Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Batalla perdida
Luke
—¿Luke?
Levanto la cabeza.
Cassidy aparece junto a la oficina. Tiene el cabello completamente despeinado.
—¿Qué?
—¿Por qué hay tres Mercedes negros afuera y uno parece haber tenido una discusión con un ejército?
Cierro los ojos.
Damián suelta una carcajada.
—Buenos días, Cassidy.
Mi hermana lo mira.
Después mira los vehículos. Después vuelve a mirarlo.
—Damián.
—¿Sí?
—¿Qué les haces a tus automóviles?
Sonríe.
—Los conduzco.
Cassidy levanta una ceja.
—Deberías considerar cambiar de instructor.
Me echo a reír. Damián también.
—Estamos estudiando un proyecto de blindaje —le explico.
Sus ojos se iluminan inmediatamente.
—¿Blindaje?
—Profesional. Con especialistas y pruebas certificadas.
Cassidy se acerca a la libreta.
La mira.
Después me mira a mí.
—¿En serio?
Asiento.
—En serio.
Sonríe lentamente.
Conozco esa expresión.
Es la misma que pone cuando descubre una máquina nueva que quiere desmontar para entender cómo funciona.
—Esto podría ser increíble.
—Podría —respondo.
—¿Y vamos a trabajar con vehículos especiales?
—Si el proyecto resulta viable, sí.
Mi hermana mira a Damián.
—¿Puedo participar?
Él la observa divertido.
—¿Tu hermano te deja?
Cassidy me mira.
—Luke.
—Cass.
—Luke.
Suspiro.
—Obviamente vas a participar.
Sonríe.
—Excelente.
Después observa la libreta otra vez.
—Voy a necesitar investigar bastante.
—Los dos —respondo.
—Y probablemente más equipos.
—Lo sé.
—Y herramientas especializadas.
—También.
—Y...
—Cassidy.
Me mira.
—¿Qué?
—Todavía no hemos comenzado.
Pone los ojos en blanco.
—Qué aburrido eres.
Damián suelta una carcajada.
Mi hermana se marcha con la libreta prácticamente pegada al pecho.
—¡Voy a buscar información!
La observo alejarse.
Después miro a Damián.
—Acabas de crear un monstruo.
Él sonríe.
—Me parece que ese monstruo ya existía.
No puedo discutirlo.
*****
Estamos revisando las fechas disponibles para llevar el primer vehículo al proveedor especializado cuando el teléfono de Damián comienza a sonar.
Lo saca del bolsillo.
Mira la pantalla y su expresión cambia inmediatamente.
No mucho. Pero lo suficiente para que lo note.
La seriedad desaparece y una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Princesa.
Mi mano se detiene sobre la libreta.
Aria.
Por supuesto.
Damián se aparta un poco del escritorio.
—¿Cómo estás, cariño?
No alcanzo a escuchar la respuesta, pero sí lo veo sonreír.
—¿Terminaste? —Hace una pausa—. ¿Todos? —Otra pausa—. Eso es maravilloso, mi amor. Sabía que te iría bien.
Sonrío ligeramente.
Terminó sus exámenes.
Recuerdo que llevaba semanas preocupada por las últimas evaluaciones antes de las vacaciones.
En una de sus visitas al taller había dicho que estaba considerando declararle la guerra a su profesor de finanzas si volvía a cambiar la fecha de una prueba.
Parece que sobrevivió.
Me alegro muchísimo.
Vuelvo a mirar la libreta. No tengo ninguna razón para escuchar una conversación privada.
Absolutamente ninguna.
—¿Celebrar?
Mi mano vuelve a detenerse.
Damián frunce ligeramente el ceño.
—¿Qué clase de celebración?
Levanto la cabeza.
No debería hacerlo. Lo sé. Pero la curiosidad es una desgracia bastante difícil de controlar.
Damián escucha y después niega.
—No. —Se detiene dos segundos—. Aria, he dicho que no.
Aprieto los labios para no sonreír.
Conozco ese tono.
