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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6. ¡Pégame! ¡Ahora! ¡Te lo suplico!

—Sí, soy...

—¡Ah...!

Un gemido de dolor de Elena interrumpió a Alejandro.

Él la miró de inmediato.

Elena tenía ambas manos apretadas sobre el vientre. Le temblaba la voz.

—Me... me duele el estómago...

Alejandro la levantó en sus brazos fuertes.

—Si le pasa algo, ustedes tampoco salen vivos.

Su voz helada sonó como una sentencia salida del infierno. Los tres Salazar se quedaron con el rostro ceniciento.

Sin dedicarles otra mirada, se llevó a Elena a grandes pasos.

Una fila de coches negros esperaba frente a la casa.

En el centro había un Rolls-Royce Phantom.

Alejandro acomodó a Elena en el asiento trasero y subió después.

Ella se apartó un poco hacia el otro lado, con disimulo.

—Al hospital.

No necesitó levantar la voz. La orden no admitía discusión.

El interior del coche quedó en silencio. Hasta el aire parecía inmóvil.

Elena miraba por la ventanilla con los nervios tensos cuando él habló de pronto:

—No quieres que sepan quién soy.

El corazón le dio un vuelco. Giró hacia él. Alejandro estaba mirando una tableta.

—¿Sabías... que estaba fingiendo? —preguntó, apretando el borde de su ropa.

—Sí.

—No quería engañarte.

Se apresuró a explicarse:

—Solo quería evitar que usaran mi nombre para pedirte cosas.

Alejandro no respondió enseguida. La observó como si estuviera evaluando si decía la verdad.

Elena empezó a sentirse incómoda bajo aquella mirada.

En ese momento sonó el teléfono de Alejandro.

La voz de Diego Vargas, su asistente, llegó desde el otro lado:

—Señor Montenegro, ya lo averiguamos. Hace tres días, el señor Salazar intentó obligar a su esposa a casarse, por dinero, con un hombre cojo aficionado al sadismo sexual. Cuando descubrió que ella se había casado con usted, se enfureció y la encerró en el sótano, sin comida ni agua durante tres días. Si hubiéramos tardado más en llegar, no sabemos qué habría pasado.

Alejandro frunció el ceño. La frialdad en sus ojos se volvió cortante.

—Denles una lección. Sin revelar quién soy.

—Sí, señor.

En la sala de los Salazar, Diego colgó y se acercó a los tres, que seguían arrodillados.

Valeria no pudo contener la pregunta. Le temblaba la voz.

—Tu jefe... ¿De verdad es Alejandro Montenegro, el del Grupo Zeus?

Diego sacó una pistola de golpe y le apoyó el cañón en la frente.

El frío del metal la dejó rígida. El miedo le cerró la garganta.

—¡¿Qué vas a hacer?! —gritó Beatriz, intentando abalanzarse sobre él.

Diego la derribó de una patada brutal.

—Si vuelves a moverte, la mato ahora mismo —dijo con voz siniestra.

A Beatriz le sangraba la comisura de los labios. Media cara se le había hinchado y enrojecido de inmediato.

No le importó. Se incorporó y empezó a suplicarle:

—No me muevo. ¡No dispares! ¡Por favor, no dispares!

—Si no quieren una bala, van a darse cien bofetadas entre ustedes.

La sonrisa de Diego era fría y venenosa.

—Y escuchen bien: cada golpe tiene que sonar. Si alguno se guarda fuerza, empiezan otra vez desde cero.

Ricardo tragó saliva con dificultad. Miró a Diego, acobardado.

—¿Estás... bromeando?

La expresión de Diego se ensombreció al instante.

—¿Te parece que estoy bromeando?

Ricardo y Beatriz intercambiaron una mirada, pero ninguno levantó la mano.

—Si no quieren hacerlo ustedes, a mis hombres no les molestará encargarse.

Los dos miraron a los hombres corpulentos y de aspecto feroz que tenían detrás. Se les heló el aliento.

Rodeados por los guardaespaldas, se pusieron de pie con las caras desencajadas y el cuerpo temblando.

Se miraron. Ya no quedaban en sus ojos los cálculos de siempre. Solo terror.

Ricardo alzó el brazo primero y le cruzó la cara a Beatriz con todas sus fuerzas.

¡Plaf!

El golpe estalló en la sala. Beatriz se ladeó entera. Los oídos le zumbaron y la vista se le oscureció.

Sacudió la cabeza y logró sostenerse apenas. El odio le inundó los ojos. Apretó los dientes y levantó el brazo para devolverle el golpe con furia.

¡Plaf!

La bofetada fue todavía más fuerte y más cruel.

Ricardo retrocedió a trompicones. La mejilla se le enrojeció y se hinchó a simple vista.

Se golpeaban como animales encerrados en una pelea. Las bofetadas se sucedían una tras otra.

Cada impacto, seco y contundente, rompía el silencio de la sala.

Al principio solo se oía el choque de la mano contra la piel. Poco a poco se mezclaron los gemidos ahogados y un llanto cada vez más desesperado.

Las caras se les habían deformado, hinchadas, rojas y moradas.

La saliva ensangrentada les desbordaba las comisuras, pero ninguno se atrevía a detenerse.

Diego observó sin mover un músculo hasta que sonó la centésima bofetada.

Los dos se desplomaron como sacos vacíos. Solo les quedaban gemidos de dolor y jadeos entrecortados.

Entonces él guardó lentamente la pistola y miró a Valeria, encogida en un rincón.

—De ella te encargas tú. —Señaló con la cabeza al guardaespaldas más cercano.

Valeria empezó a temblar de forma incontrolable y trató de retroceder como una loca.

—No... No, por favor...

La mirada de Diego se heló. Sin previo aviso, levantó la mano.

¡Bang!

El disparo retumbó de golpe. La bala pasó rozando la oreja de Valeria.

El aire abrasador y los fragmentos que levantó le golpearon la cara. La cercanía de la muerte le cerró la garganta.

—¡Ah! ¡Acepto! ¡Acepto las bofetadas!

El terror la quebró por completo. Gritaba con el rostro empapado de mocos y lágrimas.

Casi se arrojó hacia el guardaespaldas para ponerle la cara delante.

—¡Pégame! ¡Pégame ya! ¡Te lo suplico, hazlo ahora!

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