El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 2: La Fragancia del Intruso
La mañana en la florería "El Jardín de los Susurros" debería haber sido como cualquier otra: el aroma a eucalipto fresco, el rocío artificial sobre los pétalos de las orquídeas y el sonido suave de las tijeras de podar. Sin embargo, para Francois, el aire se sentía viciado. El incidente de la rosa negra y la mancha de sangre en la sábana habían dejado un rastro de ceniza en su ánimo.
Margaret se había ido temprano a su trabajo en la biblioteca municipal, dejando un beso apresurado en la mejilla de Francois que, por primera vez, él no sintió cálido. La duda plantada por Demon —ese nombre que ella decía haber escuchado de sus propios labios en sueños— germinaba como una mala hierba.
—Es solo el cansancio, Francois. Concéntrate —se susurró a sí mismo mientras acomodaba un ramo de calas blancas.
Pero la tienda se sentía diferente. La luz del sol que entraba por el gran ventanal parecía no tener fuerza para iluminar los rincones más profundos del local. Las sombras se estiraban de forma antinatural, como dedos largos que buscaban acariciar los estantes.
De pronto, la campana de la puerta tintineó. Un sonido cristalino que, en ese momento, sonó como un aviso de peligro.
El Cliente Inesperado
Un hombre entró. No era un cliente habitual. Vestía un abrigo de cachemira negro, de un corte tan impecable que parecía sacado de una época de elegancia olvidada. Su piel era de un tono alabastro, casi traslúcido, y su cabello, oscuro como el ala de un cuervo, estaba peinado con una precisión matemática.
Pero fueron sus ojos lo que detuvieron el corazón de Francois. Eran dos abismos de obsidiana que parecían devorar la luz de la habitación.
—Buenos días —dijo el hombre. Su voz no era un susurro esta vez, sino un barítono profundo y melódico que vibró en la boca del estómago de Francois—. Busco algo especial. Algo que represente la devoción absoluta... y la inevitable decadencia.
Francois tragó saliva, sintiendo que sus manos comenzaban a sudar. La presencia de aquel extraño era abrumadora; emanaba un magnetismo gélido que lo obligaba a mirarlo, a pesar de que cada instinto en su cuerpo le gritaba que huyera.
—Yo... tenemos rosas rojas, o quizás lirios —logró articular Francois, tratando de mantener la compostura profesional—. ¿Para quién es el detalle?
El extraño sonrió. Fue una sonrisa lenta, que apenas mostró unos dientes blancos y perfectos, pero que no llegó a sus ojos.
—Es para alguien que aún no sabe que me pertenece —respondió, dando un paso hacia el mostrador—. Alguien que desperdicia su luz en una vela que está a punto de apagarse.
Demon —porque Francois supo en su fuero interno que era él— se detuvo frente a una maceta de azaleas. Al pasar sus dedos largos y pálidos sobre las flores, estas parecieron marchitarse sutilmente, perdiendo su vigor bajo su contacto.
—Me llamo Demon —dijo el hombre, clavando su mirada en la de Francois—. Y tú debes de ser Francois. El famoso Francois del que tanto he oído hablar.
La Trampa Psicológica
El joven florista sintió que el suelo se inclinaba.
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó, retrocediendo hasta chocar con el estante de las herramientas.
—La belleza como la tuya no pasa desapercibida, Francois. Incluso en una ciudad tan gris como esta. He estado observándote. Tu dedicación, tu paciencia... y cómo te entregas a esa mujer, Margaret. Es conmovedor. Pero también es trágico.
Demon comenzó a caminar alrededor del mostrador con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Se detuvo a centímetros de Francois. El joven podía olerlo: no olía a perfume, sino a una mezcla de tierra antigua, incienso de iglesia y algo metálico... como el cobre. Como la sangre.
—No hable de ella —advirtió Francois, intentando infundir valor a su voz, aunque esta temblaba.
—¿Por qué no? —preguntó Demon, inclinando la cabeza—. Ella es el ancla que te mantiene atado al suelo, impidiéndote ver las estrellas. ¿Crees que ella te entiende? ¿Crees que ella ve el potencial que yo veo en ti? Margaret te ama por lo que le das, por la comodidad de tu rutina. Yo te deseo por lo que eres... y por lo que podrías llegar a ser bajo mi guía.
Demon extendió una mano y, antes de que Francois pudiera reaccionar, le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue como el hielo seco; quemaba de frío. Francois quedó paralizado, atrapado por una voluntad que no era la suya.
