Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 2
Algunas heridas no se ven. Solo se sienten… como el eco de una ausencia que nunca se va.
Isabela Morelli, hija menor de Donato, heredera de todo… menos del mundo que le pertenecía a su padre.
Sentada junto a su ventana favorita, con la brisa marina entrando entre las cortinas, tenía un pincel en la mano. El agua se movía en su bandeja de acuarelas, pero ella no podía pintar. No ese día.
La tristeza tenía un color.
Era gris opaco con bordes negros.
Y olía a sal y a cenizas.
Nicolás había muerto.
Su hermano. Su único hermano.
Y aunque había sido él quien traicionó a la familia, aunque había sido él quien cruzó la línea, eso no hacía que doliera menos. Porque a ella le dolía diferente. No por lo que él había hecho… sino por el vacío que dejaba. Por la certeza de que nunca más lo vería entrar por la puerta con esa sonrisa torcida y la voz ronca diciéndole: "¿Qué estás pintando ahora, Isa?"
La familia le había enseñado que la traición se pagaba con sangre.
Eso no estaba en discusión.
Así era este mundo. Así siempre fue.
—Nacimos con una deuda de sangre —le había dicho su padre alguna vez mientras le acariciaba el cabello cuando era niña—. Y esa deuda se paga… con lealtad o con muerte.
Pero ella…
Ella nunca fue parte de eso.
Y lo agradecía.
Papá nunca la empujó hacia el negocio. Nunca la trató como un activo ni como un nombre más en una cadena de poder.
La había protegido.
Amado. Intensamente.
Ahora, ella era todo lo que le quedaba. Y él… lo único que la anclaba a este mundo.
La pintura era su refugio.
Las acuarelas, sus palabras.
Ella no sabía cómo decir lo que sentía.
No sabía cómo acercarse a los demás.
Y, sobre todo… no soportaba que la tocaran.
Era algo físico. Instintivo.
El más leve contacto podía desencadenar una crisis.
Excepto…
Excepto ayer.
Isabela dejó caer el pincel en el agua. El recuerdo volvió con una fuerza absurda.
El choque.
El pecho de aquel hombre.
Su altura imponente, su mirada oscura como el fondo del océano, su energía densa, peligrosa.
Ella no sabía quién era.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de él…
Todo se detuvo.
No hubo miedo.
No hubo pánico.
No hubo el rechazo automático de siempre.
Solo un escalofrío que no sabía interpretar.
—¿Qué fue eso? —susurró para sí misma.
No podía sacarlo de su mente.
Esa mirada.
Ese momento.
Había crecido entre hombres peligrosos. Su padre lo era. Los capos que lo visitaban también. Había aprendido a reconocer el peligro como se reconoce una tormenta en el cielo.
Pero aquel hombre…
Era diferente.
Más crudo. Más real. Como si el infierno mismo caminara en sus botas.
Y, sin embargo, no la había asustado.
La había desconcertado. La había tocado. Sin romperla.
Se abrazó las piernas sobre la silla. Quería esconderse. Quería entender.
Y sobre todo, quería hablar con su padre.
No se iría. No podía.
—No voy a viajar la próxima semana —se dijo con firmeza, como si dijérselo también a él.
El país Z, su curso de pintura, todo eso podía esperar.
Ella no estaba bien.
Su mente no estaba bien.
Necesitaba ver al Dr. Isaías. Su psiquiatra desde que tenía memoria. Él era el único que entendía lo que pasaba en su cabeza cuando el mundo se volvía demasiado fuerte.
Isabela no lloró. Pero sintió la presión en el pecho, esa que llegaba cuando las emociones se acumulaban sin salida.
Era como estar atrapada bajo el agua sin saber cómo subir.
Cerró los ojos. Y volvió a verlo.
Ese hombre.
Frío. Oscuro. Doloroso.
Hermoso.
No sabía su nombre.
Pero su presencia…
Había entrado en ella como una gota de tinta en agua clara.
Y aunque intentara huir, esa mancha se estaba expandiendo.