Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
NovelToon tiene autorización de Cintya Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que dejé atrás
Hay un tipo de cansancio que no se cura durmiendo.
Ren lo conocía bien.
Era el cansancio que se instala en los huesos cuando llevas años cargando sola con todo. El que se acumula silenciosamente, turno tras turno, examen tras examen, sin que nadie note que estás a punto de romperte porque siempre llegas, siempre entregas, siempre sonríes cuando es necesario.
Tenía veinticinco años y ya sabía lo que era sentirse vieja.
Salió del trabajo pasadas las diez de la noche con la mochila colgada en un hombro y los pies arrastrándose sobre el asfalto mojado. Había llovido esa tarde. Las luces de los autos se reflejaban en los charcos como pequeños soles caídos, y Ren los miró un momento, distraída, antes de seguir caminando.
Solo llegar a casa. Solo eso.
Casa era un cuarto pequeño en un edificio viejo que olía a humedad los días de lluvia. Sin decoración salvo por una fotografía en la mesita de noche: sus padres jóvenes, sonriendo frente a un parque que Ren ya no recordaba haber visitado con ellos. La tomaron el año en que murieron, según la fecha escrita a lápiz en el reverso. Ella tenía nueve años.
No recordaba bien sus rostros sin la fotografía.
Eso era lo que más dolía, a veces. No el haberlos perdido — ese dolor era ya una cicatriz vieja y conocida — sino el hecho de que la memoria se iba borrando despacio, como tinta bajo la lluvia. Primero olvidó la voz de su madre. Luego la forma de reír de su padre. Ahora solo los tenía en esa imagen de papel, estáticos, perpetuamente jóvenes, sin saber que su hija estaba en algún lugar del mundo arrastrando los pies bajo la lluvia.
Sus tíos nunca llenaron ese espacio.
No por maldad, quizás. Solo por indiferencia, que a veces duele más. Tenían su propia hija, su propia vida, y Ren era una obligación que cumplían sin entusiasmo. Le daban techo y comida. Nunca le dieron pertenencia.
Fue en esa casa donde aprendió a ocupar poco espacio.
Y fue precisamente por eso que encontró el kendo.
Tenía doce años cuando entró por primera vez al club, siguiendo a una compañera que no volvió después de la primera semana. Ren sí volvió. Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro, porque en ese dojo había algo que no existía en casa de sus tíos: un lugar donde podía hacer ruido. Donde podía ocupar espacio. Donde el esfuerzo valía algo tangible.
Agregó judo dos meses después.
Entre los dos clubes conseguía no llegar a casa hasta la noche. Entre los dos construyó algo que nadie le podía quitar: disciplina, fuerza, y finalmente una beca universitaria que fue su boleto de salida.
El día que cumplió dieciocho años hizo una sola maleta y no miró atrás.
Eso fue lo que pensó caminando bajo la llovizna esa noche, sin ninguna razón particular. A veces el cansancio desenterraba recuerdos que uno prefería dejar enterrados.
—Ahh, qué día tan largo.
Lo murmuró para nadie. Se había acostumbrado a hablar sola. Vivir sola durante años te convierte en tu propia compañía, y Ren había aprendido a no encontrar eso triste sino simplemente verdadero.
Quería llegar, ducharse con el agua tan caliente como pudiera soportarla, y dormir.
Mañana había examen. La semana siguiente, entrega de proyecto. El fin de mes, el alquiler.
Primero la ducha. Luego el mundo.
Cruzó la calle sin levantar la vista del suelo, siguiendo la ruta de memoria como llevaba años haciéndolo. El mareo llegó sin aviso, un vahído repentino que la hizo detenerse en seco a mitad del cruce y parpadear despacio, confundida.
Otra vez no.
Llevaba cinco días sin dormir más de cuatro horas. Sabía que su cuerpo acumulaba la deuda tarde o temprano, pero ahora no era el momento, ahora estaba en mitad de la—
Las luces llegaron demasiado rápido.
No tuvo tiempo de pensar. Solo hubo un instante breve, extrañamente quieto, en el que su mente registró el sonido del motor, el reflejo cegador de los faros, y después—
Nada.
¿Dónde estoy?
La pregunta llegó antes que la conciencia.
Luego llegó el techo.
Era alto, de piedra blanca, con vigas de madera oscura que cruzaban de lado a lado como costillas de algún animal enorme. De las vigas colgaban cortinas translúcidas que se movían levemente con una corriente de aire que Ren no podía identificar.
Esto no es un hospital.
Se incorporó despacio. Su cuerpo respondió de una forma extraña, como si el peso estuviera distribuido de manera diferente, como si los brazos fueran un poco más cortos, las piernas un poco más livianas. La cama era enorme, con sábanas de seda color marfil y almohadas bordadas.
Se levantó. Las piernas le respondieron. Caminó despacio hacia donde debía estar la puerta, y fue entonces cuando lo vio.
El espejo.
Era alto, enmarcado en madera tallada con motivos florales. Ocupaba casi todo el lateral de la pared, y Ren se detuvo frente a él porque la persona que la miraba desde el otro lado no era ella.
Silencio.
Se miró. La otra se miró.
Ren levantó la mano derecha despacio.
La otra levantó la mano derecha.
—Qué demonios.
Su voz era diferente. Más joven, más suave en los bordes. Y el rostro que la pronunciaba era el de una chica de quizás diecisiete años, de piel casi traslúcida, con un cabello rojo brillante que caía en cascada sobre los hombros como si alguien lo hubiera teñido con la llama de una vela. Y los ojos —
Los ojos eran rojos.
No el rojo ordinario de la irritación o el llanto. Rojo profundo, oscuro en el centro y brillante en los bordes, como rubíes con luz propia.
Ren tocó el espejo con la punta de los dedos.
El vidrio era frío y real.
—¿Esta soy yo?
No era una pregunta para nadie. Era el intento desesperado de su mente por procesar algo que no tenía explicación lógica.
Se tocó la mejilla. La chica del espejo se tocó la mejilla.
El estómago se le revolvió de golpe.
Encontró el baño por instinto. Llegó justo a tiempo. Cuando terminó se quedó arrodillada en el suelo de mármol frío, con la frente apoyada en el borde y la respiración entrecortada.
Okay. Piensa.
Estaba viva. Eso era primero.
Estaba en un cuerpo que no era el suyo. Eso era segundo.
Se arrastró de vuelta a la cama. Las piernas no le respondían del todo y necesitaba un momento, un solo momento, para no entrar en pánico absoluto.
El sueño la atrapó antes de que pudiera terminar el pensamiento.
Las imágenes llegaron como agua.
No eran recuerdos suyos. Los reconoció de inmediato como ajenos, como ver la vida de otra persona proyectada en el interior de sus párpados, pero los sentía con una precisión que dolía físicamente.
Una niña de cabello rojo sentada sola en el comedor de una casa noble. Su familia alrededor, hablando sobre negocios, sobre política, sobre el estado de las finanzas. Nadie le hablaba. Nadie la miraba.
El cabello rojo trae mala suerte, susurró alguien.
Es la culpable de que estemos en ruinas, dijo otro.
La niña comía en silencio y aprendió a no llorar donde pudieran verla.
Luego vino el día en que su padre la llamó al estudio. Tenía quince años.
Hay un duque que ha pedido tu mano. Aceptarás.
Sin pregunta. Sin espacio para responder.
¿Cuántos años tiene?
Treinta y seis.
No lloró frente a su padre. Esperó a estar sola.
Después vinieron dos años de espera en los que nadie la preparó para nada. Nadie le explicó qué esperar de un hombre que casi doblaba su edad.
El día de la boda vio por primera vez el rostro del duque.
Era guapo. Lo notó antes de poder evitarlo, con una objetividad extraña y desapegada. Cabello azul oscuro, ojos azules de una claridad casi antinatural. La miró exactamente una vez durante la ceremonia, y en ese instante Adalyn buscó algo en esos ojos — compasión, curiosidad, cualquier cosa — y no encontró nada.
Solo indiferencia.
Esa noche él fue a su habitación.
Solo haremos esto una vez. Porque no quiero que hablen de mí.
Adalyn quiso pedirle que fuera gentil. Que recordara que ella tenía diecisiete años y estaba aterrorizada. Pero las palabras no llegaron, y él no esperó que llegaran.
Fue brusco. Breve. Completamente indiferente.
