Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Rastro Perdido
John Blake no aceptó la partida de Rose con la elegancia que había fingido. A las tres semanas de su huida, cuando ella dejó de responder a los mensajes cifrados que él le enviaba, John supo que algo había cambiado. Fue a su apartamento y lo encontró vacío, limpio de toda huella, como si Rose Smith nunca hubiera existido.
—¿Dónde está? —le preguntó John a su jefe de seguridad, mientras sus ojos brillaban con un carmesí letal que hacía que las luces de la habitación parpadearan.
—Señor, borró sus cuentas bancarias, vendió su coche en efectivo y no hay registros en ningún aeropuerto. Es como si se hubiera desvanecido.
John rugió, lanzando una mesa de cristal contra la pared. La furia del vampiro no tenía límites. Desató a sus capos de la mafia, ordenó a sus informantes en la policía que vigilaran cada rincón del país. Pasó meses recorriendo refugios, interrogando a antiguos contactos de Rose, incluso vigiló a Marcel, pero Rose había sido más inteligente. Había cortado todo vínculo, incluso con su mejor amiga, para protegerla... y para protegerse.
—Te encontraré, Rose —juraba John cada noche, mirando hacia la oscuridad—. No importa si tardo décadas. Mi sangre te llamará.
Pero los meses se convirtieron en años. La búsqueda, que al principio fue un torbellino de violencia y caos, se transformó en una obsesión silenciosa y, finalmente, en una resignación amarga. John Blake siguió reinando, se volvió más frío, más cruel y más poderoso, pero el hueco que Rose dejó en su existencia era un abismo que ninguna otra mujer —humana o vampira— podía llenar.
Cinco años después.
John caminaba por un parque cercano a uno de sus nuevos desarrollos inmobiliarios. El sol de la tarde no le molestaba; había aprendido a caminar entre los humanos como uno más, un empresario respetado y temido. De repente, una vibración extraña, una frecuencia que solo él podía captar, hizo que sus colmillos presionaran contra sus encías.
Era una señal de auxilio pura, cargada de una energía que reconocería en cualquier rincón del universo. No era Rose... pero era ella.
Se desvió del camino principal y, junto a una fuente de mármol, vio a una niña de unos cuatro años. Tenía el cabello oscuro y rebelde como el de Rose, pero cuando la pequeña levantó la vista, John se quedó sin aliento. Los ojos de la niña eran dos zafiros glaciales, idénticos a los suyos, pero con una chispa de humanidad que él había perdido hacía siglos.
La niña estaba llorando, mirando a su alrededor con pánico. Había algo en ella, una fragilidad y un poder latente que despertó en John un instinto de protección que no sabía que poseía.
—¿Te has perdido, pequeña? —preguntó John, suavizando su voz hasta que sonó casi humana.
—Perdí a mi mamá —sollozó la niña, Bella, mirándolo sin el miedo que solían sentir los niños ante él. Al contrario, estiró sus manitas hacia él—. Me duele el pecho.
John se arrodilló y, al tocar la mano de la niña, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. Era ella. Su descendencia. El veredicto de sangre que Rose se había llevado consigo.
—¡Bella! —un grito desgarrador cortó el aire del parque.
John levantó la vista. A veinte metros, Rose Smith corría hacia ellos. Se veía diferente: su ropa era sencilla, su cabello más corto, pero su mirada seguía siendo la de la abogada ruda que lo había desafiado en el tribunal. Al ver a John arrodillado junto a su hija, Rose se quedó petrificada. El tiempo se detuvo. El caos que ella había intentado evitar durante cinco años acababa de explotar en el centro de Manhattan.