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EL ALFA QUE ME ODIABA

EL ALFA QUE ME ODIABA

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mitos y leyendas / Hombre lobo / Omegaverse
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Dyanne Valdez

"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?

NovelToon tiene autorización de Dyanne Valdez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: La Desobediencia

Los días siguientes fueron una cárcel dentro de otra cárcel.

Damián había duplicado la seguridad. Ahora había betas de vigilancia en cada puerta, en cada pasillo, en cada rincón del jardín. No podía dar un paso sin que alguien me observara.

—Esto es insoportable —le dije a Elara mientras desayunábamos en mi habitación—. No soy una prisionera.

—Técnicamente —dijo ella, con una media sonrisa—, sí lo eres.

La fulminé con la mirada.

—No ayudas.

—Lo siento. Es que todo esto es tan surrealista que a veces solo puedo reírme para no llorar.

Suspiré. No podía culparla.

—Necesito salir —dije de repente.

Elara dejó el tazón a medio camino de sus labios.

—¿Perdona?

—Mi portátil. Está en mi antiguo apartamento. Tengo que matricularme en la universidad la semana que viene, y necesito seleccionar las materias. Es online, pero sin mi ordenador no puedo hacer nada.

—¿Y no puedes pedirle a Damián que te compre uno nuevo?

—No quiero deberle nada más.

Elara me miró con esa expresión suya, la que decía "vas a hacer una locura y yo voy a tener que seguirte".

—¿Y cómo piensas salir? Con toda la seguridad que hay...

—No lo sé todavía. Pero tengo que intentarlo.

Esa tarde, fui a hablar con Damián.

Lo encontré en su despacho, como siempre. Mirando papeles, con Marcus a su lado. Desde el incidente de la foto, no se separaban.

—Necesito hablar contigo —dije desde la puerta.

—Pasa.

Entré. Marcus me miró con desconfianza, como siempre.

—Necesito ir a mi antiguo apartamento —solté sin rodeos.

El bolígrafo de Damián se detuvo.

—No.

—No has escuchado mis razones.

—Da igual. No vas a salir de esta mansión.

—¡Es mi portátil! Necesito matricularme en la universidad. Los plazos se cierran la semana que viene.

Damián levantó la vista. Sus ojos dorados me evaluaron con esa frialdad que tanto odiaba.

—Dime qué necesitas. Yo lo compraré.

—No quiero que compres nada. Quiero mi portátil. Tiene mis archivos, mis apuntes, mis cosas.

—Dame una lista. Irán a buscarlo.

—No sabes qué es lo que necesito exactamente. Solo yo sé qué archivos son importantes.

—Entonces ve con Marcus. Él te acompañará.

—¡No quiero ir con Marcus! Quiero ir sola. Cinco minutos. Entrar, cogerlo, salir.

Damián se levantó. Dio la vuelta al escritorio y se acercó a mí con esa步 amenazante que usaba cuando quería intimidarme.

—Escúchame bien, Lola —dijo en voz baja—. Kael te estuvo observando durante meses. Tiene una foto tuya. Sabe dónde vivías. Sabe dónde trabajabas. Y ahora ha enviado un mensaje. Si pones un pie fuera de esta mansión, te estará esperando. ¿Lo entiendes?

—¿Y qué quieres que haga? ¿Quedarme encerrada para siempre?

—Si es necesario, sí.

—¡No puedo vivir así, Damián!

—¡Pues tendrás que aprender!

Su rugido retumbó en el despacho. Marcus dio un paso adelante, pero Damián lo detuvo con un gesto.

Me sostuvo la mirada. Y a través del vínculo, sentí su lucha: la furia, el miedo, y algo más que no podía identificar.

—Por favor —dijo, y la palabra sonó extraña en su boca—. No salgas.

Me quedé en silencio un momento.

—Vale —dije al fin—. No saldré.

Damián asintió, aliviado.

Pero yo ya estaba planeando cómo hacerlo.