—Ella te engaña, Francois —susurró Demon, acercándose a su oído—. No con otro hombre, sino con su propia mediocridad. Ella te consume lentamente. Te marchitas a su lado y no te das cuenta.
La Semilla de la Discordia
Francois cerró los ojos, luchando contra la extraña seducción que emanaba del extraño.
—¡Váyase! —exclamó, logrando romper el hechizo por un segundo—. No sé quién es usted ni qué quiere, pero no vuelva aquí.
Demon soltó una carcajada suave, un sonido que erizó la piel de Francois.
—Me iré por ahora. Pero recuerda esto: la rosa negra que encontraste anoche no fue un sueño. Fue una promesa.
El vampiro caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y dejó un sobre de color crema sobre el mostrador.
—Un pequeño regalo para tu amada Margaret. Dile que es de un "viejo admirador". Veamos qué tan fuerte es su lealtad cuando descubra que hay mundos más allá de tu pequeña florería.
Con un movimiento fluido, Demon desapareció tras la puerta. Francois corrió hacia la calle, pero la acera estaba desierta. No había rastro del hombre del abrigo negro, solo el eco de sus palabras y el frío que persistía en el aire.
El Veneno en el Hogar
Esa noche, cuando Margaret regresó, la tensión en el apartamento era palpable. Francois no le mencionó la visita, pero el sobre quemaba en su bolsillo. La sospecha, alimentada por las palabras de Demon, comenzó a distorsionar su percepción.
Cuando Margaret se fue a duchar, Francois cometió su primer pecado: abrió el sobre.
Dentro no había una carta, sino una joya. Un collar de rubíes que parecían gotas de sangre fresca engarzadas en plata antigua. Junto a él, una nota escrita con una caligrafía perfecta: "Para Margaret, quien merece más que flores que mueren en una semana. Con la esperanza de nuestro próximo encuentro."
El mundo de Francois se desmoronó. ¿Margaret conocía a ese hombre? ¿"Próximo encuentro"? Demon había planeado esto con precisión quirúrgica. Sabía que Francois encontraría la nota. Quería que los celos lo consumieran.
Cuando Margaret salió del baño, secándose el cabello, notó el collar sobre la mesa de noche.
—¿Qué es esto, Fran? —preguntó ella, genuinamente confundida—. Es precioso... ¿Lo compraste para mí?
Francois la miró con una mezcla de dolor y furia contenida.
—No te hagas la inocente, Margaret. Vino un hombre a la tienda hoy. Demon. Dejó esto para ti. Dice que es de un "viejo admirador".
Margaret palideció. Sus ojos se abrieron con un terror real, pero Francois, cegado por la manipulación de Demon, lo interpretó como culpa.
—No sé de qué hablas —dijo ella con voz temblorosa—. No conozco a nadie llamado Demon. Francois, por favor, mírame. ¡Jamás aceptaría algo así!
—¡Él sabía tu nombre! —gritó Francois, levantándose—. ¡Sabía dónde vives! ¡Me dijo que no te conozco realmente!
—¡Ese hombre nos está jugando una broma macabra! —Margaret intentó acercarse a él, pero Francois la rechazó.
—¿O tal vez él es el único que me está diciendo la verdad?
La Sombra que Observa
Mientras la pareja discutía en el piso de arriba, Demon permanecía en el callejón, oculto en las sombras del edificio de enfrente. Sus sentidos sobrenaturales le permitían escuchar cada grito, cada sollozo, cada latido acelerado.
Cerró los ojos y aspiró el aire. El aroma de la angustia y el resentimiento era mucho más dulce que cualquier perfume de flores. Estaba logrando su objetivo: estaba aislando a Francois, destruyendo su santuario desde adentro.
—Pelead, mis pequeñas presas —murmuró Demon con una satisfacción sádica—. Rompeos el uno al otro. Y cuando no quede nada de vuestro amor, yo estaré allí para recoger las piezas de Francois.
Demon extendió sus alas metafóricas de oscuridad sobre el edificio. El juego psicológico apenas estaba subiendo de nivel. Sabía que Francois no tardaría en buscarlo, ya fuera para matarlo o para pedirle respuestas. Y en cualquiera de los dos casos, el joven ya habría caído en su red.
La noche continuó, marcada por el llanto de Margaret en la otra habitación y el silencio gélido de Francois en la sala, mientras en la oscuridad, los ojos de obsidiana del vampiro seguían brillando con una promesa de posesión eterna.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!