No creas ni por un instante que mi historia de vida será la típica de hombres salvajes y predecibles. La mía se escribe con fuerza, con intención, con estrategia… con una presencia que se desliza bajo la piel y deja huella.
Haré que tu corazón pierda el compás, que se acelere y se rinda al ritmo de mis movimientos, como si cada paso que doy marcara el destino entre nosotros.
No será una simple historia… será mi historia la que te deje un pulso constante, una tensión que te erice la piel y te obligue a sentir cada latido en sintonía conmigo.
ACTUALIZACIÓN DIARIA
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Él
Sus palabras vibraron en mi mente como un sello impuesto a la fuerza.
Y con una intensidad aún más feroz, más cruel, más absoluta, gritó por última vez:
—¡BIEN! ¡SI NO TE PUEDO MATAR NI BORRAR TÚ MISERA EXISTENCIA, ENTONCES SOLO BORRARÉ TODO RASTRO DE ÉL EN TI!
Sentí un tirón desgarrador en el pecho.
Como si algo que no tenía forma, pero sí peso, estuviera siendo arrancado de mi interior.
Luego… nada.
El zumbido se tragó mis pensamientos.
La luz me consumió.
Y caí.
.
.
.
Desperté en el suelo con el sol golpeándome directamente en el rostro. Tardé varios segundos en reaccionar. El aire era frío, húmedo, y mi cuerpo se sentía extraño… ligero, pero firme. Cuando por fin logré incorporarme, lo primero que noté fué mi ropa. O mejor dicho… lo que llevaba puesto.
No era mi atuendo habitual.
Vestía un conjunto elegante y elaborado, claramente de inspiración oriental. El cuerpo principal era un vestido negro ajustado que abrazaba mi figura con precisión, confeccionado en una tela que parecía suave pero resistente. Estaba decorado con bordados florales en tonos rosados, detallados y delicados, extendiéndose desde el pecho hasta el borde inferior de la falda corta. Los diseños parecían hechos a mano, cada pétalo perfectamente definido.
La cintura estaba ceñida por un cinturón ornamental con lazos y pequeñas piezas decorativas que colgaban con sutileza. No eran simples adornos: estaban cuidadosamente colocados, equilibrando estética y movilidad.
Sobre el vestido llevaba amplias mangas sueltas que nacían desde los hombros y caían con elegancia hasta más abajo de las manos. Eran largas, fluidas, con capas en negro y rosa pálido, y bordes decorados con más motivos florales. De sus extremos pendían borlas rosadas que se balanceaban cada vez que movía los brazos.
Mis piernas también estaban adornadas. En uno de los muslos llevaba una media alta negra, ajustada, con cintas entrecruzadas que envolvían la piel con firmeza. La otra pierna estaba parcialmente descubierta, con solo cintas entrecruzadas.
Los zapatos eran negros, estilizados, con detalles florales que armonizaban con el resto del conjunto. No eran incómodos. Al contrario, al ponerme de pie sentí estabilidad, como si estuvieran hechos a mi medida.
Y mi cabello… largo, increíblemente largo. De un azul claro casi plateado, cayendo hasta más allá de mi cintura. Estaba adornado con accesorios florales rosados y pequeñas borlas que combinaban con las mangas. Al mover la cabeza, el peso y el roce me resultaron extrañamente familiares.
No entiendo cómo terminé aquí. Lo último que recuerdo es haber bebido agua y luego alzar vuelo sobre mi espada, rompiendo la formación. Después… vacío. Incluso mi cabello era un poco más largo que antes. Realmente no recordaba nada...
Y entonces ocurrió.
Una flecha atravesó el aire sobre mi hombro. No me alcanzó. Se clavó en un venado que pasaba a unos metros de mí. El sonido fue seco. Brutal.
Después escuché caballos.
Se acercan.
No sé dónde estoy. No sé quién soy ahora mismo… pero el atuendo que llevo no es el de una persona común.
Algo me dice que esto no es casualidad.
Me giré lentamente, todavía con el eco de la flecha vibrando en mis oídos.
A unos metros de mí, entre la bruma tenue del bosque, estaba él.
Montaba un caballo oscuro que resoplaba con impaciencia, los músculos del animal tensos y firmes bajo su control. Todo bajo la luz clara que se filtraba entre los árboles. El hombre se mantenía erguido sobre la montura con una naturalidad que hablaba de años de dominio.
En una mano sostenía el arco con el que había disparado; la cuerda aún oscilaba levemente. Su espada permanecía enfundada a su costado, asegurada pero lista para ser desenvainada en cualquier instante.
Su manto negro, pesado y adornado con sutiles detalles dorados(oro) en los bordes que captaban destellos apagados de luz. Su manto caía sobre sus hombros y parte del lomo del caballo. Bajo la capa, su torso desnudo dejaba ver una musculatura firme, definida, fuerte, marcada por la disciplina del combate. Su piel era de un tono bronceado claro, uniforme, con ese matiz cálido que contrastaba con la frialdad de sus ojos y la oscuridad de sus vestimentas.
Sobre ese bronce se extendían las marcas oscuras que recorrían sus costados y parte del pecho, como sombras adheridas a su cuerpo. Sus brazos, firmes y tensos, mostraban venas sutilmente marcadas bajo la piel. Los brazaletes dorados(oro) en sus muñecas resaltaban aún más contra su tono de piel.
Y entonces sus ojos.
Violetas. Intensos. Brillantes de una forma que no parecía natural. Me encontraron.
Me miró sin cambiar la expresión: seria, penetrante, contenida, calculadora. No había burla ni sorpresa en su rostro. Solo una evaluación fría, como si midiera mi reacción, mi postura, mi respiración. Como si me hubiera estado buscando. Como si supiera exactamente quién —o qué— era yo.
El caballo dio un paso corto hacia adelante, y el cuero de la silla crujió suavemente. Él no apartó la vista. Yo tampoco.
Durante unos segundos el bosque quedó en silencio. Sin viento. Sin pájaros. Solo el peso de ese cruce de miradas.
No sabía si era un cazador… o alguien mucho más peligroso.
Pero una cosa era clara:
La flecha no había sido un accidente.
La tensión se quebró como una rama seca bajo el peso de una bota cuando uno de los hombres que venían detrás de él detuvo su caballo unos pasos más atrás y habló con voz baja, cargada de respeto contenido:
—¿Su Majestad?
..."Majestad"...
La palabra cayó en el aire como una revelación.
Él no apartó los ojos de mí cuando respondió. Ni siquiera giró el rostro hacia su acompañante. Su presencia no cambió; no necesitaba hacerlo. El caballo permanecía quieto bajo su dominio, como si sintiera la jerarquía que emanaba de su jinete.
Entonces habló.
Su voz era ronca, profunda, con un timbre grave que vibró en el pecho antes que en los oídos. No era estridente ni forzada; era una voz que no necesitaba elevarse para imponerse. Había en ella un matiz seductor, oscuro, casi envolvente… y, por encima de todo, una superioridad natural, como si estuviera acostumbrado a que el mundo respondiera cuando él preguntaba.
—Tu nombre.
No fue una pregunta. Fue una orden disfrazada de simple curiosidad.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Sus ojos violetas no vacilaron. No había impaciencia en ellos, solo la certeza de que obtendría respuesta. Su postura seguía relajada, una mano sosteniendo el arco, la otra descansando cerca de la empuñadura de la espada enfundada.
No parecía un rey que necesitara demostrar poder.
Es uno que lo tenía.
bueno lo importante es que el la esta cuidando pero hay le va tocar difícil con todas esas mujeres
hay no que paso