Tres días después, encontré mi oportunidad.

Eran las tres de la madrugada. Damián estaba en su ala de la mansión; lo sentía a través del vínculo, dormido por fin después de noches en vela. Los guardias hacían rondines cada veinte minutos. Lo había comprobado.

Esperé el momento justo.

Cuando el guardia pasó, conté hasta treinta y salí de mi habitación. Conocía la mansión lo suficiente para esquivar las zonas vigiladas. Una puerta trasera, sin candado. El jardín. El muro lateral, el más bajo.

Cinco minutos después, estaba en la calle.

El corazón me latía con fuerza. El vínculo, al otro lado, seguía tranquilo. Damián aún dormía.

Solo serán unos minutos, pensé. Ida y vuelta.

Mi antiguo apartamento estaba igual que lo había dejado. Vacío, frío, con ese olor a abandono de las casas sin gente.

Entré rápido. Mi portátil estaba sobre la mesa, donde lo había dejado. Lo guardé en la mochila y me giré para irme.

Fue entonces cuando lo vi.

Sobre la mesilla, un sobre blanco. Con mi nombre.

No estaba antes. Yo no lo había dejado ahí.

Con las manos temblorosas, lo abrí.

Dentro, una foto. La misma que había visto Damián. Yo en la cafetería, sonriendo. Y al dorso, unas palabras:

"Sé que vendrías. Siempre vuelves por tus cosas. Nos vemos pronto, vieja amiga."

K.

El aire se congeló en mis pulmones.

—No... no puede ser...

Un ruido. Detrás de mí.

Me giré de golpe, pero no había nadie. Solo la puerta entreabierta, moviéndose lentamente con el viento.

Salí corriendo.

Llegué a la mansión temblando, con la foto arrugada en el puño.

Los guardias me vieron entrar, pero no dijeron nada. Probablemente no sabían que había salido. Probablemente pensaban que volvía de dar un paseo por el jardín.

Subí a mi habitación como una exhalación. Cerré la puerta. Me apoyé en ella, jadeando.

—¿Lola?

La voz de Elara me hizo dar un salto.

—¿Qué haces aquí? —susurré.

—No podía dormir. Oí ruidos. ¿Dónde estabas?

Le mostré la foto.

—Fui a por mi portátil. Y esto estaba allí.

Elara la tomó, la leyó. Palideció.

—Lola... esto es... él sabía que irías.

—Lo sé.

—¿Cómo? ¿Cómo podía saberlo?

—No lo sé. Pero lo sabía.

Un golpe en la puerta nos hizo saltar a las dos.

—Lola. Abre.

La voz de Damián. Helada. Peligrosa.

—M**rd* —susurré.

—¿Qué hago? —preguntó Elara.

—Escóndete. En el baño. Rápido.

Ella obedeció. Cuando la puerta del baño se cerró, yo abrí la de la habitación.

Damián estaba allí. Con el rostro de piedra y los ojos ardiendo.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—En mi habitación. Durmiendo.

—Mientes.

—No...

—¡Mientes, Lola! —Entró en la habitación como una tormenta—. Te he sentido. Te he sentido salir de la mansión hace una hora. El vínculo... el vínculo me despertó. Y te he sentido alejarte.

Mi corazón se detuvo.

—Yo...

—¿Dónde. Estabas?

Le mostré la foto.

Damián la tomó. La leyó. Y entonces...

Nunca había visto a un hombre enfurecerse tan rápido.

Su rugido hizo temblar las ventanas. El jarrón de la mesilla estalló contra la pared. La lámpara voló por los aires.

—¡¿Pero qué has hecho?! —gritó, y su voz era puro dolor—. ¡Te dije que no salieras! ¡Te lo advertí!

—¡Necesitaba mi portátil!

—¡Podrías haber muerto! ¡Podría haberte encontrado!

—¡Me encontró! —grité de vuelta—. ¡La foto estaba allí, Damián! ¡Sabía que iría! ¿No lo entiendes? ¡Sabe todo de mí!

El silencio cayó entre nosotros.

Damián me miraba con los ojos desencajados, el pecho subiendo y bajando con violencia. Y a través del vínculo, sentí algo que nunca había sentido.

No era furia.

Era terror.

Terror puro, helado, desgarrador.

—Damián... —susurré.

—No —dijo, dando un paso atrás—. No. No puedes hacerme esto.

—¿Hacerte qué?

—No puedes... no puedes ponerte en peligro así... no puedes...

Su voz se quebró.

Y entonces, por primera vez, vi a Damián Blackwood con los ojos llenos de lágrimas.

—Casi te pierdo —susurró—. Y ni siquiera... ni siquiera sabes lo que eso significa para mí.

Se giró y salió de la habitación antes de que pudiera responder.

Me quedé allí, paralizada, con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.

Ni siquiera sabes lo que eso significa para mí.

¿Qué significaba?

¿Por qué sonaba como si yo fuera... todo para él?

Elara salió del baño lentamente.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No lo sé.

—Lola... él...

—Ya lo sé.

Nos miramos en silencio.

Y por primera vez, empecé a preguntarme si Damián Blackwood no me odiaba tanto como decía.

O quizá...

Quizá el problema era exactamente el contrario.

A la mañana siguiente, Damián me esperaba en el despacho.

Parecía haber recuperado la compostura. Su rostro era de nuevo la máscara impasible de siempre. Pero el vínculo me decía que por dentro seguía hecho pedazos.

—Siéntate —dijo.

Obedecí.

—Kael —comenzó—. Te mereces saber quién es realmente.

—Te escucho.

—Es el Alfa de la manada Shadowfang. Controla el sector oeste de la ciudad. Es rico, poderoso, y tiene una obsesión enfermiza con las omegas.

—¿Qué clase de obsesión?

Damián apretó la mandíbula.

—Las colecciona.

Un escalofrío me recorrió.

—¿Cómo que las colecciona?

—Tiene un harén. Omegas que ha ido reuniendo a lo largo de los años. Algunas van por voluntad propia, atraídas por su poder. Otras... otras no tuvieron elección.

—¿Y yo? ¿Por qué yo?

—Porque no eres una omega normal, Lola. Tu lobo dormido... eso te hace especial. Y Kael quiere lo especial.

—Pero yo no lo conozco. Nunca lo he visto.

—Da igual. Te ha visto él. Y eso es suficiente.

Esa misma tarde, Damián me llevó de nuevo a la cabaña de Selene.

La anciana nos esperaba con una tetera humeante y una expresión grave.

—Sabía que volveríais —dijo—. Siéntense.

—Necesitamos respuestas —dijo Damián sin rodeos—. Sobre su lobo. Sobre por qué Kael la quiere.

Selene asintió lentamente.

—El lobo de Lola no está dormido por casualidad, niña. Alguien lo encerró con un propósito. Y cuando despierte...

—¿Cuando despierte, qué? —pregunté.

—Cuando despierte, desatará algo que llevas dentro desde que naciste. Algo que los alfaz como Kael huelen a kilómetros.

—¿El qué?

Selene me miró con sus ojos pálidos.

—Poder, niña. Un poder que ni tú misma conoces. Y que Kael quiere para sí.

El silencio se instaló en la cabaña.

Damián me miró. Yo lo miré.

Y en sus ojos, por primera vez, no vi odio.

Vi miedo.

Miedo por mí.

—No dejaré que te toque —dijo en voz baja—. Pase lo que pase.

Y por primera vez, le creí.

1
Carola Videla 😈🇦🇷
si eso es el problema, lo que siente y no quiere sentir. Pobres omegas tanto odio por ellos , que injusto
tomatito
podra mandar él, pero en la cama manda ella y el obedece 🤣🥰
tomatito
me enamore de la historia y apenas es el caitulo dos😶
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