Es el mismo que utiliza cuando Adamo le presenta alguna idea particularmente estúpida.
Aunque, por alguna razón, sospecho que mi amigo recibe respuestas negativas con mucha menos posibilidad de negociación.
—Princesa, no necesitas ir a una discoteca para celebrar que terminaste tus exámenes.
Una discoteca.
Miro mi libreta.
No leo absolutamente nada de lo que tengo escrito.
—Puedes celebrar con tus amigos aquí, en casa —continúa Damián—. O podemos salir a cenar. —Hace una pausa—. No, cariño. Eso no es lo mismo.
Su expresión cambia.
Cierra los ojos.
—Aria. —Otra pausa—. No hagas eso.
Me muerdo el interior de la mejilla.
Lo conozco lo suficiente para imaginar lo que está ocurriendo al otro lado de la llamada.
Aria Greco está utilizando todos los recursos disponibles para convencer a su padre. Y, considerando que lleva veintiún años perfeccionando esa habilidad, sospecho que Damián tiene un problema.
—No me pongas esa voz, princesa.
Me esfuerzo por no reírme.
Damián me mira.
Yo bajo inmediatamente los ojos.
No estoy escuchando. Por supuesto que no. Estoy trabajando.
Muchísimo.
—Cariño, no se trata de que no confíe en ti. —Respira—. Confío en ti. No confío en los idiotas que podrían estar ahí.
Mi sonrisa desaparece ligeramente.
Idiotas.
Hombres.
Una discoteca.
Aria.
Mierda.
No me gusta demasiado la dirección que están tomando mis pensamientos.
—¿Con quién vas? —pregunta Damián—. ¿Cuántos? —Mira hacia el techo del taller—. ¿Y quiénes son esos compañeros?
Me reclino ligeramente en la silla.
No debería importarme.
Aria tiene veintiún años.
Es adulta.
Está terminando sus estudios universitarios y tiene todo el derecho del mundo a celebrar con sus amigos.
Salir.
Bailar.
Divertirse.
Conocer gente.
Hombres. Probablemente muchos hombres.
Mierda.
Aprieto la mandíbula.
No seas idiota, Evans.
—No, Aria. Adamo no cuenta como argumento a favor.
Suelto una risa inesperada.
Damián me mira.
Levanto ambas manos.
—Perdón.
Él niega con la cabeza.
—No estoy hablando contigo, cariño. Estoy en el taller con Luke.
Mi corazón da un golpe completamente innecesario.
Damián escucha algo. Después me mira.
—Sí, está aquí. Está trabajando.
Me obligo a mirar la pantalla del portátil.
Por alguna razón absurda me pregunto si Aria habrá preguntado por mí.
Y, si lo hizo, qué habrá dicho.
Damián vuelve a concentrarse en la llamada.
—Está bien.
Levanto la cabeza.
¿Está bien?
¿Ya?
—Está bien —repite—. Puedes ir.
Sonrío ligeramente.
Por supuesto. No tenía ninguna posibilidad.
—Pero voy a llevarte yo. —Hace una pausa—. Y voy a recogerte. —Vuelve a callarse por varios segundos—. No, princesa. No voy a negociar eso. —Su expresión se endurece ligeramente—. Además, tendrás un hombre de seguridad afuera y otro adentro.
Cierro los ojos.
Puedo imaginar perfectamente la reacción de Aria.
Damián aparta el teléfono unos centímetros de la oreja.
Lo mira.
Después vuelve a acercárselo.
—No necesitas gritar, cariño.
Me muerdo el labio.
Esto es mejor que cualquier programa de televisión.
—Uno adentro, Aria. No me importa que tus compañeros lo encuentren extraño. —Suspira—. ¿Cómo que va a arruinarte la noche?
Escucha.
Se frota el puente de la nariz.
—Porque es por tu seguridad. No, princesa. —Se detiene—. Aria. —Cierra los ojos—. Cariño...
Su voz cambia.
Se vuelve más suave.
Casi resignada.
Y ahí comprendo que la batalla está perdida.
Completamente perdida.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda