mañana. Encontró un departamento de dos habitaciones en el barrio de Belgrano: el mobiliario era anticuado, con cortinas descoloridas y pisos de madera rayada, pero estaba impecable y el alquiler cabía en su presupuesto. Lo mejor era su ubicación: a solo cinco minutos a pie del Jardín de Infantes Sol de Oro, ideal para llevar y traer a Tiago sin complicaciones.
Valeria, al enterarse, intentó disuadirla. "Quédate aquí todo el tiempo que quieras, Sofía. El departamento es grande, y Tiago es una bendición. No hay prisa". Pero Sofía insistió: necesitaba su espacio, su rutina independiente. Al final, Valeria cedió y la ayudó a mudarse, cargando cajas en su auto viejo. Tiago correteaba emocionado por el nuevo lugar, reclamando la habitación más pequeña como suya.
Para la tarde, el departamento estaba organizado: ropa en los armarios, platos en la cocina, y una pequeña mesa lista para las comidas. Sofía se despidió de Valeria con un abrazo apretado y se dirigió al trabajo, llegando justo a tiempo para la jornada vespertina.
Apenas cruzó la puerta de la sede del Grupo Rodríguez, su teléfono vibró con un mensaje de Lucas: "Ven a mi oficina ahora". Sofía subió al piso ejecutivo, el corazón latiéndole con fuerza. Lucas la esperaba detrás de su escritorio, con expresión seria. Cerró la puerta tras ella y, sin preámbulos, preguntó: "¿Qué pasa entre tú y Matías?".