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Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Me Enamore De La Mamá De Mi Mejor Amigo

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Sinopsis: Un amor prohibido

Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La mamá de mi mejor amigo

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Salíamos de la universidad un viernes por la tarde. Yo estaba cansado después de pasar varias horas entre clases y trabajos, y lo único que quería era llegar a mi apartamento, comer algo y tirarme en la cama a descansar.

Juan caminaba a mi lado, revisando el celular, mientras hablábamos de lo que haríamos durante el fin de semana.

—Parce, ¿qué va a hacer hoy? —me preguntó.

—Pues, ome, llegar a la casa. Estoy cansado, hermano. Esa clase de hoy casi me deja dormido.

Juan soltó una carcajada.

—¡Jajajaja! Qué man tan aburrido, por Dios. Joaquín, usted necesita salir más, ¿sí o qué?

—¿Y entonces qué propone, pues?

—Vamos a mi casa a jugar Play. Hace rato no nos echamos unas partidas como antes.

Lo pensé unos segundos. La verdad, jugar con Juan siempre era un buen plan. Nos conocíamos desde hacía años y, cuando estábamos juntos, volvíamos a comportarnos como dos pelados del colegio.

—Bueno, listo, parce. Pero le advierto que hoy le voy a ganar todas las partidas.

—¡Ay, sí! Siga soñando, ome. Usted habla mucho y juega poquito.

—No me haga reír, Juan. Después no vaya a llorar cuando le gane.

Nos montamos en mi carro y nos fuimos para su casa. Durante el camino pusimos música, hablamos de la universidad y hasta nos burlamos de un profesor que nos había dejado un trabajo larguísimo.

Cuando llegamos, estacioné frente a la casa y bajamos.

—Entre, hermano, que mi mamá debe estar por ahí —me dijo Juan mientras abría la puerta.

—¿Y qué preparó hoy tu mamá? Porque yo sí tengo hambre, no le voy a mentir.

—¡Jajajaja! Usted viene es por la comida, no por jugar Play.

—Pues ambas cosas, mijo. Uno no puede desaprovechar las oportunidades.

Entramos hablando y riéndonos, pero, apenas llegué a la sala, mi mirada se quedó fija en una mujer que estaba sentada tranquilamente, tomando una taza de café.

Era Gabriela Alcázar, la mamá de mi mejor amigo.

Yo la conocía desde hacía años. Siempre había sido amable conmigo y me recibía con esa cordialidad que hacía que uno se sintiera como en casa. Sin embargo, aquella tarde hubo algo diferente.

Llevaba una falda, un top y una chaqueta que combinaban perfectamente. Estaba tomando café mientras revisaba algo en su celular, completamente tranquila, sin imaginar que acababa de dejarme sin palabras.

Me quedé quieto unos segundos.

Juepucha, ¿y esta belleza?, pensé.

No sé qué me pasó. Fue una sensación extraña, inesperada. Yo había visto a Gabriela muchas veces, pero nunca me había detenido a observarla de aquella manera.

—Buenas tardes, doña Gabriela —saludé, intentando actuar con normalidad.

Ella levantó la mirada y sonrió.

—¡Joaquín! Hola, mijo. ¿Cómo le ha ido? Hace días no lo veía por acá.

—Bien, muchas gracias. ¿Y usted cómo está?

—Muy bien, gracias a Dios. ¿Ya almorzaron? Si quieren, les puedo ofrecer algo de comer.

—Uy, doña Gabriela, usted sí sabe cómo recibir a la gente —respondí, tratando de disimular mis nervios.

Juan se echó a reír.

—Mamá, este man apenas entra y ya está preguntando por comida.

—Ay, dejá la bobada, Juan. Joaquín está en su casa —contestó ella.

Yo sonreí, pero por dentro estaba completamente desconcentrado.

Parce, concéntrese. Es la mamá de su mejor amigo, me repetía.

Gabriela dejó la taza sobre la mesa y se levantó para ir a la cocina. Yo seguí sus movimientos con la mirada durante un instante, hasta que Juan me dio un golpecito en el hombro.

—¡Quiubo, pues! ¿Usted qué tiene? Está como ido, hermano.

—¿Yo? Nada, ome. ¿Qué voy a tener?

—No sé, parce. Está más callado que nunca.

—Es que estoy cansado de la universidad, no joda.

—Bueno, venga, que vamos a jugar.

Subimos a su habitación y encendimos la consola. Juan escogió su equipo favorito y yo hice lo mismo. Empezamos a jugar, pero mi cabeza estaba en otra parte.

Fallé un pase facilísimo.

—¡Jajajajaja! ¡No puede ser! —gritó Juan—. ¿Qué le pasa, hermano? ¡Si esa era una jugada regalada!

—Cállese, ome. Fue un error.

—¿Un error? Usted está jugando como si nunca hubiera agarrado un control.

Intenté concentrarme, pero cada vez que recordaba la sonrisa de Gabriela, me distraía.

Y eso era lo que más me preocupaba.

Yo tenía veintitrés años, estaba concentrado en mis estudios y nunca había tenido interés en complicarme la vida con relaciones que pudieran traer problemas.

Además, Gabriela tenía treinta y siete años.

Era la mamá de Juan.

Y yo jamás había imaginado que aquella mujer, a la que siempre había tratado como parte de la familia de mi mejor amigo, pudiera dejarme tan confundido con una sola mirada.

Lo peor era que aquella tarde apenas estaba comenzando.

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