En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 09
El tiroteo en el puerto terminó tan abruptamente como empezó cuando las sirenas de la Interpol empezaron a aullar en la distancia. Volkov y sus hombres se replegaron hacia lanchas rápidas, desapareciendo en la oscuridad del mar, pero el daño ya estaba hecho. Dos de los contenedores con la evidencia clave habían sido destruidos por granadas incendiarias.
Clara regresó al ático al amanecer. Su ropa estaba manchada de hollín y su brazo izquierdo tenía un roce de bala que apenas sentía debido a la adrenalina. Gabriel entró poco después, dejando su rifle de precisión sobre la mesa de mármol. Su rostro estaba sombrío, sus ojos escaneando a Clara en busca de heridas.
—Estás herida —dijo él, acercándose con un botiquín.
—Es solo un rasguño —respondió ella, apartándolo con brusquedad—. Lo que me duele es la filtración. Gabriel, nadie sabía que yo estaría físicamente en la supervisión del Sector 7. Nadie sabía la hora exacta de la entrega a la Interpol, excepto tú, Esteban y los líderes de las facciones que convoqué.
Se hizo un silencio denso. Clara se sentó en el sofá, observando a Gabriel. La confianza que habían construido en la cama la noche anterior parecía ahora un castillo de naipes frente a una tormenta.
—¿Sospechas de mí? —preguntó Gabriel, su voz herida pero firme. Se arrodilló frente a ella, obligándola a mirarlo—. Te he salvado la vida tres veces en las últimas seis horas, Clara. Si quisiera entregarte, no habría necesitado a un ruso psicópata para hacerlo.
—En este negocio, la salvación a veces es solo una forma de asegurar una recompensa mayor —replicó ella, aunque su corazón le decía lo contrario. El dolor de la traición de Julián todavía estaba demasiado fresco, una llaga abierta que le impedía ver la lealtad como algo real—. Julián también decía que me amaba mientras le pasaba mis rutas a los Beltrán.
—Yo no soy Julián —gruñó Gabriel, sujetando su rostro con firmeza—. Yo soy el hombre que se queda cuando todos los demás huyen. Pero si no puedes confiar en mí, entonces esta alianza ha terminado antes de empezar.
Clara suspiró, cerrando los ojos por un momento. La vulnerabilidad la aterraba. Ser "La Sombra" significaba ser autosuficiente, pero la aparición de Volkov había demostrado que incluso ella tenía límites.
—Trae a Esteban —ordenó finalmente—. Y convoca a los líderes de las familias para la reunión de esta noche. Si hay un traidor entre nosotros, lo encontraré. Y juro que deseará haber muerto en el puerto con los hombres de Volkov.
La reunión tuvo lugar en el sótano de una antigua biblioteca, un lugar que Clara usaba para los asuntos de máxima confidencialidad. Los cuatro líderes de las facciones menores estaban sentados a una mesa circular, rodeados de guardaespaldas. Clara entró última, vestida de negro absoluto, su presencia llenando la sala con una energía opresiva.
Gabriel se situó a su derecha, con la mano cerca de su arma. Esteban, a su izquierda, sostenía una carpeta con documentos.
—Señores —comenzó Clara, su voz gélida recorriendo la sala como una brisa invernal—. Como saben, anoche tuvimos un... inconveniente en el puerto. Los Beltrán intentaron jugarnos una mala pasada usando a un viejo conocido, Viktor Volkov.
Murmullos de sorpresa recorrieron la mesa. Uno de los líderes, un hombre gordo llamado Moretti, se aclaró la garganta.
—Sombra, todos lamentamos lo ocurrido. Pero Volkov es un problema de seguridad nacional. Si él está de vuelta, las reglas cambian. Quizás es momento de considerar la oferta de paz de los Beltrán.
Clara sonrió. Era la sonrisa de un depredador que acaba de detectar un movimiento en la maleza.
—¿Paz, Moretti? ¿O sumisión? —preguntó ella, caminando lentamente alrededor de la mesa—. Es curioso que menciones la paz. Esteban, ¿podrías mostrarnos los registros de llamadas que interceptamos esta mañana del repetidor cercano a la hacienda Beltrán?
Esteban abrió la carpeta y deslizó varias hojas sobre la mesa. Eran registros detallados. Moretti palideció, sus manos empezaron a temblar.
—Parece ser —continuó Clara, deteniéndose justo detrás de Moretti— que alguien en esta mesa estuvo en contacto con el jefe de seguridad de Lorenzo Beltrán exactamente diez minutos después de que yo anunciara la operación en el puerto.
—¡Es un montaje! —gritó Moretti, intentando levantarse.
En un movimiento que nadie vio venir, Clara sacó un estilete de su manga y lo clavó con fuerza en la mano de Moretti, fijándola a la mesa de madera. El grito de dolor del hombre llenó la biblioteca. Sus guardaespaldas intentaron reaccionar, pero Gabriel ya tenía su arma desenfundada y apuntando a la cabeza del más cercano.
—Nadie se mueve —ordenó Gabriel, su voz era puro acero.
Clara se inclinó hacia el oído de Moretti, quien sollozaba y suplicaba.
—Lo que más odio en este mundo, Moretti, no es la ambición. Es la estupidez. Creíste que podías jugar a dos bandas y salir ileso. ¿Cuánto te ofrecieron? ¿Un porcentaje de las rutas de trata? ¿Una mansión en el Caribe?
—¡Por favor, Sombra! ¡Tengo familia! —aulló el hombre.
—Todos tenemos familia, Moretti. La mía fue traicionada por hombres como tú —dijo Clara, su voz cargada de una emoción real y dolorosa que rara vez mostraba—. Esteban, encárgate de sus activos. Gabriel, saca esta basura de aquí. Que el resto vea lo que sucede cuando se duda de mi liderazgo.
Los otros líderes permanecieron en silencio, petrificados. La lealtad, en ese momento, no era una cuestión de honor, sino de supervivencia. Clara los miró uno a uno, su autoridad restaurada a través de la violencia necesaria.
—La guerra contra los Beltrán y Volkov sigue en pie —sentenció ella—. Mañana, quien no esté en su puesto, será considerado un enemigo. Pueden irse.
Cuando la sala se vació, Clara se dejó caer en su silla, exhausta. La adrenalina se estaba desvaneciendo, dejando paso a una soledad abrumadora. Gabriel se acercó y puso una mano en su hombro. Esta vez, ella no lo apartó.
—Uno menos —dijo Gabriel suavemente.
—Faltan muchos más —susurró ella—. Y Volkov sigue ahí fuera. Él no es como Moretti. Él no tiene miedo a morir. Y eso lo hace el hombre más peligroso del mundo.