En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 4: EL INTERROGATORIO Y EL AVISO PT2
Al mismo tiempo, en la mansión Moretti de Long Island, la mañana comenzaba a abrirse paso entre un cielo plomizo y restos de neblina que cubrían los jardines. A pesar de las horas transcurridas desde el atentado en la ruta 25, en el interior de la residencia se respiraba una tensión palpable. Nadie había dormido.
Elena Moretti se encontraba en su estudio privado, frente al caballete donde descansaba un lienzo a medio terminar. Tenía un pincel en la mano derecha, pero llevaba más de una hora mirando fixamente la paleta de colores sin trazar una sola línea. Las noticias sobre la emboscada a la comitiva de los Romano habían corrido como la pólvora entre los círculos de seguridad de ambas familias. Saber que Matteo había salido ileso del tiroteo le había provocado un extraño alivio que intentaba reprimir con todas sus fuerzas.
¿Por qué te importa?, se repetía mentalmente. Es el enemigo. Es parte del engranaje que te ha vendido como una moneda de cambio.
Unos golpes secos y respetuosos en la puerta de su estudio interrumpieron sus pensamientos. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y su madre, la señora Renata Moretti, entró portando una bandeja con una taza de té humeante. Renata era una mujer elegante, de rasgos finos marcados por los años de silencio y sumisión que exigía estar casada con un capo de la mafia; sus ojos reflejaban una profunda y silenciosa melancolía.
—No has probado bocado desde la cena de ayer, Elena —dijo su madre con voz suave, depositando la bandeja sobre la mesa auxiliar junto al caballete—. Sé lo difícil que es todo esto para ti. Tu padre ha tomado una decisión inflexible, y sé que el peso de este matrimonio parece una condena.
Elena dejó el pincel sobre la mesada y se giró para mirar a su madre, cruzándose de brazos.
—No se trata solo de que sea difícil, madre. Es una humillación —dijo Elena con amargura contenida—. Me entregaron como un tratado de paz a un hombre al que apenas conozco, un ejecutor sin piedad que maneja los hilos de la violencia en esta ciudad. Y anoche, apenas salimos de firmar su contrato, intentaron matarlos en la carretera. ¿Te das cuenta de lo que significa? Nos están arrastrando a una guerra que no provocamos.
Renata se acercó con paso lento, le acarició la mejilla con ternura y suspiró hondo.
—En nuestro mundo, Elena, las mujeres aprendemos muy tarde o muy temprano a sobrevivir entre los lobos —murmuró su madre con sabiduría trágica—. Tu padre cree que este matrimonio nos salvará de la destrucción total. Pero los hombres como Matteo Romano no se rigen por las reglas comunes. Dicen que es un hombre frío, implacable y calculador... pero también dicen que cumple su palabra por encima de cualquier cosa. Si te ha tomado como esposa para sellar la tregua, protegerá ese pacto y te protegerá a ti, aunque sea por orgullo de clan.
—No quiero la protección de un hombre que gobierna a base de miedo —respondió Elena con firmeza, apartando ligeramente la mirada—. Prefiero valerme por mí misma.
Antes de que Renata pudiera replicar, un sonido seco de pasos acelerados resonó en el pasillo exterior. La puerta del estudio se abrió de golpe sin previo aviso, dejando ver a Marco con el rostro desencajado y una furia apenas contenida.
—¡Elena, madre, bajen a la entrada principal ahora mismo! —exclamó su hermano mayor con tono apremiante.
—¿Qué ocurre ahora, Marco? —preguntó Elena, poniéndose de pie con desconfianza—. ¿Qué clase de urgencia hay a estas horas de la mañana?
—Los Romano... han enviado una comitiva —respondió Marco apretando los puños con rabia contenida—. Y exigen cumplir con los términos del acuerdo de seguridad de inmediato.
Sin esperar a que su madre o su hermana respondieran, Marco dio media vuelta y salió a grandes zancadas hacia el vestíbulo principal.
Elena y su madre se miraron un segundo antes de seguirle los pasos por la escalinata de mármol.
