"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 12: El corazón de mármol
POV: ELENA
El llanto se detuvo al amanecer. Me miré al espejo del tocador y apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Tenía los ojos hinchados, pero algo en el fondo de mis pupilas se había apagado... o quizás se había encendido un fuego diferente. El dolor de la humillación pública de anoche había actuado como un proceso de fundición: el hierro de mi carácter se estaba convirtiendo en acero.
Mi madre, Elvira, entró en la habitación. Traía una bandeja con té y un sobre con el sello de un laboratorio privado de máxima seguridad.
—He cancelado todas tus rotaciones en el hospital de los Alarcón —dijo con voz firme—. No volverás a pisar ese lugar como una subordinada. Si quieres terminar tu especialidad, lo harás en el extranjero o en nuestra propia red de clínicas.
—No, mamá —respondí, levantándome de la cama. Mi voz sonó extrañamente tranquila—. No voy a huir. Huir es de culpables. Voy a terminar mi residencia allí, pero bajo mis propios términos. Ya no soy la doctora Valente que no tiene donde caer muerta. Soy Elena Monteclaro.
—Esa es mi hija —sonrió Elvira, con una chispa de orgullo feroz—. Pero antes, haremos la prueba de ADN prenatal. No para él, sino para tener el arma cargada cuando intente volver de rodillas.
—Él no volverá, mamá. Sebastián Alarcón ha muerto para mí. Ahora solo es el hombre que duda de su propia sangre.
POV: SEBASTIÁN
El hospital se sentía como una morgue. Cada vez que pasaba por el área de residentes, esperaba ver la silueta de Elena, pero su taquilla estaba vacía. En mi oficina, las fotos que Victoria me había dado estaban esparcidas sobre el escritorio.
Algo no encajaba.
Tomé una de las imágenes donde Elena y Julián supuestamente entraban al hotel. La sombra de la marquesina se proyectaba hacia el norte, pero el reloj de la torre que se veía al fondo marcaba las diez de la mañana. En esta época del año, a esa hora, la sombra debería estar hacia el oeste.
—Maldita sea —susurré.
Fui directo a la oficina de seguridad del hospital.
—Quiero las grabaciones originales de la cámara 4 del pasillo de descanso de hace tres semanas —le ordené al técnico.
—Doctor, la junta directiva, su madre específicamente, pidió que se borraran esos archivos por "limpieza de sistema".
—¿Mi madre? —el frío me recorrió la espalda. Si mi madre estaba involucrada en borrar evidencia, entonces la duda no era un accidente. Era un plan.
POV: VICTORIA DE LA VEGA
—¡No puede ser! —grité en mi salón, lanzando el periódico contra la pared.
En la portada, no estaba el escándalo de la "bastarda" que yo esperaba. En su lugar, había una foto imponente de Elena saliendo del baile, escoltada por los guardias de los Monteclaro, con un titular que decía: "La nueva soberana de la medicina: Elena Monteclaro asume su lugar en el imperio familiar".
Mi plan de humillarla había fallado. Al atacarla públicamente, Sebastián la había empujado directamente a los brazos de su madre, y ahora ella tenía el dinero y el poder para ser intocable.
—Si no puedo destruirla con dudas, la destruiré con el miedo —le dije a mi asistente—. Busca a Bernardo. Sé que Sebastián le pagó para que se fuera, pero un hombre como él siempre vuelve por más si se le ofrece la carnada adecuada.
POV: SEBASTIÁN
Conduje como un loco hacia la mansión Monteclaro. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba pedirle perdón, aunque sabía que un "lo siento" no borraba la bofetada verbal que le di frente a toda la élite de la ciudad.
Al llegar, los guardias me bloquearon el paso.
—El Dr. Alarcón no es bienvenido —dijo el jefe de seguridad con una frialdad absoluta.
—¡Déjenme pasar! ¡Elena! —grité desde la entrada.
La puerta principal se abrió. No fue Elena quien salió, sino ella acompañada de su madre. Elena vestía un traje sastre gris, impecable, con el cabello recogido con una perfección aristocrática. Se detuvo en lo alto de la escalinata y me miró como si yo fuera un extraño que le pedía limosna.
—Elena... —mi voz se quebró—. He estado revisando las fotos. Creo que... creo que fueron manipuladas. Fui un estúpido, estaba cegado por...
—¿Cegado? —me interrumpió ella. Su voz era como una cuchilla de hielo—. No, Sebastián. No estabas cegado. Estabas siendo tú mismo. Un hombre que cree que su apellido le da derecho a juzgar y condenar sin pruebas.
—Sé que te herí, pero el bebé... podemos hacer la prueba, resolverlo juntos...
Elena bajó los escalones lentamente hasta quedar a un metro de mí. El aroma de su perfume ya no era jazmín humilde; era algo caro, complejo, inalcanzable.
—No habrá prueba "juntos", doctor Alarcón —dijo con una sonrisa gélida que me partió el alma—. Mi madre ya se encargó de la legalidad. Cuando el niño nazca, llevará el apellido Monteclaro. Tú no tendrás derechos legales, ni visitas, ni lugar en su vida. Has renunciado a tu derecho de ser padre en el momento en que me llamaste mentirosa frente a quinientas personas.
—Elena, por favor, no puedes hacerme esto. Es mi hijo.
—¿Tu hijo? —ella se acercó a mi oído, repitiendo el gesto que yo hice en la gala, pero esta vez fue ella quien dictó la sentencia—. Anoche dijiste que no tenía una gota de tu sangre. Pues bien, te tomo la palabra. A partir de hoy, este bebé y yo somos desconocidos para ti. Disfruta de tu hospital y de tu linaje vacío. Mi hijo nacerá en una familia que lo ama, no en una que sospecha de él.
Se dio la vuelta y entró en la casa sin mirar atrás. La Condesa Elvira me dedicó una última mirada de desprecio antes de cerrar la pesada puerta de roble en mi cara.
Me quedé allí, bajo la lluvia que empezaba a caer, dándome cuenta de que en mi intento por proteger mi orgullo, lo había perdido todo. Elena ya no era la chica que yo podía salvar. Ahora, ella era la que me iba a destruir.