Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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Capítulo 4
...Línea de fuego...
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El tercer disparo fue el más cercano.
No sonó lejano. No sonó externo.
Sonó dentro de la propiedad.
El aire del comedor se volvió irrespirable.
—Señora, por favor —insistió Marta, acercándose a mí—. Debemos movernos.
Pero yo ya estaba caminando hacia la puerta.
No iba a quedarme sentada esperando noticias como si fuera una figura decorativa.
—Alessia —advirtió el hombre canoso desde la mesa—. No es prudente.
Lo ignoré.
En el pasillo, dos hombres armados corrían hacia el ala oeste. Las luces exteriores parpadeaban. Gritos apagados rompían la calma artificial de la mansión.
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía oír mis propios pasos.
Entonces lo vi.
Thiago avanzaba por el corredor opuesto, firme, rodeado por dos de sus hombres. Su camisa blanca estaba manchada de rojo.
Mi respiración se cortó.
No sabía si la sangre era suya.
Él levantó la mirada y me encontró allí, de pie en medio del pasillo, desobedeciendo cada una de sus órdenes.
Su expresión cambió al instante.
Oscura. Tensa.
Peligrosa.
—¿Qué estás haciendo aquí? —su voz fue baja, pero cargada de autoridad.
—Escuché disparos —respondí—. No soy sorda.
Se acercó con paso decidido. Cuando estuvo frente a mí, noté un corte superficial en su ceja y sangre en sus nudillos.
No parecía gravemente herido.
Pero parecía furioso.
—Te dije que no salieras.
—Y tú dijiste que no era una prisionera.
Sus hombres intercambiaron miradas incómodas.
Thiago tomó mi brazo con firmeza —sin lastimarme, pero sin suavidad— y me llevó hacia una sala privada cercana. Cerró la puerta tras nosotros.
El silencio dentro fue brutal.
—No entiendes el nivel de riesgo al que estás expuesta —dijo finalmente.
—Entonces explícame.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Los Ivanov no atacaron el cargamento por dinero. Atacaron para provocar. Para medir mi reacción.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Se acercó un paso más.
—Ahora tengo esposa.
La frase cayó pesada.
—Eso te hace vulnerable —continuó—. Y a ellos les encantan las debilidades.
El significado me golpeó con claridad.
—¿Soy tu debilidad?
No respondió de inmediato.
Su silencio fue suficiente.
—No pedí estar aquí —murmuré.
—Lo sé.
Su voz bajó apenas, perdiendo una fracción de dureza.
—Pero ahora estás aquí. Y eso cambia las reglas.
Mis ojos descendieron a la sangre en su camisa.
—Estás herido.
—No es nada.
—Si no fuera nada, no estarías sangrando.
Intentó apartarse, pero lo detuve por impulso, tomando suavemente su muñeca.
El contacto fue eléctrico.
—Siéntate —ordené.
Él arqueó una ceja.
—¿Me estás dando órdenes?
—Sí.
Por un segundo pensé que se negaría.
Pero se sentó.
Tomé una pequeña caja de primeros auxilios que había en un gabinete cercano. Me acerqué con una gasa húmeda y limpié el corte de su ceja.
Él no apartó la mirada de mí ni un segundo.
—No tienes que hacer esto —dijo en voz baja.
—No lo hago por ti.
—¿Entonces por quién?
—Por mí. Si vas a arrastrarme a tu guerra, al menos quiero que estés entero.
Sus labios se tensaron apenas.
Cuando terminé, retrocedí un paso.
—Gracias —dijo.
La palabra sonó extraña en su boca.
—No te acostumbres.
Un golpe fuerte resonó contra la puerta.
Ambos nos tensamos.
Uno de sus hombres habló desde afuera:
—Señor, el perímetro está asegurado. Pero encontramos algo.
Thiago se levantó de inmediato.
—¿Qué?
—Un mensaje.
Su mirada se endureció.
Abrió la puerta y salió. Yo lo seguí antes de que pudiera detenerme.
En el jardín principal, junto a la fuente, había un hombre arrodillado, sostenido por dos guardias. Tenía el rostro golpeado y una sonrisa sangrienta.
—Diles —ordenó Thiago con voz glacial.
El hombre escupió al suelo.
—Saludos de los Ivanov.
Uno de los guardias levantó la camisa del capturado.
Mi estómago se contrajo.
Habían grabado algo en su piel con un cuchillo.
Una sola palabra:
Esposa.
Mi cuerpo se heló.
No era una amenaza para él.
Era para mí.
Thiago no reaccionó de inmediato. Observó la escena con una calma aterradora.
Luego dio una orden en voz baja que no alcancé a escuchar.
El hombre fue arrastrado lejos.
Silencio.
El viento nocturno movía ligeramente mi vestido.
Thiago se volvió hacia mí lentamente.
—A partir de ahora —dijo con voz firme—, no darás un paso sin escolta.
—No puedes encerrarme.
—No es encierro. Es supervivencia.
—No voy a vivir con miedo.
Se acercó hasta quedar a centímetros de mi rostro.
—No te estoy pidiendo que vivas con miedo, Alessia. Te estoy diciendo que otros ya decidieron convertirte en objetivo.
El peso de sus palabras se instaló en mi pecho.
—Esto es solo el comienzo, ¿verdad?
No respondió.
Pero en sus ojos había una verdad indiscutible.
Sí.
Y yo ya estaba demasiado dentro para retroceder.