Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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El rostro de la madrastra
Arturo se había marchado hacía apenas una hora, forzado por los médicos a descansar y por sus abogados a atender la crisis financiera que el accidente y las demandas de Damián estaban provocando. Me quedé sola, mirando el techo de la habitación, procesando el calor de ese abrazo paterno que aún sentía en mis huesos. Por un momento, me permití creer que bajo la protección de Arturo Valer, podría encontrar la paz necesaria para planear cómo recuperar a mi esposo.
Pero la paz en la vida de Ámbar Valer era una ilusión óptica.
El sonido de unos tacones finos golpeando el suelo de mármol del pasillo me puso en alerta. No era el paso firme de una enfermera, ni el caminar pesado de Arturo. Era un ritmo elegante, calculador. La puerta se abrió sin previo aviso y una mujer entró, cerrando el cerrojo tras de sí con un clic metálico que me erizó la piel.
Era Vanessa.
La reconocí al instante. En mi vida como Miranda, la había visto en un par de galas benéficas del brazo de Arturo Valer. Siempre me pareció una mujer gélida, de una belleza plástica y perfecta, pero nunca cruzamos más de un saludo cordial. Ella era la segunda esposa de Arturo, la mujer que llegó a su vida años después de que la madre de Ámbar falleciera.
Vanessa se acercó a la cama, pero no había rastro de la preocupación que Arturo me había mostrado. Sus ojos verdes me barrieron con una mezcla de fastidio y algo que se parecía mucho al asco.
—Vaya, vaya —dijo, cruzándose de brazos mientras se detenía al pie de la cama—. Así que la "niña milagro" decidió despertar después de todo. Arturo está dando saltos de alegría, pero ambas sabemos que esto es solo el principio de tu fin, ¿verdad, querida?
De repente, un destello cruzó mi mente. Un recuerdo que no me pertenecía, una imagen residual de la memoria celular de Ámbar. En el recuerdo, Ámbar estaba llorando en un rincón de la biblioteca de la mansión, y Vanessa, inclinándose sobre ella, le siseaba palabras de odio: "Nadie te cree, Ámbar. Para tu padre eres una santa, pero para mí no eres más que un estorbo que gasta el dinero que debería ser para mis hijos".
El recuerdo se desvaneció, dejándome con un sabor amargo en la boca. Ámbar no era feliz en casa. Vanessa era su torturadora silenciosa.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Vanessa, arqueando una ceja perfectamente depilada—. ¿El coma te borró lo poco que tenías de cerebro o es que finalmente te diste cuenta de que no tienes escapatoria?
—¿Qué quieres, Vanessa? —pregunté. Mi voz, la voz de Ámbar, sonó más firme de lo que esperaba.
Vanessa soltó una carcajada seca y se acercó más, invadiendo mi espacio personal. El olor de su perfume caro me resultó sofocante.
—Quiero que dejes de fingir esa mirada de corderito degollado. Sé perfectamente que pisaste ese acelerador porque eres una impulsiva emocional. Y gracias a tu "error", los Villegas nos están devorando vivos. Arturo está hundiendo la fortuna familiar tratando de salvar tu pellejo —se inclinó, y su voz bajó a un susurro letal—. Si tuvueras un poco de decencia, te habrías muerto en ese coche con la esposa de Villegas. Nos habrías ahorrado mucho dinero y muchas vergüenzas.
El impacto de sus palabras me dolió más que las de Damián. Damián me odiaba porque creía que yo era una asesina; Vanessa me odiaba simplemente por existir, por ser un obstáculo en sus planes de grandeza.
—Fuera —logré decir, señalando la puerta con una mano temblorosa.
—¿Cómo dices? —Vanessa entornó los ojos, sorprendida por mi resistencia.
—He dicho que te vayas. Ahora mismo. O gritaré y le diré a mi padre que intentaste desconectar mi monitor en cuanto entraste —mentí, sintiendo una chispa de la astucia que Miranda solía tener para los negocios.
Vanessa retrocedió un paso, sus facciones endureciéndose. Por un segundo, vi un destello de duda en ella. No esperaba que la "débil Ámbar" le respondiera.
—Te estás volviendo valiente, Ámbar. Quizás el golpe en la cabeza te acomodó las ideas —dijo, acomodándose el abrigo de piel—. Pero no te equivoques. Arturo no estará aquí siempre para protegerte. Y cuando salgas de esta clínica, te estaré esperando. El mundo te odia, y yo voy a asegurarme de que tu vida en esa mansión sea un infierno tan grande que desearás volver al coma.
Se dio la vuelta y salió de la habitación con la misma elegancia gélida con la que había entrado.
Me desplomé de nuevo contra las almohadas, agotada. La situación era mucho peor de lo que imaginé. Tenía a mi esposo queriendo enviarme a la cárcel, y a mi "madrastra" deseando mi muerte en la intimidad de mi nuevo hogar. Estaba rodeada de enemigos, y el único hombre que me amaba, lo hacía por una identidad que yo no sentía como propia.
Miré por la ventana del hospital. La ciudad de Miranda Durán seguía allí fuera, pero yo estaba atrapada en el campo de batalla de Ámbar Valer.
"Tengo que salir de aquí", pensé con desesperación. "Tengo que encontrar a Damián antes de que Vanessa o sus abogados me destruyan. Tengo que hacerle entender que sigo viva".
Pero, ¿cómo convencer a un hombre destrozado de que su esposa muerta habita el cuerpo de la chica que la mató, mientras su propia familia política acecha como buitres esperando el final?
En ese momento, comprendí que no bastaba con ser Miranda. Para sobrevivir y recuperar mi vida, tendría que aprender a jugar el juego de Ámbar, pero con las reglas de una mujer que ya no tenía nada que perder.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