Al llegar a la planta baja, el espectáculo que encontraron en el amplio vestíbulo dejó helados a los guardias de seguridad de los Moretti. Cuatro hombres armados con trajes oscuros y credenciales discretas del clan Romano se encontraban apostados en los accesos, controlando las puertas y supervisando cada rincón. En el centro del recibidor, de pie junto a las escaleras con su habitual elegancia sobria y una mirada que cortaba el aire, se encontraba Matteo Romano.
Vestía un traje impecable en tono gris carbón, con la gabardina abierta y los guantes de piel en la mano izquierda. No llevaba escolta excesiva, pero su sola presencia irradiaba una autoridad tan absoluta que incluso los hombres de confianza de Don Stefano se mantenían a varios metros de distancia, con la mano cerca de sus fundas pero sin atreverse a intervenir sin una orden directa.
Don Stefano Moretti apareció bajando por la galería superior, apoyándose en la barandilla con el rostro contraído por la furia ante la osadía de la visita no anunciada.
—¿Qué significa esto, Matteo? —bramó Stefano desde arriba, descendiendo con paso firme y la mandíbula tensa—. ¿Te crees con el derecho de irrumpir en mi casa a las tres de la mañana con tus hombres como si esto fuera territorio tuyo? La boda es en un mes; hasta entonces, esta finca pertenece a la familia Moretti.
Matteo levantó la vista con absoluta parsimonia, sin mostrar la más mínima señal de intimidación ante el patriarca rival.
—Buenos días, Don Stefano —saludó Matteo con voz grave y pausada, inclinando levemente la cabeza con una falsa cortesía que exasperaba aún más al viejo Moretti—. Lamento la hora, pero los acontecimientos de anoche en la ruta 25 cambiaron las prioridades de seguridad para ambas familias.
—La emboscada fue un ataque externo, ya aclaramos que mis hombres no tuvieron nada que ver...
—No vine a discutir de quién fue la culpa de la emboscada, Stefano —lo interrumpió Matteo con una firmeza helada que silenció al patriarca en seco—. Vine a ejecutar la cláusula cuarta del acuerdo que firmamos anoche en este mismo despacho: la protección integral de la futura esposa durante el periodo previo al enlace.
Matteo desvió lentamente la mirada hacia la parte alta de la escalinata. Sus oscuros ojos encontraron de inmediato a Elena, que permanecía de pie junto a su madre y su hermano, observándolo con una mezcla de desafío e incredulidad.
—A partir de este momento, y hasta el día de la boda en la catedral, la seguridad personal de Elena estará bajo mi mando directo —anunció Matteo, volviendo a fijar su vista en Stefano con una claridad implacable—. Gabriel y mi equipo asumirán el control perimetral de esta finca, y cualquier desplazamiento que ella realice fuera de la propiedad requerirá mi autorización y escolta directa.
—¡Estás loco si piensas que voy a permitir que pongas tus sucias manos y tus perros guardianes a vigilar a mi hija en su propia casa! —exclamó Stefano, dando un paso al frente con furia desatada, sacando a relucir su bastón de mando.
Matteo no se inmutó. Dio un paso al frente, cruzó los brazos con absoluta tranquilidad y lanzó su veredicto con voz de sentencia inapelable:
—No vine a pedir tu permiso, Don Stefano. Vine a informarte. Anoche intentaron volar por los aires el acuerdo que nos costó meses negociar. Si alguien intenta tocar a Elena antes de que llegue al altar, no habrá guerra entre clanes... me encargaré personalmente de que no quede piedra sobre piedra en esta mansión. Elige: o aceptas mi seguridad, o nos vemos en las calles hoy mismo.
El silencio que cayó sobre el vestíbulo fue tan denso que se podía escuchar el sonido de la lluvia fina golpeando los ventanales exteriores. Stefano apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, mientras miraba a Matteo con un odio profundo pero contenido por la cruda realidad del poder.
Desde la parte alta de la escalera, Elena observaba al hombre que acababa de convertirse en su prometido.
Comprendió en ese instante que las advertencias de su madre eran ciertas: Matteo Romano no jugaba según las reglas de la diplomacia tradicional.
Había transformado su propia casa en una extensión de su territorio sin pedir permiso, demostrando que, a partir de ese momento, la única ley que importaba en su vida era la suya.