Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Viaje
El día del viaje amaneció despejado.
Demasiado despejado para alguien que, técnicamente, había muerto hacía poco y ahora iba rumbo a una nueva vida con presupuesto ilimitado.
Abigail bajó las escaleras con un vestido de viaje elegante pero cómodo..
[adiós corsé asesino nivel tortura medieval, hola versión respirable..]
—¿Todo listo? —preguntó, mirando los baúles como si estuviera supervisando una expedición militar.
El mayordomo asintió.
Antes de subir al carruaje, Abigail se detuvo.
—Ah, y tráiganme una botella de vino Stevens. Del reserva.
El mayordomo parpadeó.
—¿Para el viaje, milady?
Ella sonrió.
—Exactamente para el viaje.
Minutos después, el carruaje avanzaba por el camino polvoriento que dejaba atrás los viñedos. Las ruedas crujían. El paisaje se abría en colinas suaves y campos dorados.
Iba sola dentro.
Sola, pero no triste.
La botella descansaba a su lado como fiel compañera.
Abigail la miró, la levantó con ceremonia exagerada y dijo..
—Por mí. Porque sobreviví. Dos veces.
Descorchó con más entusiasmo que elegancia y dio un buen trago directo de la botella.
Suspiró.
—Dios mío… sí que sabemos hacer vino.
Se acomodó en el asiento, apoyó la cabeza contra la pared acolchada del carruaje y empezó a reír sola.
No una risa contenida.
Una risa libre.
—Estoy viva.. ¡Viva! Y no tengo fiebre, ni doctor diciéndome cuánto tiempo me queda.
Miró sus manos.
Firmes. Jóvenes. Sin cicatrices conocidas.
—Soy rica. Soy hermosa. Tengo viñas. Tengo vino. Tengo una madre amorosa y hermanas que paren bebés sanos.
Bebió otro trago.
—Y sí, tengo un corazón roto.. Pero, por favor.
Se recostó hacia atrás.
—Hombres hay muchos.
Levantó la botella como si estuviera dando un discurso en una plaza.
—¡Muchos!
Luego bajó la voz, conspiradora.
—Y algunos incluso no están casados.
Se echó a reír otra vez.
El carruaje avanzaba entre campos y pequeños pueblos. El aire entraba por la ventanilla abierta, moviendo su cabello rojo.
Abigail empezó a cantar.
No como dama aristocrática educada.
Cantaba como quien ha bebido un poco y no tiene testigos importantes.
—♪ Segunda vida, segunda ronda, ahora sí que no me esconda… ♪
Se detuvo.
—Bueno, claramente necesito compositor.
Volvió a cantar algo improvisado, mezclando canciones populares con letras absurdas sobre duques malhumorados y montes peligrosos.
—♪ Si me ignoras en tu casa, yo me voy a la capital… ♪
Se rió sola.
—Oh, eso rimó. Soy un genio.
Miró por la ventana y vio cómo el paisaje cambiaba lentamente. El mundo era amplio. Más grande que un amor no correspondido.
Más grande que una humillación pública.
Más grande que un idiota alto con complejo de estatua.
Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.
—Escúchame bien, universo.. Ya no soy la niña que se lanza de un monte por drama romántico.
Bebió otro trago.
—Ahora soy la mujer que se bebe el vino y se muda de pueblo..
Se dejó caer nuevamente contra el asiento y soltó una carcajada.
Había algo gloriosamente liberador en no tener miedo a morir.
Porque cuando ya cruzaste esa línea una vez… muchas cosas pierden poder.
El rechazo pierde poder.
La vergüenza pierde poder.
El “qué dirán” pierde poder.
—Que hablen.. Yo estaré ocupada viviendo.
El carruaje avanzaba con ritmo constante.
Abigail empezó a imaginar la capital.. calles llenas de carruajes, salones elegantes, fiestas interminables, música, chismes frescos.
Nuevas personas.
Nuevas oportunidades.
Y sí… nuevos hombres.
Pero esta vez no iba a suspirar desde una esquina.
Iba a caminar al centro del salón.
Iba a reír fuerte.
Iba a bailar si le daba la gana.
Y si alguien la ignoraba…
—Pues que se compre ojos nuevos —murmuró con descaro.
Le dio el último trago a la botella y la dejó rodar suavemente por el asiento.
Luego apoyó la cabeza y cerró los ojos, aún sonriendo.
El carruaje seguía su camino hacia la capital del reino.
Y dentro, una pelirroja rica, hermosa y peligrosamente viva cantaba sola, celebrando no un amor perdido… Sino la deliciosa oportunidad de empezar de nuevo.
El viaje iba glorioso.
Demasiado glorioso.
Abigail iba medio recostada en el asiento del carruaje, cantando la cuarta versión de una canción inventada sobre “duques insoportables y mujeres renacidas”, cuando el carruaje dio un tirón brusco.
Se detuvo.
Ella abrió un ojo.
—Si es otro monte dramático, no pienso bajarme —murmuró.
Se escucharon voces afuera. El relinchar de caballos. El sonido metálico inconfundible de armaduras.
La puerta del carruaje se abrió con cuidado.
La doncella que viajaba con ella.. en otro carruaje
una joven de ojos y cuerpo grandes y expresión nerviosa.. asomó la cabeza.
