Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 17: La Traición y el Caos
Elena bajó del Aston Martin de Sebastian con el alma hecha pedazos. El viaje de regreso desde el pequeño local de comida había sido silencioso, cargado de un peso invisible que parecía aplastarla contra el asiento. Sebastian no dijo nada más. Solo la miró una vez antes de que ella cerrara la puerta del coche y caminara hacia la entrada de la mansión.
Dentro, en el salón principal, la esperaban sus padres y su hermano. Victoria se levantó de inmediato al verla entrar, con los ojos hinchados de tanto llorar. Alfred permanecía sentado, con expresión grave. Martín estaba de pie junto a la ventana, visiblemente nervioso.
—Elena, hija mía —empezó Victoria, acercándose con las manos extendidas—. Por favor, piensa bien lo que vas a hacer. Es tu hermano. La sangre es más espesa que el agua. No puedes entregarlo. Arruinarás esta familia para siempre.
Elena se detuvo en medio del salón. El dolor y la rabia bullían en su interior como un volcán a punto de erupcionar. Miró directamente a Martín, con lágrimas contenidas en los ojos verdes.
—Martín… te ruego que te entregues —dijo con voz temblorosa pero decidida—. Haz lo correcto. Enfrenta lo que hiciste. Laura Mendoza tenía sueños, tenía una vida… y tú se la quitaste. No puedo seguir viviendo sabiendo esto y fingiendo que nada pasó.
Martín la miró con una mezcla de incredulidad y furia. Su rostro se deformó en una mueca de rabia.
—¿Traicionarme? ¿Eso es lo que vas a hacer? ¡Eres mi hermana! ¡Después de todo lo que hemos pasado juntos! ¿Vas a entregarme a ese monstruo de Spencer solo porque una puta foto y un video te conmovieron?
Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Dejar las cosas como si nada hubiera pasado sería traicionarme a mí misma, Martín. Traicionaría todo en lo que creo. No puedo vivir con esa culpa.
Victoria soltó un sollozo dramático y se llevó las manos al pecho.
—¡Tu reputación está acabada, Elena! ¡La de todos nosotros! ¿Qué dirá la gente? ¿Qué dirán nuestros amigos? Todo por lo que hemos trabajado… destruido.
Alfred, que hasta entonces había permanecido en silencio, se levantó de golpe y se acercó a Martín. Con una fuerza que nadie esperaba, le dio una fuerte bofetada.
—¡Todo esto es tu maldita culpa! —gritó Alfred—. ¡Siempre lo arruinas todo! ¡Eres un desastre, Martín!
Martín se tocó la mejilla enrojecida. Sus ojos brillaban con un resentimiento profundo, acumulado durante años. De pronto, explotó.
—¡¿Mi culpa?! —rugió, con la voz quebrada—. ¡Siempre es mi culpa! ¡Ustedes me hicieron así! Siempre quise estar a la altura de sus expectativas, ser el hijo perfecto, el heredero brillante… ¡pero nunca pude! Solo les importaba la reputación, el dinero, las apariencias. ¡Nunca nos abrazaron con amor, crecimos en soledad teniendo todo sí, pero sin padres! ¡Nunca me dijeron que estaba bien si fallaba! ¡Solo críticas, presión y más presión! ¡Ustedes me empujaron a esto!
El silencio que siguió fue ensordecedor. Victoria lo miró horrorizada. Alfred parecía haber recibido un golpe físico. Martín, con lágrimas de rabia, dio media vuelta y salió del salón sin decir una palabra más, dando un portazo que retumbó en toda la mansión.
Elena se quedó de pie, temblando. Las lágrimas que había estado conteniendo cayeron finalmente. Salió también del salón, incapaz de soportar más.
Mientras tanto, Sebastian creía que tenía todo bajo control. Estaba en su estudio revisando documentos cuando John entró con el rostro tenso.
—Sebastian… hay un problema.
Le mostró su teléfono. El video de Martín había sido filtrado. Estaba por todas partes: redes sociales, grupos de chat, noticias locales. La mansión cayó en un ambiente tenso y caótico. La servidumbre murmuraba en los pasillos. Los teléfonos no dejaban de vibrar.
Sebastian apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿Quién lo filtró?
John suspiró.
—Parece que fue Matilda… con ayuda de Stephanie. Lo hicieron sin consultarte.
Sebastian cerró los ojos un momento. La mujer que había considerado como una madre y su hija habían actuado a sus espaldas. La traición le quemaba por dentro.
En el salón, Matilda y Stephanie hablaban en voz baja, satisfechas.
—Era necesario —decía Matilda—. Esa familia merece ser destruida públicamente.
Sebastian apareció en la puerta, con la mirada helada.
—Hablaremos de esto después —dijo con tono peligroso—. Ahora, el daño ya está hecho.
La mansión entera parecía contener la respiración. Cada habitante, desde la servidumbre hasta los miembros de las dos familias, sentía el peso de la tormenta que acababa de desatarse. En las redes sociales, el escándalo crecía como un incendio fuera de control. El nombre Lecrec estaba siendo arrastrado por el lodo.
Elena, encerrada en su habitación, miraba por la ventana con el corazón destrozado. Todo se estaba desmoronando a su alrededor, y ella estaba en el centro de la destrucción.
Sebastian, desde su estudio, observaba la noche. Su plan de destruir a los Lecrec desde dentro había funcionado mejor de lo esperado… pero el precio comenzaba a sentirse más alto de lo que imaginaba.