Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Palacio 1
El carruaje avanzaba por las calles iluminadas de la capital mientras el palacio quedaba atrás.
Apenas las puertas se cerraron y el vehículo comenzó a moverse, Abigail soltó el aire que había estado conteniendo… y luego se dejó caer contra el respaldo con una risa suave.
—Bueno… eso fue interesante.
Mila, sentada frente a ella, todavía tenía las manos juntas como si no supiera si agradecer o pedir protección divina.
—Mi lady… yo pensé que no saldríamos.
—¿Qué exagerada eres? Si hasta brindamos.
Mila la miró con reproche.
—¡Brindó con el rey!
—Y con buen vino —añadió ella, orgullosa.
Durante el trayecto, Abigail comenzó a relatar cada detalle con entusiasmo..
Cómo él había preparado el plan.
Cómo había reaccionado cuando ella aceptó tan rápido.
La oficina en el palacio.
La cara que puso cuando mencionó esposa y amante.
—Ahí.. Ahí se puso tenso.
Mila abrió los ojos.
—¿Tenso?
—Sí. Apenas le pregunté si tenía amante. Se quedó más rígido que estatua de plaza.
Mila negó con la cabeza.
—Mi lady, eso es imprudente.
Abigail se inclinó hacia adelante con una sonrisa conspiradora.
—Mila… necesito que averigües algo.
Mila parpadeó.
—¿Qué cosa?
—Cuántas mujeres visitan el palacio con frecuencia.
La doncella casi se atragantó con su propio aliento.
—¿Qué?
—Y si el rey tiene novia. O alguna prometida secreta. O visitas nocturnas sospechosas.
—¡Mi lady!
Abigail soltó una risa.
—¿Qué? Es información estratégica.
Mila la miró completamente confundida.
—¿Estrategia? Él solo le habló de negocios.
Abigail cruzó las piernas con calma, apoyando el mentón en la mano.
—Sí… negocios.
Sonrió lentamente.
—Pero no me miraba como si yo fuera solo un negocio.
Mila abrió los ojos de par en par.
—¿Qué quiere decir?
Abigail ladeó la cabeza, recordando.
La forma en que él había sostenido su mirada.
Cómo su voz había cambiado apenas cuando preguntó si tenía novio.
El leve silencio antes de responder que no tenía esposa ni amante.
No era imaginación.
Ella conocía esa mirada.
Había vivido lo suficiente.. dos veces.. para reconocer interés cuando lo veía.
—Estoy casi segura de que el rey se está enamorando de mí.
El carruaje pareció detenerse en el tiempo.
Mila quedó petrificada.
—¿Perdón?
Abigail se recostó, completamente relajada.
—No del todo, claro. Pero va en camino.
—¡Mi lady, eso es imposible!
—¿Imposible? ¿por qué? Soy encantadora, inteligente y le llevé el mejor vino de la región. Las probabilidades están a mi favor.
Mila se llevó una mano al pecho.
—Está hablando del rey de Bernicia.
—Sí, y resulta que el rey de Bernicia es un hombre de treinta y tantos sin esposa, sin amante… y con una mirada que se le ablanda cuando sonrío.
Mila estaba al borde del colapso.
—¿Y si solo fue cortesía?
Abigail negó con la cabeza, divertida.
—No era cortesía.
Sus ojos se suavizaron un poco.
—Era curiosidad… y algo más.
Guardó silencio un segundo, mirando por la ventana.
—Y me gusta.
Mila la observó como si no supiera si reír o desmayarse.
—¿Le gusta que el rey se enamore de usted?
Abigail encogió los hombros.
—Me gusta que alguien me mire como si fuera interesante y única..
Luego añadió con un brillo travieso..
—Pero primero quiero confirmar que no tenga una fila de mujeres entrando por la puerta trasera.
Mila casi gritó.
—¡Mi lady!
Abigail soltó una carcajada fuerte.
—Tranquila, no voy a declararme mañana. Solo… investiga.
Se acomodó mejor en el asiento.
—Si voy a trabajar en el palacio, quiero saber el terreno que piso.
Mila la miró completamente sorprendida..
—Está jugando con fuego.
Abigail sonrió, mirando el cielo nocturno a través de la ventana.
—Tal vez.
Luego añadió, con esa seguridad ligera que siempre la acompañaba..
—Pero esta vida es un regalo, ¿no? Sería aburrido no probar qué tan caliente puede arder.
Y mientras el carruaje se alejaba del palacio, Mila se preguntaba en qué momento su tranquila señora comerciante se había convertido en una mujer dispuesta a coquetear con un rey.
Y Abigail… sonreía.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo de lo que podía pasar.
Sentía emoción.
Mila cumplió la orden con la mayor discreción posible.
Habló con una prima lejana que trabajaba en las cocinas del ala este.
Preguntó a un hombre que a veces veía entrar carruajes nobles.
Incluso deslizó la conversación con una lavandera que conocía los horarios mejor que cualquier guardia.
Las preguntas eran suaves.
—¿Suelen venir damas al palacio?
—¿Hay visitas frecuentes?
—¿Alguna mujer que pase muchas noches allí?
Pero en el palacio de Bernicia nada ocurría sin que el rey lo supiera.
Nada.
A la mañana siguiente, uno de los jefes de guardia solicitó audiencia breve.
Michael lo escuchó con expresión neutra.
—Majestad, parece que desde la Casa Stevens han estado preguntando a la servidumbre si entran mujeres al palacio con frecuencia.
Un silencio breve.
Luego, muy leve… una sonrisa.
Michael no necesitó más detalles.
No era difícil deducir quién había hecho la pregunta.
—¿Quién hizo las consultas?
—Una doncella de confianza de Lady Abigail.
La sonrisa del rey se amplió apenas.
No era un gesto burlón.
Era… satisfecho.
Así que ella también pensaba.
También medía el terreno.
Michael se giró hacia el ventanal, ocultando la expresión que se dibujaba en su rostro.
—Respondan con la verdad.
El jefe de guardia dudó.
—¿Majestad?
—Que dejen claro que ninguna mujer entra al palacio con regularidad. Que no hay visitas privadas ni nocturnas.
Su voz fue firme.
Clara.
Casi deliberada.
—Que lo sepan sin ambigüedades.
El guardia asintió y se retiró.
Cuando quedó solo, Michael apoyó una mano en el respaldo de su silla.
Abigail quería saber si había alguien.
Eso significaba algo.
No era indiferencia.
No era simple curiosidad trivial.
Era interés.
Y el pensamiento lo dejó inexplicablemente complacido.
—Curiosa… muy curiosa..
En la mansión Stevens, Mila regresó con el informe esa misma tarde.
Entró a la sala casi sin aliento.
—Mi lady…
Abigail levantó la vista desde un registro de barricas.
—¿Y bien?
Mila tragó saliva.
—Ninguna mujer entra al palacio.
Abigail dejó el libro lentamente.
—¿Ninguna?
—Ninguna. Ni visitas frecuentes, ni amantes, ni prometidas secretas. Nada.
El silencio duró un segundo.
Y luego..
Abigail sonrió.
Esa sonrisa amplia, triunfante y traviesa.
—¿Ves, Mila? Ninguna mujer entra… y yo tendré mi propia oficina.
Mila cerró los ojos.
—Mi lady…
Abigail se levantó y caminó por la habitación con energía renovada.
—Ese rey quiere conmigo.
Lo dijo como quien anuncia que el pan subió bien en el horno.
Natural.
Convencida.
Divertida.
Mila suspiró profundamente y juntó las manos.
—Por favor, que esto no termine en tragedia.
Abigail soltó una risa.
—¿Tragedia? Lo peor que puede pasar es que me mire demasiado serio otra vez.
Se detuvo frente a la ventana.
Su reflejo le devolvió una expresión distinta.
Más suave.
Más pensativa.
No era solo juego.
Había sentido algo en esa oficina.
En la forma en que él preguntó por su supuesto novio.
En la tensión apenas contenida cuando ella bromeó sobre enamorarse.
No era imaginación.
—Está intentando parecer distante.. pero no le sale tan bien.
Mila la observó con mezcla de preocupación y ternura.
—¿Y usted?
Abigail no respondió de inmediato.
Miró el cielo de la capital, teñido por el atardecer.
—Yo solo estoy disfrutando el momento.
Pero en su pecho había una emoción nueva.
Una expectativa distinta a la del negocio.
Mientras tanto, en el palacio, Michael firmaba documentos que apenas leían sus ojos.
Su mente no estaba en tratados ni impuestos.
Estaba en una mujer vestida de rojo vino preguntando si tenía amante.
En su risa.
En su seguridad.
En el hecho de que había investigado.
Eso significaba que también pensaba en él.
—Interesante, Lady Abigail… —murmuró.
Esa noche, sin saberlo, ambos miraron por sus respectivas ventanas hacia el mismo cielo.
Ella con una sonrisa traviesa.
Él con una calma expectante.
Pensando el uno en el otro.
Sin confesiones.
Sin promesas.
Pero con una certeza silenciosa creciendo en ambos corazones..
Aquello ya no era solo un acuerdo comercial.