Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 1: Territorio hostil
Perspectiva de Izan
El olor a cloro concentrado, el vaho flotando sobre la superficie y el sonido constante de mis brazadas rompiendo el agua eran las únicas cosas capaces de mantener mi cabeza en orden. La piscina olímpica del instituto no era solo el lugar donde entrenaba; era mi santuario. Un espacio donde todo se regía por reglas estrictas, métricas exactas, tiempos de viraje perfectos y una disciplina que no permitía el más mínimo margen de error.
O al menos lo era hasta que la puerta metálica del complejo se abrió de golpe, estrellándose contra la pared y dejando entrar un escándalo insoportable de risas, gritos desordenados y el choque seco de tacos de fútbol contra el piso.
Me impulsé con fuerza en la pared para completar la última vuelta, salí a la superficie y me quité las gafas de natación de un solo tirón, apartándome el cabello húmedo del rostro. Apoyado en el borde metálico de la piscina, vi a Mateo Rivera avanzando como si fuera el dueño del lugar. Lucía el uniforme del equipo de fútbol completamente cubierto de barro y traía ese aire de autosuficiencia que parecía diseñado específicamente para sacarme de quicio.
—Rivera —dije, alzando la voz con una frialdad calculada mientras me impulsaba para salir del agua—. Este es el turno exclusivo del equipo de natación. Y las botas sucias no pasan de la entrada.
Mateo se detuvo a un par de metros, sosteniendo el balón bajo el brazo. Me miró de arriba abajo con una ceja levantada y una sonrisa ladina que solo consiguió tensarme los hombros.
—Tranquilo, Vogel —respondió, dando un paso más hacia la orilla e ignorando mi advertencia, dejando una mancha de tierra húmeda sobre la baldosa impecable—. Solo venimos a buscar los conos que guardaron aquí la semana pasada. La cancha exterior es una piscina de lodo por la lluvia, así que no nos queda de otra que compartir espacio.
—No vamos a compartir absolutamente nada —repliqué, ajustándome la toalla sobre los hombros mientras me plantaba frente a él. Éramos de la misma estatura, pero su postura relajada y desafiante chocaba directamente con mi rigidez—. Hay un reglamento muy claro. Si arruinas el filtro de la piscina con el barro que traes en las botas, me voy a encargar personalmente de que la junta les prohíba el acceso a este complejo por el resto del año.
Mateo soltó una risa corta y baja, dando un paso al frente para recortar la distancia. El calor que emanaba de su cuerpo tras el entrenamiento físico era palpable, mezclado con el olor a césped mojado.
—Siempre tan dramático, Izan —murmuró, bajando el tono de voz hasta dejarlo en un susurro áspero—. A veces parece que se te olvida que esto es un colegio y no un cuartel. Deberías aprender a relajarte un poco antes de que te dé un colapso.
—Y tú deberías aprender a respetar el trabajo de los demás, Rivera.
Nuestras miradas quedaron enganchadas en un pulso silencioso. La rivalidad entre el equipo de fútbol y el de natación llevaba años alimentándose de discusiones por presupuestos y horarios, pero entre Mateo y yo la tensión siempre cruzaba una línea distinta. Era algo denso, personal y exasperante que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.