—Mi lady… soy Mila.
Abigail parpadeó.
Ah, sí. Mila. La habían asignado como acompañante para el viaje.
—Mila, ¿qué ocurre? —preguntó Abigail, intentando sonar sobria y aristocrática, no como alguien que acaba de cantar sobre su segunda vida.
Mila habló en voz baja.
—Nos hemos detenido porque el camino está parcialmente bloqueado. Hay carruajes reales… y soldados. Al parecer han estado aquí desde ayer..
Abigail se incorporó.
—¿Reales?
Mila asintió.
—Sí, mi lady. Los estandartes pertenecen a la corona.
Abigail respiró hondo.
[Bien. Perfecto. Primer día de viaje y ya hay tráfico medieval.]
Se miró las manos.
¿Estaba un poco alegre? Sí.
¿Estaba incapacitada? No.
Enderezó la espalda.
—Muy bien.
Bajó del carruaje con toda la dignidad que pudo reunir, fingiendo que su equilibrio era natural y no ligeramente influenciado por vino de excelente calidad.
El aire era más fresco allí. El camino estaba polvoriento y, efectivamente, unos metros adelante había varios carruajes con el emblema real. Caballos agotados. Soldados dispersos.
Y se veían cansados.
Muy cansados.
Algunos estaban sentados en el suelo. Otros apoyados en sus lanzas. Armaduras manchadas de polvo. Rostros sudorosos. Claramente llevaban horas allí, quizás esperando una reparación o una orden.
Abigail entrecerró los ojos.
Eran hombres jóvenes en su mayoría.
Y tenían hambre. Eso se notaba.
Mila se acercó un poco.
—Mi lady, quizás deberíamos permanecer en el carruaje…
Abigail la miró.
Luego miró a los soldados.
Luego recordó su vida pasada.
Recordó cómo se sentía que el mundo fuera indiferente cuando uno estaba agotado.
Y sonrió.
Se llevó las manos a la cintura y gritó con voz clara, fuerte y perfectamente audible..
—¡Amigos Stevens!
Los criados de su comitiva se giraron de inmediato.
—¡Ayuden a nuestros soldados! Denles comida, agua y vino. Que no somos mezquinos.
Hubo un pequeño silencio.
Luego algunos soldados se miraron entre sí, sorprendidos.
Abigail avanzó un par de pasos más.
—Si llevan horas aquí, lo mínimo es que coman algo decente. Y que beban algo que no sepa a pantano.
Un par de soldados no pudieron evitar sonreír.
Uno incluso soltó una risa breve antes de intentar recomponerse.
Los hombres Stevens comenzaron a moverse rápido. Sacaron cestas del carruaje.. pan fresco, queso curado, frutas, carne fría.
Y, por supuesto, vino.
Buen vino.
Abigail observaba con satisfacción.
Los soldados, al principio dudosos, empezaron a aceptar el ofrecimiento.
Uno de ellos.. con barba descuidada y rostro curtido.. tomó una copa que le ofrecieron y la levantó hacia ella en señal de agradecimiento.
—Gracias, mi lady.
Abigail inclinó la cabeza con gracia.
—No es nada. El camino es duro. Y nadie piensa bien con el estómago vacío.
Otro soldado murmuró a su compañero..
—Ojalá todos los nobles fueran así.
Abigail lo escuchó.
Sonrió de lado.
—Oh, créame.. no todos lo son. Pero hoy tienen suerte.
Mila la miraba con mezcla de orgullo y leve preocupación.
La pelirroja se movía con naturalidad entre hombres armados, sin miedo. Sin esa rigidez aristocrática exagerada.
Uno de los soldados más jóvenes tomó un trozo de pan y dijo..
—Nos ordenaron permanecer aquí hasta nuevo aviso. Un eje del carruaje principal se dañó.
Abigail miró hacia los carruajes reales.
—Entonces necesitan energía.. Porque esperar con hambre es peor que pelear con hambre.
Algunos rieron.
Se notaba el agotamiento en sus rostros. Sucios. Sudorosos. Cansados.
Pero ahora también agradecidos.
Abigail cruzó los brazos, satisfecha.
—En la casa Stevens producimos vino. Y también producimos hospitalidad —dijo con tono orgulloso.
Un soldado alzó su copa improvisada.
—¡Por lady Stevens!
Varios repitieron el gesto.
—¡Por lady Stevens!
Mila susurró..
—Mi lady… está llamando la atención.
Abigail respondió en voz baja..
—Perfecto.
Porque si algo había decidido en ese carruaje horas antes era esto..
No iba a pasar desapercibida.
No iba a esconderse.
Si el mundo era grande, ella también lo sería.
Miró a los soldados comiendo con alivio visible y sintió algo cálido en el pecho.
No era romanticismo.
No era drama.
Era satisfacción.
Había elegido vivir.
Y vivir incluía esto.
Dar vino a soldados cansados en medio del camino.
Y mientras el sol comenzaba a bajar lentamente, iluminando su cabello rojo como una llama viva, Abigail Stevens.. ligeramente alegre, completamente decidida.. se dio cuenta de algo importante..
La capital podía esperar unas horas.
Pero su nueva reputación… Ya había comenzado a construirse.