Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 22: Ni una noche sin tí.
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Charlotte cerró la ventana con cuidado y lo miró como si todavía no creyera que estaba ahí de verdad, él se veía más serio que de costumbre y eso la hizo preocuparse un instante.
—¿Pasó algo? —preguntó en voz baja—. No me mires así, me estás asustando.
Nathaniel negó con la cabeza.
—No es eso. Solo vine a decirte algo antes de que te enteres por otra persona.
—Ahora sí me asustaste.
Él se acercó hasta quedar frente a ella, tan cerca que Charlotte pudo sentir el olor familiar de su ropa.
—Hablé con el rey.
—¿Con su majestad? ¿Directamente?
—Sí. Le pedí un favor. Bueno, más bien le cobré uno.
—Nathaniel… ¿qué hiciste?
—Conseguí que te reconozcan como noble oficialmente. El título saldrá en menos de un mes.
Charlotte se quedó quieta unos segundos, procesando la información. Luego abrió la boca y la volvió a cerrar, como si no encontrara palabras.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿Un mes?
—Un mes.
—¿De verdad?
—Charlotte, no suelo bromear con cosas así.
Ella le dio un golpe suave en el pecho.
—¡Eso es increíble!
Charlotte sonrió con una emoción sincera que él no veía desde hacía días.
—Aunque sea cansado… me gusta aprender. Esme es ruda, sí, pero… —hizo una mueca—. A su manera me está obligando a mejorar. A veces quiero llorar, pero luego pienso que estoy avanzando.
Nathaniel frunció levemente el ceño.
—No me gusta que te exija tanto.
—No me subestimes —respondió ella con una pequeña risa—. Puedo soportarlo. Y ahora que sé que todo esto servirá para algo… vale la pena aguantar un poco más.
—Por supuesto que valdrá la pena. Pero no soporte más tiempo pensando que Esme se salía con la suya.
Charlotte juntos sus manos detrás de su espalda y se movió despacio hacia él.
—Dejando a un lado el tema. Quédate un rato más… por favor.
Nathaniel no respondió con palabras. La rodeó con los brazos de inmediato y la atrajo contra su pecho con esa firmeza que siempre la tomaba desprevenida.
—Te extrañé demasiado —murmuró contra su cabello, su aliento caliente acariciando su piel.
—Yo también —susurró Charlotte, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal.
Él le besó el cuello con una calma exquisita, sus labios explorando cada centímetro, dejando pequeñas marcas mientras desataba la bata que ella llevaba. La seda resbaló hasta el suelo, revelando la delicada lencería que ocultaba su piel. Charlotte se aferró a su camisa sin protestar, su respiración acelerándose con cada roce.
Los dos que se necesitaban después de días separados. Se movieron despacio, hablándose al oído, riéndose, tomando la piel del otro con una necesidad inimaginable. No tardaron en caer en la cama, tomándose el uno con el otro sin frenesí, pero con una intensidad que quemaba. Nathaniel mordía cada rincón de su cuerpo, sus dientes dejando marcas rojas que testimoniaban su deseo. Mientras que ella suspiraba al sentirlo en todos los sentidos, sus gemidos llenando la habitación mientras la llenaba completamente de placer puro y desenfrenado.
Charlotte se arqueó bajo su boca, con los dedos aferrados a su espalda. Nathaniel la recorría con paciencia hambrienta. Sus labios bajaban lento, encendiendo su piel con besos húmedos y cálidos que la hacían estremecer.
—Te necesito… —murmuró él, con la voz rota.
Ella respondió tirando de su camisa hasta abrirla, rozándolo con la misma urgencia. La piel contra piel, el calor creciendo. Nathaniel la sostuvo por las caderas y Charlotte lo atrajo más, cerrando la distancia hasta que ya no hubo espacio entre ellos.
El movimiento empezó lento. Sus frentes pegadas. Cada embestida suave arrancaba un suspiro, luego un gemido, luego su nombre escapando de sus labios como una plegaria.
Las manos de él recorrían su espalda, su cintura, sus muslos, marcándola con caricias y rasguños. Charlotte se aferraba a sus hombros, guiándolo, pidiéndole más sin palabras. El ritmo creció, y con él la tensión que vibraba, era espesa y deliciosa.
La habitación se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas, del roce de las sábanas, de sus voces bajas y rotas llamándose mutuamente.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una ola que los arrastró juntos. Se aferraron fuerte, temblando, perdiéndose en esa explosión cálida que les robó el aliento. Nathaniel escondió el rostro en su cuello mientras Charlotte lo abrazaba.