Y después se fue. Y Adalyn se quedó sola en la oscuridad con un hombre que no quería estar casado con ella y una familia que la había vendido sin pensarlo dos veces.
Lloró hasta quedarse dormida.
Esa fue su noche de bodas.
Las imágenes siguieron llegando. Semanas dentro de esa mansión enorme y silenciosa. Adalyn buscando al duque por los pasillos, esperando fuera de su estudio, retirándose sin haber tocado la puerta porque en el último momento el miedo era más grande que la soledad.
Y entonces — casi al final de todo, como un susurro que Adalyn había escuchado sin querer en el mercado dos semanas antes de que Ren llegara a este cuerpo — una frase dicha en voz baja entre dos sirvientes del palacio que creían no ser escuchados:
Se dice que la duquesa de ojos rojos llevará en su vientre al que romperá las cadenas del imperio. El hijo de la mala suerte será la ruina del emperador.
Adalyn no lo había entendido entonces.
Solo había seguido caminando, con la cabeza gacha, como siempre.
Ren abrió los ojos con las mejillas mojadas.
Tardó un momento en recordar dónde estaba. Luego lo recordó todo de golpe — el cuerpo ajeno, el espejo, el mareo — y se quedó quieta mirando el techo mientras ordenaba lo que acababa de ver.
La hija que nadie quería.
La esposa que nadie eligió.
La madre del hijo que destruirá al hombre más poderoso del imperio.
Ese hijo crecía dentro de ella ahora mismo, sin saber nada de todo esto. Sin saber que su padre era el verdugo del mismo hombre que su existencia amenazaba. Sin saber que la mujer que lo cargaba ya no era la misma persona que llegó a esta cama llorando.
Ren cerró los ojos un instante.
Y sintió algo asentarse dentro de ella con la solidez tranquila de una decisión tomada sin drama.
Nadie le haría a este hijo lo que le hicieron a Adalyn.
Ni a ella tampoco.
Había dos mucamas de pie junto a la cama. Y un hombre que identificó como médico. Los tres la miraban con cautela.
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó una de las mucamas.
—Soy el médico —dijo el hombre—. Por favor, debe estar tranquila. Tengo muy buenas noticias para usted.
Ren lo miró. Esperó.
—Está embarazada, señora Adalyn.
Silencio.
—¡Qué bien, señora! El duque estará muy feliz y le prestará más atención.
Ren sintió algo moverse dentro de ella. Una comprensión fría y repentina. Le prestará atención. Como si eso fuera el mayor bien que una mujer pudiera recibir. Como si Adalyn hubiera pasado semanas esperando exactamente eso y ahora por fin lo hubiera ganado.
—Salgan —dijo en voz baja.
—¿Señora?
—He dicho que se vayan.
Las mucamas y el médico se retiraron. Ren escuchó cómo murmuraban al salir.
Que le pasa ahora.
Se volvió loca, seguro.
La puerta se cerró.
Y entonces Ren se quedó completamente sola, con el cuerpo de una chica de diecisiete años, las memorias de una vida devastada, y un hijo que no sabía todavía nada del mundo al que había llegado.
Miró el techo.
Y se rió.
Primero fue una risa pequeña, casi silenciosa. Luego más grande, más extraña, hasta que llenó toda la habitación.
El duque le prestará atención.
El hombre que la trató como un trámite le prestará atención ahora que tiene algo que él necesita.
Qué absolutamente gracioso.
Se tocó la cara. Las lágrimas y la risa se mezclaban en algo que no era exactamente ninguna de las dos cosas.
Okay, pensó. Piensa, Ren.
Estás en otro mundo. Estás embarazada de un duque que no te quiere. Tu familia te vendió. Los sirvientes te temen o te desprecian.
Y el hijo que crece dentro de ti va a destruir al hombre más poderoso de este imperio.
El hijo del verdugo del emperador.
El verdugo no sabe nada todavía.
Ren dejó de reír despacio. Se limpió las lágrimas y se quedó mirando el techo con algo que era completamente nuevo en ese rostro.
Determinación. Sin miedo. Sin sumisión.
Afuera, en el pasillo, una de las mucamas susurró:
—Si de verdad se volvió loca.
Dentro de la habitación, Ren sonrió sola.
Que piensen eso.
Por ahora, es mejor así.
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor