Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 2
Las palabras del rey dejaron sin aliento a todos los presentes. Gael y Maribel estaban igualmente impactados, aunque sus expresiones hablaban más que cualquier palabra.
— ¡Un momento, mi señor! —gritó Gael— No se puede casar con esta mujer. Es una plebeya. Y si no fuera suficiente, usted está casado con la señora Antonieta.
El rey respondió con una serenidad que helaba la sangre.
— Si ese es el inconveniente, primero háganla mi concubina. Luego preparen el papeleo para mi divorcio con la reina.
Gael y Maribel levantaron la voz al mismo tiempo.
— ¡¿Qué?!.
Una sirvienta, escondida en un rincón del pasillo, escuchaba cada palabra con absoluta claridad.
Gael se quitó la máscara porque la impresión no le permitía respirar con normalidad.
— Señor, se lo suplico. No puede romper la alianza con los Alberich.
Los Alberich eran la familia real más poderosa, más allá de ambos reinos. Su territorio era conocido como el Reino de la Abundancia, pues jamás había sufrido ruina en ninguna generación.
— Llegaré a un acuerdo con la familia real —respondió el rey.
— Pero, señor... —insistió Gael.
La voz del rey se endureció.
— ¿Están doblando las órdenes de su rey?.
Los dos se inclinaron de inmediato.
— N... No, mi señor.
— Quiero que traten bien a esta mujer. Desde ahora será mi concubina. Llévenla a una habitación decente y asegúrense de que se quede con el niño. ¿Entendido?.
— S... Sí.
Sol no entendía nada. ¿Por qué el rey había pedido algo tan grande como casarse con ella a cambio de algo tan simple? Él retomó su marcha sin volver la vista.
Aún abrazando a Noel, reunió valor y le habló a su espalda.
— ¿Por qué? No soy hermosa, no tengo un reino. No soy nadie. ¿Por qué quiere casarse conmigo? Ni siquiera nos conocemos.
El rey se detuvo en seco, pero no se volvió. Guardó silencio y continuó caminando.
Cuando se alejó, Maribel habló en voz baja, desesperada.
— Gael, haz algo. No podemos permitir que el señor contraiga matrimonio con ella.
— Trataré de hablar con él. Por ahora, haga lo que pidió.
Con evidente molestia, Maribel obedeció.
— Sígueme. —ordenó.
Gael tomó el camino contrario. Los pasillos estaban sumidos en un silencio sofocante. Maribel y Sol llegaron a una puerta grande y lujosa. Al abrirla, apareció una habitación digna de un cuento de princesas. Si Sol no hubiera estado tan aturdida, habría quedado maravillada.
— Le enviaré una criada para que la atienda ahora. Mañana, a primera hora, se reunirá con otra criada que le mostrará el castillo. —explicó Maribel.
— Ya veo.
— Mire, el rey me pidió que la tratara bien, pero siento que será imposible. Aun así, haré un esfuerzo y espero que usted también lo haga en no estorbar. Estoy segura de que Gael corregirá este error.
Dicho eso, cerró la puerta de un golpe.
Sol quedó sola con Noel. Él estaba deslumbrado con la cama enorme. A pesar de que todo se había salido de control, lo único que la tranquilizaba era tener al niño con ella.
— Vamos a bañarnos, Noel. Estamos sucios y no podemos dormir así.
Lo cargó con facilidad, pues era pequeño. Ambos entraron al baño. Sol no recordaba la última vez que se había bañado como correspondía. En los lugares donde había trabajado debía usar el agua sobrante, fría y sucia. En cambio, aquella bañera era enorme. Tanto ella como Noel cabían sin problemas.
— Dime, Noel, ¿Cuántos años tienes? —preguntó mientras le lavaba el cabello.
— Ocho años.
— ¿Y tus padres?
— No lo sé. Me abandonaron en un orfanato. Ese lugar cría a los niños para luego venderlos, como a mí.
La declaración la dejó helada. Iba a preguntar más cuando la puerta se abrió de golpe.
Una criada entró pálida del susto.
— ¡Oh no! No debería atenderse sola. El rey me castigará si no me permite hacer las cosas por usted.
— ¿En serio? Son tareas fáciles que uno puede hacer por sí mismo.
— Por favor, déjeme hacerlo.
Sol suspiró y lo permitió. La criada les entregó toallas, ropa limpia y la vistió. Sol no estaba acostumbrada a ese tipo de trato. A Noel tampoco le agradaba. Una vez que ambos estuvieron en pijama, la criada se retiró.
Sol y Noel se recostaron en la cama enorme.
Mientras tanto, la sirvienta que había escuchado la conversación del rey corría desesperada por los pasillos. Golpeó una puerta con angustia.
— ¡Mi señora! ¡Mi señora!.
Una dama de compañía abrió.
— ¿Qué pasa? ¿A qué se debe tanto escándalo?.
— ¡Es urgente! La señora tiene que saber esto.
De la habitación salió una mujer deslumbrante. Su sola presencia imponía.
— ¿Qué es lo que tengo que saber?.
La sirvienta relató todo lo que había escuchado. Como era de esperarse, la reacción fue devastadora. La habitación entera se congeló. La nieve se formó en el aire. Su mirada, fría y vacía, imponía terror.
Después de recuperar algo de compostura, habló con calma.
— Esto debe ser una burla del rey. Él jamás se divorciaría de mí. Llevamos años casados y él me necesita tanto como yo a él. Si no lo escucho de su boca, haré como si nunca lo hubiera oído. Puedes retirarte.
La sirvienta hizo una reverencia y se marchó. Antonieta se sentó en la cama congelada. Su dama de compañía la observó con preocupación.
— Esto debe ser una confusión, mi señora —dijo.
— Sé que mi relación con mi esposo pende de un hilo, pero no al punto de querer una concubina y divorciarse de mí. Deben ser mentiras de esa sirvienta.
— ¿Quiere que la mande a castigar?.
— Aún no. Actuaremos como si nada hubiera pasado. Me mudaré de recámara. Congelé esta sin querer. Lumiel no es tan estúpido como para romper nuestros acuerdos. Mañana quiero conocer a esa mujer.
— Como usted desee.
Esa misma noche, el rey entró a la habitación de Sol por la ventana. Ella y Noel dormían profundamente, uno abrazado al otro. Él se sentó a su lado y apartó un mechón de su cabello. La observó con una mezcla de nostalgia y dolor.
— Pensé que habías muerto... De lo contrario... Te hubieras buscado por tierra y cielo. ¿Cómo es posible que no me recuerde? Debiste pasar por mucho. Desde ahora, podré cumplir mi promesa. Mi querida Morgan”.