Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cariño, llegaré tarde
La pantalla de mi celular brilló con una notificación. Ni siquiera tuve que abrirla para saber de qué se trataba. “Cariño, llegaré tarde.” La misma frase de siempre. Tan corta, tan fría, tan automática, que podría haberla escrito un asistente en su lugar. Ni una llamada, ni una excusa elaborada, ni un “te extraño”. Solo un recordatorio de que, una vez más, la cama estará vacía y la casa se sentirá como un museo de lujo sin visitantes.
Miro el mensaje por unos segundos, esperando que la pantalla vuelva a encenderse con algo más. Alguna palabra que me devuelva a los primeros años, cuando Mathews no solo escribía, sino que me buscaba, me sorprendía, me hacía sentir única.
Nada llega.
Cuatro años de matrimonio y aún me cuesta aceptar en lo que nos hemos convertido.
Mis dedos rozan el borde del teléfono mientras una escena se impone en mi memoria con una claridad dolorosa. La primera vez que me envió un mensaje parecido, recién casados, fue distinto.
“Voy a llegar tarde… pero no te duermas sin mí. Tengo algo que quiero darte.”
Llegó pasada la medianoche con una botella de vino francés y esa sonrisa torcida que me desarmaba. Me tomó por la cintura en la cocina, sin siquiera quitarse la chaqueta.
—¿Me esperaste? —preguntó, apoyando su frente en la mía.
—Siempre —respondí, y él me besó como si esa palabra fuera una promesa sagrada.
Ahora, el “llegaré tarde” no trae vino, ni manos recorriendo mi espalda, ni miradas cargadas de deseo. Trae silencio.
Recuerdo con una claridad casi cruel nuestro inicio. Mathews Sinclair no solo era exitoso; era atento, amoroso, paciente. Tenía la extraña habilidad de hacerme sentir como si yo fuera la única persona en una habitación llena de poderosos empresarios. En las galas, mientras todos competían por su atención, él se inclinaba hacia mí y murmuraba:
—No me importa el contrato. Me importa que estés sonriendo.
Y yo sonreía, porque en ese entonces sabía que esa sonrisa era por mí.
Nuestros primeros meses fueron un torbellino delicioso. Una vez canceló una reunión importante para llevarme a Italia durante un fin de semana. “El mundo puede esperar cuarenta y ocho horas”, dijo, entrelazando sus dedos con los míos en el aeropuerto. Caminamos por calles empedradas, reímos como adolescentes, comimos helado en plazas iluminadas y, en el hotel, me hizo el amor con una intensidad que todavía puedo sentir si cierro los ojos.
—Eres mi debilidad, Victoria —susurró una madrugada, trazando el contorno de mi clavícula con los labios—. Y no pienso disculparme por eso.
¿Cómo no enamorarme de un hombre así?
Él sabía ser amante y amigo, compañero y refugio. Cuando tenía un mal día, me llevaba a nuestro balcón con dos copas y decía:
—Dime qué te preocupa. Lo resolveremos.
Y lo decía en plural. Lo resolveremos.
Esa palabra me hacía sentir invencible.
Pero con el tiempo, el plural desapareció.
No fue de golpe. No hubo un grito, ni una traición evidente. Fue algo más sutil, más perverso. Las reuniones comenzaron a extenderse. Los viajes pasaron de ser escapadas románticas a giras interminables. Las llamadas nocturnas dejaron de ser confesiones para convertirse en resúmenes ejecutivos.
—Estoy cerrando un acuerdo importante —decía, sin notar que mi voz ya no tenía el mismo brillo cuando respondía.
Al principio lo defendía. Ante mis amigas, ante mi madre, incluso ante mí misma.
—Está construyendo algo grande para nosotros —repetía.
Pero ¿cuándo ese “nosotros” se convirtió solo en él?
Recuerdo una noche específica. Yo llevaba un vestido azul que sabía que le encantaba. Habíamos prometido cenar juntos sin interrupciones. Preparé la mesa con velas, ordené que nadie nos molestara. Él llegó puntual… pero con el teléfono en la mano. Durante la cena, sus ojos iban del plato a la pantalla.
—¿Puedes dejar eso un momento? —pregunté con suavidad.
Levantó la mirada, sorprendido, como si acabara de recordar que yo estaba allí.
—Es importante, Victoria.
—¿Y yo no?
El silencio que siguió fue breve, pero devastador.
—No hagas esto —murmuró, con esa voz firme que usaba en las juntas.
No discutimos. Nunca hemos sido de gritos. Pero esa noche entendí que algo se estaba quebrando.
Ahora, cuando pienso en Mathews, veo a un hombre que se ha vuelto sombra. Un extraño con el que comparto una mansión y una cama, pero no un corazón. Sus besos son escasos y apresurados, casi protocolarios. A veces me roza la mejilla antes de salir y dice:
—Te ves hermosa.
Como si fuera un cumplido automático, parte del uniforme matrimonial.
Las pocas noches que regresa temprano, se sienta en el borde de la cama, se afloja la corbata y suspira.
—Estoy agotado.
Yo me acerco, coloco mi mano en su hombro.
—Háblame.
Pero él ya está lejos, mentalmente atrapado en gráficos y cifras que no tienen nada que ver conmigo.
Nuestra vida social, en cambio, es impecable. En los eventos, me toma del brazo con firmeza, me acerca a su cuerpo y posa para las cámaras como el esposo ejemplar. Sus dedos presionan mi cintura con propiedad, y durante un segundo, frente a todos, parece el hombre que fue.
—Sonríe —susurra apenas, sin dejar de mirar al fotógrafo.
Y yo sonrío.
Todos nos miran con envidia. Somos la pareja perfecta. El poder y la belleza. El éxito y la elegancia. Nadie sospecha que, cuando regresamos a casa, caminamos por pasillos inmensos en direcciones opuestas.
Sus ausencias no solo son físicas, son emocionales. Y esa ausencia duele más que la soledad pura. Porque es fácil acostumbrarse a dormir sola cuando nunca has probado lo contrario… pero yo probé lo mejor de él. Conocí al hombre que me hacía reír hasta el amanecer, que cancelaba vuelos por verme llorar, que me abrazaba como si el mundo pudiera desmoronarse y aun así estaríamos a salvo.
Y ahora me conformo con mensajes impersonales.
Apago la pantalla del teléfono y dejo el celular sobre la mesa. El reflejo oscuro me devuelve una imagen impecable, serena. Nadie diría que por dentro me estoy desmoronando.
“Cariño, llegaré tarde.”
Lo que me mata no es que llegue tarde.
Lo que me mata es recordar que hubo un tiempo en que no podía soportar estar lejos de mí… y que ahora, aunque comparta mi apellido, hace mucho que ya no llega a mi corazón.
Y aun así, una parte de mí —la más ingenua, la más enamorada— sigue esperando escuchar la puerta abrirse y su voz llamándome como antes:
—Victoria…
Como si todavía fuéramos nosotros.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