Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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La muralla de hielo
El despertar no trajo la paz que esperaba. Mientras los primeros rayos de luz se filtraban por las cortinas de la cabaña, el peso de la realidad cayó sobre mi pecho como una losa de granito. Me giré lentamente, sintiendo el roce de las sábanas contra mi piel, una sensación que ahora me resultaba extraña, casi ajena. Al lado mío, Arturo dormía con una expresión inusualmente serena, pero yo no podía compartir su calma.
Me sentía sucia. No era una suciedad que el agua pudiera quitar; era algo que nacía desde lo más profundo de mi alma. Me había vendido. Por un contrato, por dinero, por una seguridad que mi familia me había negado, le había entregado a Arturo Villegas la última frontera de mi libertad. Cada caricia que aún sentía grabada en mi piel me recordaba que ya no me pertenecía a mí misma.
Me levanté de la cama con movimientos silenciosos, tratando de no despertarlo. Recogí mi ropa del suelo con una urgencia casi desesperada, como si al vestirme pudiera recuperar los pedazos de la mujer que era antes de entrar a esa habitación. Me encerré en el baño y me apoyé contra la puerta, cerrando los ojos con fuerza.
El miedo comenzó a filtrarse por mis venas, más gélido que el aire de la montaña. No era miedo a Arturo, el hombre brusco y arrogante; era miedo a Arturo, el hombre que me había tocado con ternura. Si permitía que esa calidez se instalara en mi corazón, estaba perdida. Sabía perfectamente cómo terminaba esta historia: yo era simplemente una incubadora de lujo. En el momento en que entregara al heredero que Arturo tanto ansiaba —ese niño que, con toda probabilidad, habíamos empezado a engendrar esa misma mañana—, él me dejaría de lado.
"No te enamores, Daniela", me repetí como un mantra, mientras me lavaba la cara con agua helada. "Él solo quiere un hijo. Tú solo quieres salvar a tu madre. No confundas la piedad con el amor".
Salí del baño media hora después, con mi armadura de frialdad perfectamente colocada. Arturo ya estaba despierto, sentado en la cama, observándome con una mirada que ya no era de desprecio, sino de una curiosidad intensa y algo que parecía... remordimiento.
—Daniela —dijo él, su voz sonando más suave de lo que jamás la había escuchado—. Sobre lo de anoche... yo no sabía...
—No tienes que decir nada —lo interrumpí tajantemente, evitando encontrarme con sus ojos—. No busco disculpas ni explicaciones. Se cerró un trato, eso es todo lo que importa.
Vi cómo su mandíbula se tensaba ante mi tono gélido. La chispa de cercanía que se había encendido entre nosotros se extinguió en un segundo bajo el peso de mi indiferencia fingida.
—¿Un trato? —repitió Arturo, poniéndose de pie. Su altura volvía a ser imponente, pero esta vez no retrocedí—. Anoche no pareció solo un trato.
—Fue parte del contrato, Arturo. Nada más —mentí, sintiendo cómo mi corazón se estrujaba—. Ahora, si me disculpas, me gustaría saber cuándo regresamos a la ciudad. Tengo asuntos que atender.
Marqué la distancia con la precisión de un cirujano. Sabía que al tratarlo con esa frialdad lo estaba provocando, pero era mi única defensa. Si lo mantenía alejado, si lo obligaba a recordar que esto era solo un negocio, tal vez podría proteger mi corazón del inevitable dolor de perder a mi hijo en el futuro. No podía permitirme quererlo. No podía amar al hombre que me quitaría lo más sagrado con solo firmar un papel.
Arturo decidió que no volveríamos a la ciudad de inmediato. Según él, regresar antes de lo previsto levantaría sospechas innecesarias entre los abogados y la junta directiva de los Villegas; un matrimonio que se consuma y regresa a la oficina en cuarenta y ocho horas no parece una unión real, sino el trámite desesperado que realmente era. Teníamos que vender la imagen de una pareja perdida en su propia burbuja, aunque la realidad fuera que estábamos atrapados en una caja de cristal llena de grietas.
Esos días en la cabaña fueron una tortura silenciosa. A pesar de que compartíamos el mismo techo y, por obligación contractual, la misma cama, la distancia entre nosotros se volvió abismal. Yo me encargué de levantar muros tan altos que ni siquiera el Arturo más analítico fuera capaz de escalar.
Me despertaba antes que él, sumergiéndome en tareas domésticas o simplemente sentándome en el porche a mirar el bosque, perdiéndome en la bruma de la mañana. Arturo, por su parte, intentaba romper el hielo de formas sutiles que me aterraban. A veces me traía una taza de café sin decir palabra, o intentaba iniciar una conversación sobre medicina o libros, buscando cualquier punto en común que no fuera el contrato.
—Deberías comer más —me dijo una tarde, mientras me observaba desde el umbral de la cocina—. Te ves pálida.
—Estoy bien, Arturo. No te preocupes por el "envase", mientras el contenido sea saludable para tus planes, lo demás no importa —respondí con una amargura que ni yo misma sabía que poseía.
Vi cómo cerraba los puños, conteniendo una respuesta violenta. Sabía que mis palabras le dolían, especialmente después de lo que habíamos compartido, pero era mi única forma de recordarme quién era él: el hombre que había puesto precio a mi vientre.
Las noches eran lo peor. Dormir a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo y recordando la ternura con la que me había tocado aquella primera vez, era una tentación constante a la que me negaba a ceder. Me pegaba al borde del colchón, rígida, contando mis propias respiraciones hasta que el sueño me vencía. Arturo no volvió a intentar tocarme, respetando ese espacio que yo había reclamado con tanta hostilidad, pero sentía su mirada fija en mi espalda durante horas, una mirada cargada de preguntas que yo no estaba dispuesta a responder.
Él quería redimirse por haber dudado de mí, por haber pensado que yo era como Erika o Alan, pero yo no estaba lista para perdonarlo. Si lo perdonaba, le abría la puerta. Y si le abría la puerta, él acabaría por destruirme cuando llegara el momento de entregarle al hijo que, muy probablemente, ya crecía en mi interior.
Vivíamos en una coreografía perfecta de indiferencia. Desayunábamos en silencio, leíamos en silencio y nos acostábamos en silencio. La cabaña, que al principio me pareció acogedora, se convirtió en una prisión de lujo donde el único ruido era el de nuestros secretos chocando contra las paredes. Arturo Villegas se había convertido en un extraño que conocía cada rincón de mi cuerpo, pero que no tenía ni la más mínima idea de los abismos de mi mente.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades