Traicionada por el marido. Engañada por la hermanastra. Asesinada por el hijo.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Ahora, de vuelta al día de la boda, Helena cambia los contratos y modifica su propio destino.
Casada con el tío de su ex, descubre el sabor de la venganza… y de un amor que jamás esperó encontrar.
“En la vida pasada fue engañada. En esta, nadie volverá a usarla.”
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Capítulo 20
Lorena palideció, pero intentó disimularlo con una sonrisa amarga.
—Así que es eso... Pero es verdad lo que le dije. ¡Helena salió de la fiesta con un extraño, completamente borracha!
—¡Idiota! —gritó Saulo, dando un paso adelante—. Ya sabe de la trampa, sabe que pusieron algo en su bebida y que tú estás detrás de esto. Y lo dejó claro: si esto se repite, nos va a expulsar de la familia.
Lorena sintió que el cuerpo se le helaba.
—¿Cómo lo descubrió? —preguntó, con la voz temblorosa.
—No interesa. Solo quiero que te alejes de ella. Si haces algo que me haga perder el derecho a la sucesión, juro que no te voy a perdonar. Sabes cuánto me he esforzado para esto.
—Lo sé... —murmuró ella, con la cabeza baja—. Juro que no lo haré más.
Saulo la miró con desprecio y salió sin siquiera preguntar por el hijo. Lo único que le pasaba por la mente era cómo podría controlar a Lorena y evitar que ella hiciera más tonterías.
Desde el escándalo del caso de ellos, la reputación de los dos se había desplomado, y, una vez más, era por causa de la impulsividad de ella.
Mientras caminaba por el pasillo del hospital, pensó con amargura:
"Si me hubiera casado con Helena, nada de esto estaría sucediendo".
Mientras tanto, Lorena, aterrada, no imaginaba que Arthur estuviera atento a todo lo que sucedía con Helena.
“Entonces no fue ningún extraño el que se llevó a esa zorra… fue alguien de él, por eso la defendió”, pensó, inquieta. “¿Será que él también sabe sobre el plan para sabotear su presentación?”
Sacudió la cabeza, intentando alejar el miedo.
“No, él no tiene cómo saber de eso. No voy a desistir. Tengo que alejarla de Saulo, cueste lo que cueste.”
Los pensamientos de Lorena fueron interrumpidos por una llamada insistente. Al mirar el identificador, ella la rechazó, pero el teléfono continuó sonando hasta que, irritada, lo apagó de una vez.
A la salida del trabajo, Helena encontró a Paulo apoyado en el coche, esperándola.
—¿Pasó algo? —preguntó, sorprendida.
—Hice lo que me pediste —respondió él con una sonrisa leve—. Y creo que te vas a sorprender después de oír lo que descubrí. ¿Vamos a tomar un helado?
Helena asintió, y luego estaban sentados, cada uno con su sabor favorito.
—Tenías razón —comenzó Paulo, serio—. Pusieron algo en tu bebida. ¿Y adivina quién fue?
—¿La conozco? —preguntó Helena, con un nudo en el estómago.
—La conoces, sí. La envidiosa de Mila.
Helena frunció el ceño. —Pero yo nunca hice nada contra ella. ¿Por qué ella haría esto conmigo?
—¿No te acuerdas? —Paulo arqueó la ceja—. En la facultad, aquella baranga ridícula estaba enamorada de Bruno. Pero Bruno vivía corriendo detrás de ti.
—Pero eso hace tanto tiempo… —murmuró Helena—. Y además, yo nunca le di esperanzas. Bruno sabía de mi compromiso con Saulo.
—Lo sé —dijo Paulo—. Pero personas como ella no olvidan. Y para ser sincero, nada me saca de la cabeza que ella actuó a mando de Lorena, aquella hija de concubina. No es la primera vez que las dos se unen contra ti. ¿Recuerdas cuando te acusaron de copiar en el examen?
Helena asintió con un suspiro frustrado. —Recuerdo…
—Si no fuera por los profesores, que te conocían bien y sabían que eras una buena alumna, te habrían expulsado.
—Hasta pensé en Lorena, pero sin pruebas no puedo hacer nada.
—Déjame a mí —dijo Paulo con una sonrisa de lado—. Mandé a darle una lección a Mila. Ella va a confesar que Lorena estaba detrás de esto.
—¡Paulo, estás loco! —dijo Helena, alarmada—. No hagas nada imprudente.
—Relájate —respondió él—. Mila me debe una. Piensa que no sé que fue ella quien esparció aquellos chismes sobre mí. Yo había dejado eso en el pasado. Hasta la invité a mi fiesta de cumpleaños y ella hace una de esas con mi invitada de honor. Además… cuando me llamaste contando sobre tus desconfianzas, ni me dijiste cómo te fuiste de la fiesta.
Helena se quedó pensativa. Fragmentos sueltos de la noche anterior volvieron a su mente, como flashes sin orden. Ella sacudió la cabeza.
—No tengo la menor idea —dijo, bajito.
—Extraño —murmuró Paulo—. Yo también intenté ver las imágenes de las cámaras, pero desaparecieron.
—Extraño mismo.
Él suspiró. —En fin, solo quería despedirme de los colegas antes de irme. No imaginé que algo así pudiera suceder, menos mal que no te pasó nada, sino no me lo iba a perdonar.
—¿Irte? ¿Para dónde? —preguntó Helena, sorprendida.
—Para España. Conseguí una propuesta de trabajo allá. Mi padre anda presionándome para casarme, tener hijos, seguir “la tradición de la familia”. Prefiero atravesar un océano a vivir una vida de mentiras.
Helena lo miró con ternura y tristeza.
—¿Y tu sueño?
Paulo dio una media sonrisa melancólica. —Es solo un sueño imposible, Helena.
Helena sujetó firme la mano de él.
—Ningún sueño es imposible, Paulo. No desistas de lo que te hace vivo. Huir puede parecer más fácil ahora, pero un día, cuando mires para atrás, vas a percibir que abrir mano de tus sueños por miedo o presión fue el mayor error de tu vida. Porque al final, lo que realmente pesa… es lo que dejamos de vivir pensando en los otros.
Paulo se emocionó con las palabras de Helena. Desde siempre, tuvo que fingir ser quien no era, temiendo el juicio, no solo de las personas de afuera, sino, principalmente, de la propia familia. Cuando conoció a Helena en la facultad, los dos se llevaron bien de inmediato. Él confió en ella lo bastante para desahogarse sobre lo que sentía, pero Mila escuchó la conversación y la esparció para todos. La presión fue tanta que él acabó trancando el curso por un tiempo.
Mientras reflexionaba sobre todo lo que dejó de vivir por miedo, el celular de Paulo sonó. A medida que la persona del otro lado hablaba, sus ojos se agrandaban de sorpresa. Al final, soltó una risa y comentó:
—¡Bien hecho!
Helena lo observó, curiosa. Así que él cerró la llamada, Paulo se volvió hacia ella con una sonrisa divertida.
—Parece que alguien fue más rápido que yo.
—¿Qué pasó para dejarte tan feliz así? —preguntó Helena, intrigada.
—Ni necesité dar una lección en aquella plaga de Egipto.
Helena rió. —¿Estás hablando de Mila?
—¡Sí! —respondió él, satisfecho—. Su clínica fue cerrada, y ella está siendo investigada por vender medicamentos de origen dudosa.
Helena soltó una risita. —Ella tuvo lo que merecía.
Paulo arqueó una ceja, con una sonrisa maliciosa. —¿Y adivina quién hizo todo esto?
—No tengo la menor idea.
—Tu marido.