Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 19
Ai vistió a la concubina para la ceremonia.
Seda púrpura, la del color reservado para las favoritas. Joyas en el cabello, en las orejas, en el cuello. Polvo de arroz en el rostro, carmín en los labios. Perfecta. Impecable. Hermosa como solo las que nunca han sufrido pueden serlo.
La acompañó hasta la sala del té.
Y entonces lo vio.
El emperador.
Estaba sentado en el lugar de honor, rodeado de cojines de seda, con esa postura que solo tienen los que nunca han tenido que inclinarse ante nadie. Magnífico. Imponente. Con la seguridad tranquila de quien sabe que todo lo que ve le pertenece.
Ai contuvo el aliento.
Así que tú eres, pensó. El dueño de todo. El que puede matar con una palabra. El que tiene el poder absoluto.
La concubina se inclinó con gracia.
—Lo siento, su majestad, por hacerlo esperar —dijo, lanzando una mirada venenosa a Ai—. Mi nueva sierva no es muy eficiente. Es nueva.
El emperador no respondió de inmediato.
Sus ojos se posaron en Ai.
Ella estaba agachada, con la cabeza baja, en la posición que correspondía a una sirvienta. Pero sintió su mirada como un peso físico.
—Ven —dijo él—. Sírveme el sake.
El corazón de Ai dio un vuelco.
—Sí, su majestad —respondió, con la voz más firme de lo que esperaba.
Se levantó con gracia. Caminó hacia él. Se arrodilló a su lado con la misma naturalidad con la que había hecho todo en su vida: como si mereciera estar ahí.
Tomó la jarra de sake. Sirvió. Lenta. Perfecta. Sin una gota fuera del lugar.
El emperador la observaba.
No dijo nada. Pero sus ojos... sus ojos decían mucho.
Luego se giró hacia la concubina.
—Te compré algo, mi amor —dijo.
Sacó una caja de entre sus ropas. La abrió.
Un diamante. Gigante. Puro. Tan brillante que parecía tener luz propia.
—Es para la mujer más hermosa del imperio —dijo el emperador, con una sonrisa que pocos veían.
La concubina se llevó las manos al pecho, fingiendo sorpresa, fingiendo emoción, fingiendo todo.
—Mi amor —exclamó, con los ojos brillantes—. Me honras tanto.
Mientras recibía el diamante, sus ojos buscaron a Ai.
Y le sonrió.
Una sonrisa de triunfo. De "mira lo que tengo y tú nunca tendrás". De "yo soy la reina y tú la mierda que me limpia los pies".
Ai sostuvo su mirada.
Y por dentro, muy adentro, algo creció.
Disfruta tu diamante, pensó. Disfruta tu momento. Porque mientras tú juegas a ser la favorita, yo estoy aprendiendo los secretos de todos.
El emperador habló de nuevo:
—Eres la flor más hermosa del imperio.
Ai bajó la vista.
Pero su mente volaba.
Flores, pensó. Tan frágiles. Tan efímeras. Las flores se marchitan.
Yo no soy una flor.
Soy una serpiente.
Y la serpiente, en ese momento, comenzaba a enrollarse alrededor del trono.
Mientras servía el sake en silencio, Ai observaba.
El emperador miraba a su concubina con una ilusión casi juvenil. Sus ojos brillaban cuando ella hablaba, cuando reía, cuando inclinaba la cabeza con fingida modestia. Era un hombre enamorado.
Qué fácil es engañar a los poderosos, pensó Ai. Creen que todo lo ven, pero no ven nada.
Debo hacer algo para acercarme a él.
Pero inmediatamente se contuvo.
Todavía no. Es muy pronto. Todo a su tiempo.
Siguió sirviendo, invisible, perfecta.
La conversación fluía entre risas y susurros. El emperador estaba claramente encantado con su favorita. Hablaban de cosas sin importancia, de las que llenan el vacío entre dos personas que creen quererse.
Pero entonces algo cambió.
La puerta se abrió.
Todos se agacharon al instante. Las cabezas se inclinaron. Los cuerpos se hicieron pequeños.
Ai, sin levantar la vista, entendió: alguien importante había llegado.
—Su majestad —dijo la concubina, y su voz tenía un temblor que Ai no le había escuchado antes.
Una mujer entró.
Vestida con la seda más oscura, la más sobria, pero también la más cara. Sin joyas ostentosas, solo las justas para recordar quién era. Su porte era el de alguien que no necesita demostrar nada porque todo el mundo sabe quién manda.
Sora. La emperatriz.
—Veo que están en una reunión importante —dijo, con una voz que cortaba como el hielo—. Nadie me avisó.
El emperador se levantó. Inusualmente rápido.
—Lo siento, querida —dijo, acercándose a ella—. Ven.
Ella se dejó llevar, pero sus ojos... sus ojos fulminaban a la concubina.
La concubina temblaba. Literalmente. Ai vio sus manos apretadas, su mandíbula tensa, el miedo en cada poro de su piel.
Qué interesante, pensó Ai. La gran favorita, la que se cree dueña del mundo, tiembla como una hoja ante la esposa.
La emperatriz no dijo nada más. Solo miró. Y esa mirada valía por mil palabras.
—Con su permiso, su majestad —dijo la concubina, levantándose con una reverencia—. Debo irme. Estoy agotada.
El emperador asintió.
—Está bien. Nos veremos mañana. Te toca dormir conmigo.
La concubina sonrió, pero era una sonrisa forzada. Salió apresuradamente, con Ai siguiéndola.
Cuando estuvieron fuera, en la seguridad del pasillo, la concubina estalló.
—¡Esa maldita perra! —siseó, apretando los puños—. Se cree mucho, y el emperador ni siquiera la soporta. Solo está con ella por obligación, por alianzas, por política. ¡Pero yo soy la que él ama!
Ai caminaba detrás, en silencio, escuchando.
—Un día de estos —continuó la concubina— me libraré de ella. Cuando sea emperatriz, cuando tenga el poder suficiente...
No terminó la frase.
Pero Ai sí.
Cuando seas emperatriz, pensó. Cuando tengas el poder suficiente. O cuando alguien con más secretos que tú decida que es momento de mover ficha.
La concubina siguió caminando, despotricando, ajena a los pensamientos de la mujer a sus espaldas.
Ajena a que la "perra" que acababa de insultar tenía en su poder las cartas que podían destruirla.
Ai sonrió en la penumbra.
Qué día tan interesante, pensó. El emperador, la concubina, la emperatriz... todos mostrando sus cartas sin saber que yo las estoy viendo
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.