Después, quedaron en silencio, entrelazados, con el sudor enfriándose en la piel y los corazones aún desbocados.
Él besó su clavícula con ternura.
—No creo que puedo vivir una noche más sin tí.
Charlotte sonrió, todavía mareada, y lo abrazó más fuerte.
—Visítame todas las noches. Eres experto para colarle en mi habitación.
Más tarde, cuando Nathaniel tuvo que marcharse, Charlotte lo acompañó hasta el balcón.
—Ten cuidado —le dijo—. Si te caes no pienso bajar a recogerte.
—No mientas. Te caerias conmigo solo para intentar salvarme.
Ella solo se rió. Él le rozó los labios una última vez. Cuando se fue, Charlotte se metió a la bañera con una sonrisa tonta que no podía borrar. Se lavó el cabello, se acomodó la bata limpia y salió sintiéndose ligera, como si todo el cansancio de los últimos días se hubiera ido por el desagüe.
Estaba a punto de acostarse cuando alguien tocó la puerta.
—Otra vez... ¿Quién…?
—Soy yo. Abre.
La voz de Esme. Aunque Charlotte sabía, se hizo la ignorante para fastidiarle la vida.
—¿Yo quién?
—Abre, Charlotte, no estoy de humor para tí.
—Que pena, yo sí.
Charlotte abrió apenas. La princesa entró sin esperar permiso, llevaba una bata elegante y una lámpara pequeña en la mano.
— Necesito hablar contigo.
Charlotte se apartó.
—Alteza… ¿ocurre algo?
Esme avanzó por la habitación y se detuvo al verla mejor. Sus ojos recorrieron la piel húmeda de Charlotte, las marcas rojas en el cuello, en los hombros, en los brazos.
—Te bañaste hace poco —murmuró Esme.
—Sí.
—Y no estabas sola.
Charlotte no respondió.
Esme inhaló apenas.
—Perfume de limón. El duque siempre huele así.
Sus miradas chocaron. Charlotte dejó su lado de juego y realmente se puso seria.
—Dime algo —preguntó Esme con voz baja—. ¿Cuánto vale tu amor por Nathaniel?
Charlotte frunció el ceño.
—¿Perdón?
—¿Cuánto? ¿Qué precio tendría para que lo dejaras?
Charlotte la miró unos segundos… y luego soltó una carcajada.
Esme se molestó.
—¿Qué es tan gracioso?
Charlotte se acercó tanto que la princesa retrocedió un paso sin notarlo.
—Esperaba que esta pregunta nunca llegara —La miró directo a los ojos—. Porque no sabía cómo responderla. Pero ahora lo sé. No tiene precio. Ni ahora ni nunca.
Esme apretó la lámpara.
—Todo tiene precio.
— Él no.
— Puedo darte poder, estatus, protección.
— No me interesa.
— Haré cualquier cosa por tenerlo.
Charlotte sonrió de lado.
— Entonces te pido que no me preguntes estupideces.
— Nathaniel solo te quiere por lástima —soltó Esme—. Él mismo lo dijo.
Charlotte soltó otra risa.
— Cuando él me lo diga a la cara, te creeré. Hasta entonces, solo creo en lo que sale de su boca. Y tiene unos labios que dice la verdad cada vez que me besa.
Esme temblaba de rabia.
— Te haré la vida imposible aquí.
— Inténtalo.
La princesa salió sin hacerle algo más. Charlotte cerró la puerta y respiró hondo
—Vieja loca.
Al día siguiente, Esme fue obligada a visitar a la familia Fargus. Su padre prácticamente la empujó al carruaje. Catty la acompañaba, nerviosa.
— Alteza… ¿de verdad quiere que hable yo?
— Sí. Tú te disculpas en mi nombre.
— Pero no es mi deber… y escuché que el heredero es muy odioso.
— No me importa.
— Me da miedo.
— Baja, habla y vuelve. Eso es todo.
Catty tragó saliva.
— Sí… alteza.
El carruaje se detuvo frente a la mansión Fargus y la pobre sirvienta bajó sola, mirando atrás como si esperara que alguien la rescatara.
Esme ni siquiera abrió la cortina.
—Santo Dios, protegeme de todo.
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¡Que comience el maratón!
buen Charlotte muestra tus💪