A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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¿Quién es Ana?
Diego no pudo conciliar el sueño. El peso del anillo en su bolsillo parecía quemarle la piel, y el sonido del llanto contenido de Giselle a través de la pared le desgarraba el pecho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Se sentía un miserable por haberle arrancado la cadena y por haber forzado su entrada a la habitación; ahora estaba seguro de que ella no deseaba estar a su lado, pero el pensamiento de que atesoraba aquel objeto por "otro hombre" lo volvía loco de celos. Lo irónico era que aquel hombre era él mismo. Ella lo ignoraba, y ese desconocimiento mutuo lo estaba consumiendo.
Cerca de las tres de la mañana, el silencio en el dormitorio de Giselle se transformó en algo más inquietante: quejidos y palabras entrecortadas. Vencido por la preocupación, Diego abrió la puerta con suavidad. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, iluminando a una Giselle que se agitaba entre las sábanas, atrapada en una pesadilla. Tenía el rostro empapado en sudor y las manos crispadas sobre la almohada.
Él desvió la mirada hacia el móvil en el piso y lo tomó entre sus manos; era sorprendente que aún encendiera tras el golpe. Miró el registro de llamadas y notó que todas iban dirigidas al tal Enrique, solo que ese nombre estaba acompañado por una palabra reveladora: "Hospital".
—No... por favor, no me la quiten... —susurró ella con una voz tan rota que Diego sintió un vuelco en el corazón. Dejó de lado el teléfono y se acercó a ella.
Se sentó en el borde de la cama, dudando si tocarla. Finalmente, extendió la mano y apartó un mechón de cabello de su frente. Estaba ardiendo.
—Giselle, despierta. Es solo un sueño —dijo en un susurro, su voz perdiendo toda la frialdad de las horas anteriores.
Ella no despertó, pero su cuerpo buscó instintivamente el calor de la mano de Diego. Se aferró a su muñeca con una fuerza desesperada.
—Perdóname, Ana... —sollozó entre sueños—. Perdóname por no estar ahí cuando despertaste... mami va a volver, te lo prometo.
Diego se quedó petrificado. "¿Ana?". Ese no era el nombre de un amante. "Mami". El aire pareció abandonar sus pulmones y la palabra resonó en su mente como una explosión. Miró a la mujer que tenía frente a él, tan pequeña y vulnerable en medio de la inmensa cama, y una sospecha aterradora empezó a tomar forma. ¿Y si Enrique no era su amante? ¿Y si todo el dinero y la desesperación no eran por un hombre, sino por una niña?
—Giselle... —la llamó, esta vez con urgencia.
Ella abrió los ojos de golpe, desorientada. Al ver a Diego tan cerca, el pánico inundó sus facciones y se alejó como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, tratando de recuperar el aliento y limpiándose las lágrimas con brusquedad.
—Estabas gritando —respondió Diego, con una mirada que ahora mezclaba confusión y una creciente culpabilidad—. Hablabas de una tal Ana. Decías que eras su madre.
Giselle sintió que el mundo se detenía. El secreto que había guardado con tanto celo estaba a punto de estallar frente al hombre más peligroso de su vida.
—Es... es una paciente —mintió, aunque su voz tembló de forma evidente—. Una niña que necesitaba una operación de emergencia. Me afectó mucho, eso es todo.
Diego la observó en silencio. No le creía. Una cirujana con su experiencia no se desmoronaba así por una paciente, a menos que esa paciente fuera su propia vida. Para no atormentarla más, salió de la habitación lleno de dudas; si las cosas eran como pensaba, Giselle tenía una hija con otro hombre, uno al que realmente amaba.
Al salir el sol, Giselle ya estaba en pie. Tras pasar el resto de la noche en vela, marcó el número de Enrique esperando que su móvil funcionara a pesar de la pantalla destruida. Para su sorpresa, la llamada conectó.
—Buenos días, Enrique. ¿Cómo está Ana? —preguntó desesperada.
—Ana está bien. Despertó y preguntó por ti, pero bajo los efectos de la anestesia volvió a dormirse.
—Tengo algo que hacer antes de ir al hospital. Si despierta, dile que mami irá pronto.
—No tardes, ella te necesita ahora más que nunca.
Giselle apretó el móvil sintiéndose impotente. Tras ducharse y vestirse con la ropa que el chofer le había traído, salió al encuentro de un Diego pensativo en la sala.
—Pensé que dormirías más —dijo él con voz ronca.
—Tengo cosas que hacer —respondió ella caminando hacia la puerta.
—No he dicho que puedas irte. Recuerda nuestro trato: hoy registraremos nuestro matrimonio.
—No lo he olvidado. Pensé que se había retractado.
—Soy hombre de negocios, Giselle. Y esta unión es mi mayor transacción. Una vez seas mi esposa, mi abuelo me dará el control total de la empresa.
—Sé que solo soy un objeto para usted, que podrá tomar y dejar a su antojo. Anoche me quedó muy claro.
Giselle fue a cambiarse de ropa por un atuendo que había mandado a pedir el mismo Diego, si ella sería su esposa no luciría como una Sandoval cualquiera.
Al verse al espejo Giselle pensó: "ya ni mi propia ropa podré elegir. Pero la vida de mi hija lo vale". Con eso en mente salió de la habitación dispuesta a venderse por el bienestar de lo que más amaba en su vida su hija: Ana Sofía.
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️